¡Quinielas Eran Las de Antes!

 

“Así es nomás como le digo. La quiniela viene de tiempo atrás” dijo don Emilio, dejando su copa sobre la mesa de madera reseca, llena de anotaciones, que pese a los evidentes baños de lavandina aún conservaba las marcas. “La quiniela es un invento argentino. Fue inventada por un vasco de Rosario, don Domingo Irigoyen, comerciante fuerte, que por el novecientos recibía las apuestas en su propio negocio. Y no sólo de su barrio, sino que yo diría de la ciudad entera, y hasta de los arrabales venía la gente a jugar. Como usted bien sabe, el criollo es muy jugador. No hacían ni cinco años que se había creado la Lotería Nacional, y ya el ‘negocio ‘el vasco’ como le llamaban al local comercial de don Domingo, se llenaba de entusiastas apostadores, con la esperanza de convencer a la Fortuna que lo bendijera con unos mangos. Otros motivos que atraían a los jugadores de entonces era que la quiniela era más barata que la lotería, que se apostaba a los dos números finales, cosa que daba más posibilidades de acertar, y – como buenos argentinos – lo que más les seducía, es que era ilegal, cosa que siguió siendo así por mucho tiempo, hasta que en el setenta y uno el gobierno se dio cuenta de que podía ser un gran negocio, y la oficializó, pensando que toda esa plata que se jugaba iría a parar al Estado”.

Tomó otro trago de su grappa, y continuó “Al principio le llamaban biniela, porque se jugaba solamente a dos números, pero como la verdadera lotería se jugaba entonces por cinco cifras comenzaron a llamarla ‘quiniela’ quizás como un festivo homenaje a su hermana que funcionaba dentro de la ley”.

“La quiniela clandestina comenzó a tener tanto éxito que los que la vendían, que en su momento llegaron a ser varios – yo diría muchos – comenzaron a tener empleados, “levantadores” ambulantes, que entraban a los bares, a los negocios, y a cualquier lugar donde se juntara la gente, y recibían numerosas apuestas. Yo diría que las iglesias se salvaban, pero ¡usted no sabe como jugaban los curas… y juegan todavía!”

“La policía pronto tomó nota de esta situación, y comenzó a perseguir a los “levantadores” que hasta se comían los papelitos de las apuestas con tal que no los detuvieran, ya que a falta de pruebas…

Pronto los comisarios se “avivaron” del negocio, y al detener a los quinieleros les decían “jugame diez pesos al número que salga”, y era una forma de obtener un ingreso más al que les entraba por su sueldo y algunos otros extras; pero peor fue cuando se dieron cuenta que ellos mismos podían “bancar” las jugadas, dado que el dinero que ingresaba por la venta de apuestas eran montos muy superiores a lo que se pagaba por los premios, y entonces la quiniela se convertía en un verdadero “negocio redondo”. Había comisarios que bancaban las apuestas en varios pueblos, llegando a haber discusiones entre “banqueros” que muchas veces terminaban a balazos”.

Don Emilio terminó su copa, y pidió otra vuelta. Me ofreció que lo acompañara,  pero yo no quería perderme nada de su relato, ya que mi condición de periodista alentaba mi curiosidad, y hacía que almacenara lo más posible en mi memoria, ya que en cualquier momento la de celular podía agotarse por falta de capacidad o de carga de batería.

“Y esto de la quiniela no es sólo algo de aquí, de la Argentina, como mucha gente cree. Luego de algún tiempo la quiniela cruzó el Río de la Plata, y se extendió con gran éxito en el Uruguay donde pronto llegó a oficializarse, alrededor de los cincuenta, y luego se extendió por toda América y el mundo, sí, amigo, ¡Por el mundo! Fíjese que se sabe que se ha oficializado –según dicen los que hacen las estadísticas – en cerca de cien países de América y Europa. Y lo que es más, hasta ahora la quiniela oficial “convive” tranquilamente con su hermana que está fuera de la ley”.

Don Emilio había saboreado ya sus grappas, mi celular había agotado su memoria, y mi cabeza no podía terminar de asimilar toda esa historia.