Suerte

Nueva York. Enero. Tercera avenida, diez de la noche. El hombre camina apresurado, temblando de frío dentro de su gabán grasiento y algo raído. Un poco por efecto del viento helado y otro poco por costumbre, va mirando hacia el suelo. De pronto, al llegar a la calle 42, ve algo que le parece una hoja de papel que va arrastrándose a causa de la ventolina. ¡Es un billete de dos dólares! Agacharse, tomarlo y guardarlo en su bolsillo es cuestión de un segundo. Piensa en tomar una copa. Piensa en comer algo. ¡Dos dólares! Estos billetes traen mala suerte, dicen. Mejor va a ver a Joe, el que toma apuestas. Quizás este billete pueda traerle la suerte que necesita para no seguir viviendo esta vida miserable. En la oscuridad brilla débilmente la luz de un cartel “El honrado Joe. Quinielas”. Tras el vidrio empañado ve a un hombre con cara de aburrimiento, los anteojos levantados sobre la frente. Joe. Éste le toma la apuesta, y le dice que lo vea al día siguiente. El hombre se va caminando despacio, olvidado del frío del hambre y de la sed, a juntarse con otros compañeros para pasar la noche en algún hueco, dándoles unos a otros el poco calor que sus flacos cuerpos pueden brindar.
Al siguiente día, gris y todavía ventoso, el hombre vuelve a ver a Joe, y le pregunta por el resultado de su apuesta. Éste le dice lo que era de imaginar.
“No hubo nada”.
Nada.
(Hay una versión que dice que nuestro hombre se despertó entonces en su magnífica mansión de Kingston, en Jamaica, en su jardín lleno de sol, donde había dormido su borrachera, y le pidió a James, su ayuda de cámara, una copa de champagne, acompañada de un cóctel de langostinos).
(Otra versión dice que en el New York Times apareció una noticia en unas pocas líneas comentando que algunos “homeless” habían muerto congelados esa noche en razón de la intensa nevada).
¿Suerte?
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