T I M I D E Z

          El chico era tímido. Muy tímido, y se había enamorado “como un loco” de la empleada de la agencia de quinielas de la otra cuadra. Tan seguido como podía pasaba por delante de la agencia y miraba hacia adentro, y la veía muy seria y muy hermosa trabajando en el mostrador detrás del vidrio con un agujero en el medio, para prevenir manotazos o arrebatos. Un día se atrevió a entrar al local, y cuando ella lo miró, sintió que su cara ardía de vergüenza y salió a la calle casi corriendo. Luego lo invadía la culpa. No, no era posible que no pudiera siquiera dirigirle la palabra. Era un desastre. Se sentía un infeliz, un fracasado. No sabía el nombre de la chica, ni su edad, nada que pudiera darle oportunidad para comenzar una charla. Pensaba esperarla cuando ella saliera de trabajar, pero no, ella podría rechazarlo violentamente – y con razón – ¡cómo iba a encararla en plena calle! Eso era espantoso.

          No. Lo que tenía que hacer era jugar algún número de la quiniela, así podría, quizás, iniciar alguna conversación, pero para eso se necesitaba dinero. Porque le daba mucha vergüenza presentarse ante la chica y decirle “un peso a la cabeza al veintidós”, por ejemplo. Ella pensaría “un pelagatos”. Lo que tenía que hacer era conseguir dinero. Dinero. Bueno, podría ahorrar algo de lo que le daba su abuela, cinco pesos por semana. Pero para ahorrar algo tenía que renunciar a algo. Bueno, él muchos gastos no tenía; a la cancha no iba, precisamente porque no tenía dinero suficiente. Tendría que suprimir algunas gaseosas que tomaba con sus amigos, no intervenir en la baquita para comprar cigarrillos, y dejar de ir a jugar al pool, y ni soñar con ir al cine, que aún en su barrio el precio de las entradas estaba altísimo. En todo caso tendría que generar dinero… trabajando.

          Trabajar, conseguir un empleo, pero es que ese año iba a entrar en la universidad; cómo hacer para conseguir algo que le diera oportunidad de hacerse rápidamente de unos pesos, para poder ir a jugar por lo menos diez pesos a un número, aunque fuera a los premios, bueno, o a la cabeza, era lo mismo. Decidió consultarlo con su mejor amigo. Éste se sorprendió cuando le dijo que pensaba trabajar. “¿Vos trabajando?” le dijo. “¿Te volviste loco?”

          Su amigo trabajaba en una imprenta que quedaba en el barrio, y que era de un italiano panzón que tenía un montón de hijos e hijas, y estaba siempre vestido con un mameluco lleno de manchas de tinta por todas partes. Venciendo su timidez, le preguntó si podía hablar con su patrón para que lo tomaran aún para alguna changa de llevar algún paquete, o limpiar el piso, o cualquier otra tarea que no fuera permanente, pero que le rindiera algún dinerito rápido. El amigo le prometió que “haría todo lo posible”. Pasaron varios días sin que tuviera noticia alguna, y cada vez se sentía más frustrado. Pasaba y pasaba frente a la agencia, y veía a la chica concentrada en su trabajo, por ahí atendiendo algún cliente, mientras se moría de celos y de timidez. Una tarde su amigo lo vino a buscar a su casa. Había hablado con el patrón, quien le había dicho: “Traelo a ese pibe para que venga a tomar mate a casa el domingo, que tengo un trabajito para él”. Nuestro protagonista casi muere de la emoción: El domingo… y hoy era martes…

          Los días que pasaron fueron los más lentos y largos en la vida del héroe de nuestra historia. Finalmente, el domingo siguiente su amigo lo pasó a buscar, y fueron caminando juntos hasta la casa del italiano. El imprentero estaba sentado en una sillita de paja, en la vereda, frente a su casa, dándose aire con un rudimentario abanico de hojas de palmera, comprado quizás en el puerto de Tigre. Al verlos los saludó cordialmente, y vuelto hacia el zaguán, gritó: “¡Angiulina, traéte dos sillas, y para cuándo el mate!”

          “¡Ya va, papá!” Respondió una juvenil voz femenina. Poco después salía llevando bajo cada brazo una pequeña silla similar a la en que estaba sentado su padre, hermosa y deslumbrante, ¡la chica de la agencia de quinielas!

                    Nuestro protagonista cayó desmayado en el acto. Menos mal que la chica había aprendido RCP en la escuela, y le hizo masaje cardíaco, pero igualmente tardó bastante en reaccionar.

                     Dicen – en los barrios hay siempre quien se entera de todo – que desde entonces el chico tímido empezó a ir bastante seguido a la agencia de quinielas, y si no jugaba al 15, la niña bonita, jugaba al 93, el enamorado. Y también dicen que fueron muy felices…

           Palermo, 27 de febrero de 2020