Quiniela E´Campo

 

Al Jacinto se l’estaban poniendo flacaj lajovejas, tanto que parecían espantapájaro e cuatro pataj. Con tal motivo había ido a ver a don Esperanto, q’era un paisano que sabía. Estiombre li había dao un líquido amarillo con olor a perro muerto, y le dijo que con ese líquido había que bañarlaj mirando al norte, lo que por máj que luintentó nuera fácil, porque el Jacinto no tenía zanjón pa’ bañarlas, y lavarlas una por una era un trabajo pior quejquilarlas. Luintentó varias veces, pero ocurrió que áura laj ovejas se morían, y eso que él tenía buenoj potreros ande hacerlas pastar.
Finalmente dicidió ir a ver al dotor González quera veterinario y una vej había curáu al alazán del Cirilo. A éste le daba vergüenza decir que le había dao un rimedio, y decía que lo había curáu de palabra, pero lo cierto era que li había dao una indición dialgo como “pinicilina” o alguasí, y en trej díaj el mancarrón estaba como nuevo, ¡patente!
Le llevó una oveja, que ¡pobrecita! parecía una bolsa e guesos. El dotor veterinario la revisó como si juera una persona, le dio un papel quera una riceta, y ainomá le dijo: tiene que darle algo como “Carapitol irradiáu”, cosa que no va a conseguir en la botica’el pueblo. Va tener que ir nomá pal Treléu. En la ciudar lo va a conseguir fácil, Pero ha de ir a una botica que diga “veterinaria”. Son cincuenta pesos.
El Jacinto era muy pobre, y luego de despedirse de su mujer, la Teodolinda, con lágrimaj en loj ojo, un poco de la tristeza e dejarla, y que ademá li había agarrao la conjunivite, se jue caminando pa la ruta, esperando que pasara algún vehículo “paserle dedo”. Dijpué diuna hora, majomeno, le paró un camión grande, que iba justamente pal Treléu, llevando unas bolsas de máiz, pa vender en el mercáu. Empezaron a charlar con el paisano que lo manejaba del tiempo, de laj cosechaj, y de las cosaj quiablan los hombres de campo, y el Jacinto le contó que iba pa la ciudar a comprar un rimedio pa laj ovejas, y no tenía mucha plata. El camionero, creyendo que áura le iba a venir el “pechazo” le dijo: ¿Y ya que va pa la ciudar, por qué no se juega unos peso’ a la quiniela?
¿Quiniela? ¿Quéjeso? Preguntó el Jacinto. Tonce el del camión le dijo que cuando llegara a distino, averiguara ánde se podía jugar unoj pocoj pesoj a ese juego e la quiniela, que aunque jugara poco iba a tener un guen risultao.
Dijpué de despedirse ‘el camionero, El Jacinto, feliz como criatura con chupete nuevo, comenzó a caminar hasta donde pudiera jugar a ese juego e la quiniela, ya que lo más que había jugau en su vida era a la taba. De Pronto al doblar una esquina, si encontró con un negocio tipo botica, todo blanco y con vidrioj en la puerta, y pensando quera una botica, entró confiáu, y se puso contento al ver que era una agencia ‘e quiniela. Si acercó a una ventanilla atendida por una gurisa ‘e pelo amarillo y con la cara pintada como carro’e verdulero, y le preguntó cómo se jugaba a eso de la quiniela; ella lejplicó lo mejor que pudo, y cuánto iba a ganar según lo que apostara a la cabeza, esétera. Tonce el Jacinto, que tenía ciento veinte pesoj jugó cien a la cabeza del número ochenta, quera la cantidá di ovejas que tenía, guardando veinte pal rimedio. Ya estaba ojcureciendo, asi que se jue pal’estación, se sentó en un banco largo que había pa’ esperar el tren, sacó de su morral un salamín casero y un poco e pan que tenía y loj comió con una gran esperanza, pensando en todo lo que iba a ganar, y al rato nomá se quedó dormido. Por suerte, ningún “avivau” le robó su mochila.
A la mañana siguiente, el Jacinto se dispertó temprano, cuando faltaba poco pa que saliera el sol. Se jué caminando hasta la agencia e quiniela. Como aún ejtaba cerrada, se sentó en el umbral pa ejperar a que la agencia abriera.
Como a laj dojoraj empezaron a llegar loj empleaus. Le priguntó a uno que le dio bola, porque lojotros dentraron apuráus, a qué hora abrían pa que entrara la gente, y le dijeron que faltaba una hora más. Pensó entonce en dar una vuelta porái, pero tuvo miedo e perderse, o que se le hiciera tarde pa cobrar. Tonce volvió a sentarse, y cuando le dijeron que podía entrar, prisentó la boleta, y casi se muere cuando le pagaron siete mil patacones. Salió casi corriendo, por casualidá encontró pronto una botica que estaba cerca, compró el rimedio, y se volvió a su pueblo en tren, con el rimedio en el morral, y la mano zurda dentro del bolsillo, apretando los billetes.