Quinielero (Homo ludens)

Soy un apasionado de la quiniela. Soy capaz de jugar la fecha y la temperatura. La edad de mi madre, y la fecha en que murió mi padre. Le he jugado a todos esos números, varias veces, y nunca saqué nada. Pero además le jugué al primer sueldo que tuve, ¡las cuatro cifras! Tampoco gané nada, pero no puedo dejar de jugar. Sè que en algún momento voy a dar el gran batacazo. Mi hermana, la que estudia numerología, dice que soy un predestinado a ocupar altos cargos, a destacarme en la vida, a ganar grandes premios. Pero mi novia, que es psicóloga, me dice que soy un boludo, que tiro la plata, que ve en mi el típico ejemplo de “homo ludens”, que no sé qué quiere decir. Pero, por ejemplo le he jugado en enero al 2018, y al 18, y al dos, ya que si se suma el dos, más el cero, más el uno, más el ocho, te da 11, y si sumás el 11 (1+1) te da dos. Entonces le jugás al dos, que es el nene, y luego enero (mes 1, 31 días), más febrero (2, 28) y marzo (3, 31) todo te da 7, “el revólver”, o bien 02, o 32 y 30 y 34 , 7 , puede llegar a darte cualquier cifra, a la que hay que jugarle, y haciendo un poco de “fuercita” tiene que salir. Oh, la Quiniela… Yo no sé si será como mi hermana dice, que llegaré a destacarme en la vida, ocupando distintas altas posiciones, o que estaré loco, como dice mi novia, que se llama Gilda, y si sumamos las letras de su nombre da 5 (el gato) , y si uno… Bueno, estoy pensando que para dirigirme hasta la agencia tengo que contar los pasos que doy, y les sumo…
Esto me viene de mis abuelos. Como éramos muy pobres, mi abuelo Úrsulo, cuyo nombre estaba integrado por 6 letras, organizaba todos los días una especie de quiniela con sólo tres bolillas, con un número cada una. Cada uno de nosotros, papá, mamá, mis cuatro hermanos y yo, teníamos que escribir en un papelito un número de tres cifras o de dos. De una no nos lo estaba permitido Mi abuelo revoleaba las bolillas dentro de una ensaladera – lógicamente vacía, como nuestros estómagos – las sacaba de una y una, colocándolas en una huevera de esas de cartón, que venden los supermercados, en orden de “unidad, decena y centena”. Luego, al que tenía el papelito que tuviera las tres cifras, le tocaba comer ese día. Si alguien sacaba las dos últimas debía poner la mesa. Los otros cinco ni oler la comida podíamos. Así nos mantuvimos durante cinco o seis años. Bastante resistencia la de mi familia. Si alguien coincidía en las tres cifras, la comida se repartía entre todos. Si alguien coincidía en las dos últimas, la comida se dividía entre el que había ganado con las tres cifras, que comía la mitad, y la otra mitad a dividirse en las que habían acertado a las dos cifras. A quienes habían ganado algunos de estos premios no se les permitía jugar al día siguiente.
Pero eso no era permanente. Cuando mi abuelo Úrsulo ganaba a la quiniela, comíamos todos.
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