SOLDADOS

       El Jefe del Regimiento de los Soldaditos de Plomo arengaba a la tropa: “ ¡Tenemos que ser valientes! Tenemos ante nosotros un ejército de soldados de madera que son tontos y débiles”. Con el fuego de nuestros fusiles, la dureza de nuestras espadas, los haremos retroceder desbandados, y los venceremos sin esfuerzo. ¡Somos invencibles!

       Por su parte, el Jefe del Regimiento de los Soldaditos de Madera infundía valor a los suyos diciendo: “Somos sólidos”. Sus armas no podrán contra nosotros. Somos más altos y fuertes. Caerán como fichas de dominó ante nuestro primer avance”.

       Daba gusto ver a los dos regimientos con sus uniformes pintados de azul y bermellón, sus pequeños fusiles y relucientes espadas, sus prominentes kepís y sus altas botas acharoladas que destellaban con la luz cambiante de la chimenea. “Piensen” decía el Jefe “que ellos son huecos. Que no son aquellos soldaditos de plomo planos, que si se los atacaba por el flanco caían como moscas. Estos son fáciles de romper. Es probable que de un solo tiro de nuestras catapultas se les puede arrancar un brazo, y que sin brazos ya no pueden luchar”.

     Un poco más allá, el Ejército de los Soldaditos de Plástico se encontraba en observación, esperando órdenes superiores para decidir a quién atacar primero. No sentían odio ni enemistad para con ninguno de los dos bandos, ni los de plomo, ni los de madera, pero tenían que plegarse a unos o a otros, según las órdenes que recibieran, y se encontraban listos para entrar en batalla con sus vehículos con ruedas de plástico duro, sus antenas de fibra de plástico, sus armas de alto poder destructivo, equipos de comunicaciones, de radar, de detección de minas, etc.

       Era evidente que contaban con mejores armamentos que los otros dos ejércitos; un poco más atrás podían verse lanchas de desembarco, cruceros, aviones y helicópteros, en fin todo lo necesario para librar batalla en una guerra moderna. Evidentemente el Niño, amo y señor de los tres regimientos no había decidido aún a cuál de los dos ejércitos prestarían su apoyo, separados aún por unos metros de alfombra.

       Siempre los momentos anteriores a la orden de atacar, los instantes previos a entrar en combate hacen que un militar de carrera recuerde detalles de sus batallas anteriores, de las guerras en que ha tomado parte, de los compañeros caídos, y del placer inefable que proporciona el comprobar, luego de asentado el polvo, calmado el caos y desatado el silencio posterior al estruendo de las armas, que se ha ganado la guerra, todo eso vivido impregna su mente, y enardece su corazón. El Mariscal Cointreau, a cargo del Regimiento de Los Soldaditos de Madera recordaba la batalla de El Marne, en la Francia tan sufrida, con soldados que habían dejado poco antes la mancera del arado para tomar la culata del fusil, el espíritu patriótico que hacía que sus reclutas se comportaran como avezados veteranos. El General McDonnell, jefe de los soldaditos de plomo recordaba la toma de las playas de Normandía, con el fuego cruzado, con las lanchas desembarcando y los soldados muriendo de a docenas, pero finalmente venciendo. ¡Venciendo! Habían nombrado a las playas, a fin del operativo, con nombres de distintos estados norteamericanos. También así, jefes y tropa se sentirían en terreno conocido, y no en la Europa siempre distante, aunque estuvieran pisando su terreno. Recordaba también cuando Mc.Arthur, en Luzón, había dicho su famoso “Volveremos”… 

       El Mayor General Adamowicz, al frente de la 7ª División Motorizada de Plástico Duro, recordaba su entrada en la Bagdad bombardeada, con sus hombres dispuestos a todo, avanzando sin poder detectar de dónde vendría el ataque enemigo, pero avanzando, aplastando, demoliendo, y finalmente, la inefable alegría de la Victoria…

       El Niño miraba sus huestes formadas disciplinadamente sobre la alfombra del living, pensando a qué ejército daría orden de atacar primero, y contra cuál, sin decidir quiénes ganarían la terrible batalla que estaba por desencadenarse, y a qué ejército prestaría su apoyo la División Motorizada de Plástico Duro. La luz temblona de los leños de la chimenea hacía moverse a las sombras de los soldaditos de los tres ejércitos, prestándoles sensación de vida, el crepitar del fuego y cada tanto un reventón de los mismos tizones hacía pensar en el estallido de una granada, o alguna mina que explotara bajo tierra, en pleno combate. En ese silencio tenso, apenas interrumpido por los sonidos que hemos descripto, súbitamente se oyó el árido chirriar de una puerta que se abre, y el hermano mayor del Niño hizo su ingreso en la escena, que de campo de batalla pasó a ser el living de un departamento, y tomando de la mano al General en Jefe, o sea al Niño, le dijo “Tito, dejá los soldaditos, y vení conmigo al cine, que acabo de jugarle al 12 a la quiniela, y gané”. “¿Y qué es el 12?” Preguntó el Niño, sorprendido.

       “El Soldado” le contestó su  hermano. “Vení, que vamos a ver “Apocalypsis Now”.

       Los dos jóvenes salieron presurosos de la habitación. Los tres gloriosos regimientos pasaron a ser unos cuantos soldaditos de juguete dispuestos en orden marcial sobre la alfombra. Cada tanto, el movimiento de las llamas de la chimenea hacían mover sus pequeñas sombras, en un infantil simulacro de vida.

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Palermo, 18 de junio de 2019