Quiniela

Todo empezó con el sorteo. Cuando – luego de las batallas – los romanos se repartían el botín, la tierra se dividía en lotes, tocándoles a algunos mejor suerte que a otros en razón de su fertilidad, o ubicación para poder mejor explotarla. Esos lotes eran los más o menos “Sortis” luego que las Suertes o Alea, los dados, u otros elementos usados en el sorteo dijeran a quién hubiera tocado qué o cuánto. Se dice “echar la suerte, o echar suertes”, porque las suertes, como está dicho, se “echaban” o lanzaban dentro de un regazo (los pliegues de una capa o de una manta) o dentro de una vasija o un sombrero, y luego se verían los resultados. “Alea iacta est” (la suerte está echada)… veremos qué pasa. El sorteo, es consecuencia de la suerte. De la suerte con que se echen las suertes. Es como quien pueda ensartar la sortija (suertecita), tanto en las carreras de caballos, como en la calesita, que – al fin – es una carrera sin fin. En una palabra, el Sorteo vendría a ser el tatara-tatarabuelo de la Quiniela.
Los sorteos, desde los tiempos más antiguos se han utilizado para los juegos de azar, que es la casualidad presente en diversos fenómenos con causas complejas, no lineales. Los sorteos siempre han favorecido a unos mientras que han perjudicado, lógicamente, a otros. Se han utilizado tanto para otorgar premios, como para condenar a muerte a prisioneros. Y para jugar, por supuesto. Y aquí aparece la lotería.
La lotería, palabra que según algunos viene del italiano “lottaria”, derivada a su vez de lotta (lucha), y según otros deviene del alemán Lott, que significaría “Suerte”, consiste en un juego de azar que se pone en práctica de dos maneras: O llenando casillas en “cartones” comprados a la banca por cada jugador, que se instala en mesas junto al bolillero; esa es la lotería “de cartones”, o “Bingo”, en la que el premio mayor lo lleva el jugador cuyo cartón se llena primero, o si hay otros premios, el que primero llena una línea, una columna o una diagonal. La otra, es la que a medida que de un bolillero van saliendo los números, por otro van saliendo los premios correspondientes. Esa es la lotería cuyos billetes se venden en las agencias, donde asimismo se juega a la quiniela. El jugador se beneficia con el premio correspondiente al número al que apostó, pero de diversas maneras: Por ejemplo, el apostador compró el 23547. Supongamos que sale con el primer premio. Un millón de pesos. El billete puede estar dividido en varias partes. Por ejemplo, en vigésimos. Si el premio es de un millón, a cada parte le corresponde cincuenta mil. Si el poseedor tiene tres vigésimos, cobrará ciento cincuenta mil (como estos juegos son controlados por el Estado, se deducirán los impuestos correspondientes). Si el jugador acertó a las cinco cifras del billete, los números se manejan de esa manera. Eso serían los premios por extracción. Pero también están los premios por progresión, que serían los ascendientes y descendientes de los números extraídos, con un premio constante y mucho menor.
Y por último, están las terminaciones. Si un jugador en vez de tener el 23547, tiene en su poder el 18547, por ejemplo, tiene “terminación en las tres últimas cifras”. Si su billete, lleve el número que lleve, coincide en las dos últimas cifras, o en la última, tiene el premio proporcional. Esto viene a ser la lotería, en líneas generales. Algo así como la “madre” de la quiniela.
En la quiniela, todo es diferente. Si bien es un juego de azar, lo que gana el jugador es proporcional a lo que apuesta. La quiniela es un juego en el que el apostador siente que “maneja su apuesta”. En la mayoría de los casos se rige por una determinada lotería, nacional, provincial, municipal, y según el horario en que se sortea, se divide en “primera”, “matutina”, “vespertina”, “nocturna”. En nuestro país, la República Argentina, se ajusta a la modalidad de cada provincia, y al día de la semana en que se juega. Incluso se puede jugar a la Tómbola de Montevideo (R.O.del U).
Además, la quiniela es toda una institución; es un verdadero hecho social. Es más que un juego, un complemento de la intimidad de cada familia. Es un juego de barrio, un juego de corazón. La vecina sale a hacer “los mandados”, y luego de ir al súper, a la panadería y a comprar alpiste para el canario, pasa por el kiosco y le juega cinco pesos al 22, porque “El Loco hace mucho que no sale”.
De los argentinos, especialmente de los porteños, deben ser muy pocos los que no saben los nombres de cada número. Muy pocos los que no saben que el 22 es “El Loco”, que el 14 es “El borracho”, o el 15 “La Niña Bonita”…