SUEÑOS DE CRUCERO

     Salió de su trabajo y contra su costumbre decidió volver caminando a su casa, distante unas veinte cuadras. La tarde era algo calurosa con nubes que pasaban a buena velocidad por la acción del viento, causando una impresión extraña, como de “clipping”, de luz intermitente. Recordó que ese tipo de luz había provocado en Albert Camus el ataque de epilepsia que le causó la muerte; en realidad la epilepsia en sí no lo había matado, sino que fue consecuencia de que perdió el control del volante mientras manejaba saliendo de París, por la luz intermitente que se filtraba por entre los árboles que bordeaban la autopista, haciéndole caer en convulsiones. ¡Qué suerte que yo no llegué a tal grado! pensó. Recordó el largo tratamiento con distintos medicamentos, el “test de Minnesota”, los sustos, las “ausencias”, el volver en sí ignorando dónde se encontraba. “Solo quien tiene o tuvo epilepsia puede saber lo que se sufre” pensó.

      Ahora el cielo estaba limpio, la tormenta había pasado de largo, sin llegar a desencadenarse. Estos últimos días habían sido de mucho calor; si bien la carretera era amplia, las banquinas eran de tierra y los árboles que la costeaban ofrecían fresca sombra, comenzó a sentir un cansancio que no le pareció natural, como si a cada paso que daba fuera a desplomarse. Miró a su alrededor, y con cierto alivio descubrió una pequeña pizzería a unos diez metros. Sin dudarlo un momento, se dirigió al local, se sentó ante una mesa y pidió una cerveza, que tomó con avidez. Al poco rato sintió que su cuerpo comenzaba a relajarse, y a su mente acudían como en una película todos los acontecimientos del día; el despacho de mercadería que no había podido hacerse por el súbito paro de camioneros, el contador, con la lista de los impuestos a pagar, la secretaria, con un problema familiar, que tuvo que irse antes de hora, dejando todos los pedidos en manos de la nueva… La discusión con Úrsula, su mujer, que este mes se le fue la mano con la tarjeta… ¡Ah, si pudiera cambiar de trabajo, ganar más dinero, tomarse unas vacaciones, irse en un crucero…!  Tantas cosas se piensan cuando son posibilidades imaginarias – razonó – si realmente estuviera en condiciones de realizar todo esto, quién sabe si lo haría. Pero dejó correr su imaginación como una forma de descansar, sin culparse por lo extravagante que pudieran ser sus ideas. Pensó en un crucero por la costa norte de África, Túnez, el mediterráneo azul, o las islas griegas, con sus casitas todas blancas, y sus paisajes increíbles, y quizás alguna pasajera… Bueno, ya pensamos bastante. 

      El estampido de un trueno lo trajo bruscamente a la realidad. La tormenta había vuelto, y había decidido instalarse. Un fortísimo aguacero cayó sobre la autopista, volviéndolo todo gris y brillante. Pidió otra cerveza. En su mente, el crucero había avanzado sobre Europa, arribando esta vez a Oporto, en una tarde llena de sol. Luego el cielo azul, el mar tan azul como el cielo, las fiestas en el crucero, la gente interesante que conocería, Lugo, La Coruña, luego a Inglaterra e Irlanda: Liverpool, Dublin, Cork, y hacia el oeste, en el proceloso atlántico norte, derivando hacia el sur, hacia Centroamérica… Aruba es el destino… Miró hacia afuera. La lluvia había cesado. Aún caían algunas gotas aquí y allá, y el sol estaba comenzando a retomar su autoridad en el cielo.

      Decidió continuar en colectivo el viaje de regreso. Un poco por el temor de mojarse si volvía a llover, y otro poco por la modorra  que junto con el calor le habían dado las dos cervezas. Llamó a la moza venezolana, y pidió la cuenta. Salió de la pizzería con un poco de dolor de cabeza, y una idea fija. Con ese dolor de cabeza  y esa idea fija tomó el colectivo,  y con esa misma idea se bajó a cinco cuadras de su casa, entró a una agencia de quinielas, y jugó cien pesos a la cabeza al cincuenta y tres, el barco, en todas las loterías. Era plata, pero no quiso estar a menos altura que sus sueños.Palermo, 11 de febrero de 2020