Sueño

Gurukrok dormía. Gurukrok soñaba. Esa noche soñó que caminaba apresuradamente por una avenida bordeada de modernos edificios de varios pisos, iluminada por luces led de gran potencia, en medio del intenso tránsito de vehículos de todo tipo, automóviles, ómnibus, camiones, muchos de ellos autónomos, esto es, sin chofer, que respetaban religiosamente el constante y matemático cambio de luces de las señales de tránsito; la gente se apiñaba como moscas en las paradas de colectivos, las bocas del subterráneo parecían enardecidos volcanes en erupción, vomitando gente ruidosa y atareada en vez de ardiente lava. Toda la ciudad hervía de actividad en esa tarde de invierno. Soñó que iba en busca de una agencia de loterías y quinielas para jugarle al cazador, al número 65, que le había estado preocupando constantemente, casi como una obsesión. Miró la hora en su celular. Las cuatro y veinticinco. Si se apuraba, iba poder apostarle unos pesos a las jugadas que quedaban en las quinielas del día.¿Cuántas serían? No, no podía recordarlas. ¡Es que tenía tantas cosas quehacer! Paró un taxi. Se fijó que la patente terminaba en 66. ¡Las lombrices!Esto de las lombrices le trajo un recuerdo borroso de algo, pero no lo pudo precisar. Pero ahora no había tiempo para detenerse a pensar. Debía seguir todo el plan de actividades que se había marcado. No podía perder tiempo. Dio la dirección del banco donde debía realizar una importante operación. Junto al banco estaba la agencia “El Garrote” donde jugaría los números de quiniela que tanto le daban vueltas en la cabeza. El chofer hablaba y hablaba sin solución de continuidad, y en voz alta,  como un comentarista de fútbol, como un vendedor ambulante, a ratos criticando al gobierno, a ratos indignado contra la competencia de los uber, para él a todas luces desleal. Su obsesión por jugar los números de la quiniela le impedía entender lo que el conductor decía, y hasta posponer en su mente la prioridad de la transacción bancaria. Toda su urgencia era la quiniela. El 65, el cazador y el 66, las lombrices. “Lombrices – pensó – para encarnar”. Le gustaba pescar, sí, cazar y pescar. Pensó vagamente en un arroyo y en encarnar lombrices en el anzuelo, pero era un anzuelo de hueso, muy especial… de hueso de oso. ¿De oso?… ¡Qué cosas se le ocurrían…! Le jugaría entonces al 65, el cazador, al66, las lombrices, al 09, el arroyo, y al 19, el pescado. Bueno, ¡basta! ¡Basta de divagar con los números de la quiniela! Tenía que entrar a la agencia antes de entrar al banco, y luego de jugar, pensar cuánto invertiría en acciones dela Afrikasian Oil, y cuánto dinero le redituaría esa inversión, cuando las acciones subieran… ¿Dinero? ¡Pero si dinero era el 32!…  Llegaron a destino. Le pagó al chofer la suma requerida, casi sin darse cuenta: Sus pensamientos estaban concentrados en las jugadas de quiniela de esa tarde. Su apuro era mucho, porque se acercaba la hora en que tenía que encontrarse con John Trader, su corredor de bolsa. Entró al banco casi corriendo. Cuando estaba en el ascensor, rumbo al piso 27, cayó en la cuenta que no había ido a la agencia a jugar los números de la quiniela en que había estado pensando todo el día. Finalmente llegó a la salita donde Trader lo estaba esperando. Juntos fueron entonces a depositar el dinero (¿El32?…) y quedaron en que el lunes recibiría los títulos en su oficina. Se despidió de su corredor, y mientras bajaba en el ascensor rogaba para no cruzarse con ningún conocido que le hiciera perder tiempo, porque aún alcanzaba por lo menos a apostar en seis jugadas de quiniela. Afortunadamente nadie lo interrumpió, salió del banco, ingresó en la agencia de quinielas, y…

Gurucrock despertó. Los primeros rayos de luz del alba penetraban por las irregularidades de la piedra que cubría la entrada de la cueva de Gurucrock. Su mujer había avivado el fuego que había servido de calefacción toda la noche, para asar en él un urogallo que había cazado la tarde anterior. Lo mantenía sobre el fuego atravesado en la punta de un palo, y como lo primero que se quemaron fueron las plumas, surgió una leve llamarada, que iluminó un instante el reducido ambiente de la cueva, produciendo a la vez un amargo perfume que avivó más el hambre del buen Neardenthal. Y pensó… “Si me pregunta algo, ¡¿Cómo le explico a Ngaa, mi querida esposa, que soñé con que jugaba a la quiniela?!”

Palermo, 15 de diciembre de 2018      13.20 hs.