UN BILLETE DE DIEZ PESOS (Relato verídico)

           Sentado a una mesa de El Pingüino, Juan está escribiendo su cuento sobre la peste. Concentrado en su escritura no advierte que a su lado se encuentra de pie una mujer rubia. Es joven, de unos veintidós o veintitrés años, de tez clara pero muy quemada por el sol, y unos enormes y hermosos ojos azules.

¡Ayúdame! ¡Necesito que me ayudes!

            Juan se sorprende aún más cuando ve que la mujer se ha arrodillado en el suelo del bar, a su lado. Está casi desnuda, con un sostén de factura casera, y un breve pantaloncito de la misma tela gruesa de algodón.

Necesito que me ayudes – repite la joven con una extraña expresión en el rostro. Juan piensa que esa expresión no es de hambre, ni sufrimiento alguno, pero no puede establecer su significado. En un momento su cabeza se nubla, pero al instante, sacado ya de su concentración literaria, le pregunta -¿Y cómo quieres que te ayude? ¿Para qué lo quieres?¿Es muy importante?

Para comprarme un helado. ¡Quiero un helado!

Juan comprende que la mujer, que no es evidentemente una niña, no está en sus cabales. Es patético verla, así en el suelo, rogando por un helado. – ¿Dónde vivís? – le pregunta. – En la calle. Nací en la calle y moriré en la calle – es la respuesta. – quiero dinero para un helado. Juan se apena un poco, mira su billetera, y observa que todo el dinero que lleva encima está en papeles de alta denominación. Pero en un rincón encuentra un billete de diez pesos que es el de menor valor corriente. Lo saca de la billetera y se lo alcanza a la joven diciéndole: -Sé que esto es muy poco, pero es todo lo que puedo darte.

La cara de la mujer cambia de expresión; ahora su cara manifiesta furia; de un manotón agarra el billete que había quedado sobre la mesa, se pone de pie y se enfrenta con un mozo que venía caminando a espaldas de Juan. Le dice algo, y le arroja el billete a la cara. El mozo se hace a un lado y el billete continúa su vuelo a través del ámbito del bar. La joven suelta una carcajada y gira sobre sus talones, saliendo del bar por la puerta de la esquina, que es la principal. El mozo vuelve sobre sus pasos, recoge el billete que terminó su vuelo bajo una silla del fondo, y lo deja sobre la mesa que ocupa Juan. Éste lo acepta, mientras le dice al mozo: – Evidentemente esta muchacha está mal de la cabeza – el mozo asiente y le responde: – Ya estuvo aquí otras veces.

Entra entonces al bar un niño de unos ocho años ofreciendo pañuelos de papel “Uno por veinte, tres por cincuenta”. Al pasar por la mesa de Juan, deja uno de los paquetes. Juan toma el billete de diez pesos y lo coloca sobre el paquete de plástico transparente. El chico lo mira con expresión alegre y amistosa, toma los pañuelos, y el dinero, y se va.

Juan ya no escribe. Ha tenido su visitante de Porlock (1) y se pone a pensar sobre las vueltas que darán los billetes desde que salen de la imprenta hasta que son incinerados por el Banco Central, y las manos que los habrán dado y recibido, los pagos para los que habrán servido, los robos, extorsiones y otros delitos que habrán protagonizado, y las apuestas, entre ellas las jugadas de quiniela  en las que habrán tomado parte. De allí, Juan pasó a pensar en las muchas devaluaciones que el dinero de este país sufrió, sufre y sufrirá aún tironeado por los vaivenes de la política, los mercados y el dólar norteamericano. Y llegó a pensar que un billete de diez pesos no sólo no alcanza para pagar un helado, sino que tampoco alcanza para cubrir el precio de un pequeño paquete de pañuelos de papel.

Palermo, 14 de marzo de 2020

  •  VISITANTE DE PORLOCK: En 1795, el famoso poeta inglés Coleridge estaba  concentrado escribiendo lo que él imaginaba que iba a ser su obra maestra – un poema de 300 versos – Cuando llamaron a la puerta, y al atender, le costó entender que era alguien que venía a venderle un seguro de vida. Cuando logró desembarazarse del insistente vendedor, ya había perdido completamente su inspiración. Porlock es el sitio donde Coleridge vivía. Desde entonces, cuando un escritor o poeta es interrumpido en su escritura por algún visitante importuno, a éste se le llama “El Visitante de Porlock”.