Vida de Redoblona

          Y el niño preguntó: “Abuelo, ¿qué quiere decir ‘Redoblona’?”

          Y al abuelo se le abrió el portón del pasado, y toda su vida se le amontonó en el umbral. Todos los recuerdos avanzaron en tropel, llevándoselo por delante. Su vida había sido una verdadera redoblona. Si en la quiniela uno juega un número a la cabeza y gana, y apuesta todo lo ganado a los diez premios, no solamente cobra setenta por cada peso de la cabeza sino que eso se multiplica por 7 de cada premio de los diez, ya que si, por ejemplo le juega cien pesos al 35, por decir algo, con redoblona a los diez, (puede ser también a los 20) cobra $ 2450 más lo que resulte de apostar al número que jugó a los premios, que puede ser el mismo u otro que hubiera elegido, así que si gana la redoblona, que es lo que resulta de jugar eso por la décima parte, o sea $ 2450 x 7=17.150.-

          Esa es la síntesis de su pasado; la síntesis de su vida.

          Carlos Bruno Carbone nació una mañana de abril de 1924 en Barracas. Su padre trabajaba cargando bolsas en una barraca de la zona, que así se llamaba ese barrio de Buenos Aires vecino a La Boca, justamente porque la actividad principal que allí se desarrollaba era la existencia de grandes depósitos de cueros y otros productos agropecuarios de producción argentina, así como de casimires, herramientas, y otros productos de la industria mayormente inglesa, que entraban y salían por el puente cercano.

         Carlos era un chico estudioso, preocupado por ayudar a su familia en lo que fuera necesario, y muchas veces, prácticamente todos los días, a la salida de la escuela iba a llevarle el almuerzo a su padre a la Barraca Strachan Nell, donde este último desempeñaba su actividad laboral. La barraca era un recinto enorme, mucho más enorme le habrá parecido a Carlos (en su casa le decían Chicho, pero nunca este mote le había gustado). Al entrar por la calle Montes de Oca, lo primero que se sentía era frío. Frío, oscuridad y silencio. Silencio relativo, por momentos cortado por los distintos ruidos de los motores de los camiones que por tandas entraban y  salían, cargando y descargando  diversas mercaderías de todo tipo. Distintos consignatarios ocupaban diferentes sectores del enorme ámbito, y según Carlos avanzaba por el piso embetunado de un sector o de otro podía sentir el aroma de toda clase de vegetales como café, yerba mate, té, distintos cereales, vinos, o algunos polvos medicinales que se importaban en bolsas. El piso, de alquitrán y pedregullo, o en algunos sectores de la barraca, de verdadero asfalto, adquiría, según lo que allí se trasegara, distintos colores. Rojo, cobrizo, amarillo, azul, todo según lo que se derramara de los grandes envases o que se filtrara por entre la trama de las bolsas que lo contenían. Carlos no lo sabía, pero se parecía mucho al mercado de abasto, otro lugar bastante similar, tan pintoresco como atareado, que se ubicaba en Corrientes y Agüero, y ocupaba justamente una manzana. Allí, en el abasto, la actividad era constante y movediza como una colmena. Esta comparación no habría sido hecha nunca por Carlos, porque él no conocía el abasto, y los ruidos de la barraca eran absorbidos rápidamente por el Gran Aburrimiento Silencioso que se reinaba aquí.

          A la barraca acudía gente de diversas nacionalidades y clases sociales. Consignatarios de distintos productos, importadores y exportadores, gente que pasaba apurada junto a Carlos sin siquiera verlo, ocupados en sus propios asuntos. Los dueños de la barraca enviaban a sus empleados a cobrar el alquiler del sector correspondiente a cada uno. Carlos, a la sazón de doce años, se había hecho amigo de uno de los cobradores, un muchacho pelirrojo, de rasgos y gestos toscos, de apellido McGrath, como seis o siete años mayor, con quien había simpatizado de un primer momento. Maqui, le llamaba Carlos, quien no había podido aprender a pronunciar McGrath, y el otro se dirigía a él con el sobrenombre de Charly.

          Maqui le contaba que su padre era escocés y trabajaba en el depósito de repuestos de la fábrica Ford de la Boca, que su madre hacía tortas escocesas para vender, y que como su padre era amigo de Cunninghame, el gerente general de la barraca había conseguido ese trabajo, que dentro de todo era bastante cómodo, siempre que los consignatarios tuvieran dinero para pagar, porque muchas veces se les atrasaban los cobros en ese año de 1936, pese a que las cosas no funcionaban tan mal, y que algunos consignatarios, generalmente importadores, le pagaban en libras inglesas.

          Un día de primavera, que estar dentro de la barraca era casi un pecado, pues era soleado y agradable como en la primavera debía serlo, Maqui le propuso que lo acompañara a ver un campeonato de golf, que tenía lugar en un club de San Isidro. Carlos se entusiasmó enseguida, y le preguntó a su padre si podía ir con Maqui. El padre de Carlos estuvo de acuerdo, siempre que no se apartara de su amigo, y que volviera antes del anochecer. Le explicó dónde quedaba San Isidro, y que  para llegar hasta allí debía tomar el colectivo 60, y – como es lógico – le dio una cantidad de consejos e indicaciones, incluído el que si le ocurría algo llamara por teléfono a la casa de sus tíos, a Barracas, que eran unos de los pocos parientes que tenían teléfono. Carlos era un jovencito responsable, y tomó nota de las indicaciones de su padre con alegría. Se sentía querido. Y luego de dejar a su padre almorzando la vianda que su madre le hiciera llegar con él, salió de la barraca a la luz del día de Montes de Oca en compañía de su amigo Maqui.

         En vez del colectivo, Maqui lo llevó en el auto de su patrón, que los esperaba estacionado en la puerta del enorme depósito. Fueron directamente a San Isidro, pasando por Palermo, Belgrano, Núñez, Saavedra, hasta la Avenida General Paz, luego por la larguísima Avenida Maipú, Vicente López, Olivos, La Lucila, Acassuso, (qué lejos estaban viajando) y finalmente llegaron a un enorme edificio Inglés, el Jockey Club de San Isidro. Carlitos quedó fascinado al ver el parque en que la magnífica construcción se encontraba, todos los autos estacionados, y el movimiento de gente toda bien vestida y educada que acudía a presenciar el torneo de golf. Algo le habían contado, sí, pero nunca había tenido oportunidad de presenciar un partido, ni conocer un link, ni nada que se le parezca. Maqui lo guió en medio del gentío hasta donde se encontraba su patrón, don William Strachan, un hombre de unos sesenta años, bastante quemado por el sol, muy delgado y de unos ojos azules de mirada dura, a quien previamente le entregó un ajado portafolios de cuero que llevaba en su mano, y se lo presentó. El escocés lo miró con curiosidad, quizás de una manera un poco penetrante, y le dijo algo a Maqui en inglés, que Carlos no pudo entender. Lo volvió a mirar, sonrió, y le dijo a Carlos “Bienvenidou amigou” en un tono que, queriendo ser cordial, no dejaba de parecer un graznido. Carlos se sentía un poco abatatado, al estar en un medio tan diferente del suyo habitual, de las calles grises y frías de Barracas, de la canchita de Barracas Central, de la escuela n°27, “Manuel de Sarratea” de donde él era alumno, en la calle Vieytes al 1400. Pero se sentía súbitamente muy feliz, de conocer algo muy distinto, un mundo colorido, donde al pensar en su querido Barracas le hacía ver todo como un barrio gris.

          Las horas fueron pasando rápidamente, Maqui le explicaba lo que eran los “fierros” y las “maderas” en el golf, que se debería salir con una madera, que estaba el fierro especial para sacar una pelota de la arena, estaba el putter, un palo especial, distinto de los otros, para pegarle a la pelota en el green, y hacerla entrar delicadamente en el hoyo. Le explicó que el green era un lugar de pasto suave y parejo, en el centro del cual estaba cada hoyo, y que tenía un peso, una forma y un calibrado especial para favorecer un tiro, que generalmente era muy difícil, si bien era el más corto, más cercano, pero por eso mismo debía ser “perfecto”. Le explicó que la perfección era el sueño de todo golfista. Le explicó un montón de cosas que Carlos no pudo retener, pero que quedó ebrio de alegría al tener contacto con todo este mundo de gente feliz, y a la vez absolutamente enamorado del golf. Le pidió a Maqui que lo llevara otra vez, y así quedaron que cuando hubiera otro torneo lo iba a invitar a presenciarlo. Pero además, al ver el entusiasmo de Carlos por el deporte de los 18 hoyos le preguntó si quería ser caddie, y aprender a jugar.

          Lo que Carlos no sabía es que el joven McGrath le había “echado el ojo”, viéndolo entusiasmado, avispado e inteligente, y había hablado con su padre, pues don William Strachan, propietario de la barraca, andaba buscando un caddie que fuera un chico inteligente y despierto, y con muchas ganas de aprender sobre el juego, y él había creído descubrir esas virtudes en Carlitos.

          De modo que a partir de ese momento, todos los fines de semana Carlitos Carbone acompañó a Maqui McGrath al Jockey Club de San Isidro a practicar el juego que con el tiempo se convertiría en su razón de vivir.

          Pasó el tiempo. Carlitos Carbone era ahora un hombre de 24 años, culto, educado, mundano, gran jugador de golf, era profesor de este deporte en el Jockey Club de San Isidro. Había trasladado su domicilio a Acassuso, donde tenía una hermosa casa, y se había relacionado muy bien, dentro de su medio socioeconómico. Como quién dice, La vida le sonreía. Tenía amigos en el club, y fuera del club. Y algunos eran personas bastante importantes. Importantes. Sí, en muchos aspectos.

          Un día brillante de otoño de 1942, mientras tomaba un jugo de naranja en uno de los bares del Golf del Jockey Club, se le acercó una joven de unos 22 o 23 años, muy bonita ella, y con todo el aspecto de pertenecer a la colectividad británica. Muy sonriente lo encaró, y le dijo: Soy Carola Strachan, nieta de William Strachan. Mi abuelo me recomendó que tomara clases contigo. Al escuchar el apellido Strachan, Carlos se estremeció un poco, no solamente porque fuera nieta de quien finalmente había sido su mecenas, sino porque Caro era una verdadera belleza.

          Por supuesto que se casaron, y fueron muy felices, y tuvieron varios hijos, y varios nietos. Ahora mismo, don Carlos Bruno Carbone tenía en sus brazos al más pequeño, Carlitos Guillermo, (Guillermo por William, su bisabuelo) al que le llamaban Billy. Y Billy le había hecho una pregunta muy especial. Algo fundamental para él. Su apuesta había sido el golf. Y su redoblona… Bueno, su redoblona había sido lo que ahora era su familia.

Palermo, 26 de marzo de 2020