Todo empezó cuando me compraron. Sí, me compraron, no me encontraron en la calle ni fui fruto de un regalo. Mi dueña, una señora buena como el pan me compró en el estudio de una escribanía. Sí, creo que se dice estudio, como con los abogados, que le llaman estudio, pienso, para que la gente entienda que estudiaron, no sé, es claro, no sé mucho de esto porque soy un perro. Sí, mucha gente me dice que soy un Cocker Spaniel Inglés, que tengo papeles, y que en los papeles figura que me llamo Frickystorm, pero ése debe ser mi apellido, el caso es que el marido de mi propietaria me bautizó Truco. Soy un poco loco, como dicen que son todos los de mi raza. Soy de color negro. Un humano diría “soy morocho”, pero yo, como soy un perro, digo que soy negro. Sí. Soy un perro negro.

       Como todo lo que encuentro; incluso una vez me comí una hojita de afeitar, pero afortunadamente no fue grave. Pude escupirla, por supuesto que  me lastimé toda la lengua, pero como la devolví a tiempo a su lugar de origen (un pastizal), aparte de un breve sangrado no ocurrió nada más. Huelo todo lo que veo, y – es más – todo lo que detecto, ya que huelo más cosas que las que veo. Como mi infancia transcurrió en la ciudad, aprendí a seguir huellas en el pavimento. Cuando mis propietarios me sacaban a pasear, zigzagueaba por la vereda y por la calle de tal manera que recibía fuertes tirones de mi traílla, que significaban que debía seguir derecho, o doblar en alguna dirección… pero qué iba a hacer yo si la perrita joven o el delivery de la rotisería iban zigzagueando… cuando me llevaron al campo fue algo terrible. Me enteré que sufría de agorafobia. Es claro, yo nací en un departamento, me arrojaron al mundo, como diría Heidegger, en una escribanía… de pasto sin fin yo no sabía nada, porque inclusive en los lugares que había en la ciudad adecuadamente dispuestos para que los canes hiciéramos nuestras perrerías no había mucho pasto, que dijéramos, así que al ver esa inmensa planicie… me descompuse.

       Pero lo interesante de mi relato es que en el campo, mi patrón (ahora no digo más propietario, en el campo es patrón) tenía un hermano que era bastante jugador. En cuanto llegamos, y me vio bajar del auto, exclamó “¡Un 06!… corro a jugarle!” Ahí supe que en la quiniela yo era un cero seis, el gato de la familia un cero cinco, el caballo era el 24, la vaca  el 54, y el gallinero estaba lleno de veinticincos, que eran las gallinas. Bueno, el hermano de mi patrón salió apresuradamente con su caballo (queda mejor decir con su caballo que en su caballo, porque al fin y al cabo el pobre animal acompaña a su amo, si bien le sirve de medio de transporte, pero es un ser viviente, creo yo), y se fue a todo galope al pueblo, antes de que cerraran las agencias de quiniela, aunque es mejor decir “la agencia” porque en ese pueblo, Ñacurutú Alzado, había sólo una.                      / / / / / 

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Se ve que le fue bien, porque más tarde volvió contento. Había jugado cien pesos al 06, y luego todo en redoblona al 24 a los diez, y volvió con los bolsillos llenos. De vuelta trajo fiambres, una botella del mejor vino que había en el pueblo, y ¡Un paquete de comida especial para mí! Me sentí tenido en cuenta, y muy feliz.

       Nunca más he vuelto a la ciudad. Desde entonces vivo en Ñacurutú Alzado, y aparte de comer y correr como nunca lo hice en el ámbito urbano, tengo un éxito tremendo con las perritas del lugar, que nunca fueron ni al  pueblo, con mis relatos de aventuras ciudadanas de la Gran Capital. Ojalá no me lleven de vuelta nunca más al pobláu (dije “pobláu) Soy Truco el 06, un perro ‘e campo, un perro feliz. 

PALERMO, 8 de octubre de 2019