¿QUÉ ESCONDE EL CONDE?

El Conde esconde que es Conde. Con denuedo, si bien con decoro y con decisión firme, el Conde condena sus condecoraciones y concomitantes conductas, y concede a sus condóminos sus derechos, condonando toda deuda, y condimentando su discurso con expresiones de humor.
El Conde oculta su calidad condal. Lo hace asumiendo la suma de las potestades que su heredado honor ostenta, y de su heredad dispone. Cómodamente da en comodato a sus vasallos sus caballos, sus haciendas y sus huertos, sus derechos en los puertos, de importar y de exportar.
El Conde esconde que es Conde, pero también que es persona. Al notario se apersona y redacta un documento, que ligero como el viento, y sólido como el hierro, da al contrato un vencimiento y transfiere a un testaferro al final de su mandato el total del comodato, sus derechos en los puertos, su haciendas y sus huertos, sus caballos y vasallos.
El Conde esconde que es Conde, pero otras cosas esconde. También esconde que esconde; no sólo esconde que esconde sino todo, cuándo y dónde. El Conde es escondedor. Se esconde bajo su capa, más no sólo borra y tapa, sino que elimina huellas de sus acciones más bellas a sus más negros pecados, pues todo lo que ya ha dado lo ha dado con vencimiento, de modo demás holgado, y sin ningún remordimiento.
El Conde ¿qué es lo que esconde? Que posee una financiera. Una banca en el senado y un banco internacional. Que comercia con metal, con armas y con falopa, que lava y no sólo ropa sino billetes del norte, y bajo su humilde porte, su raída y negra capa, guarda varios celulares desde los que se maneja con sus distintos contactos en diferentes lugares para esconder como esconde el último de sus actos.
El Conde esconde y oculta. Jamás abona una multa, porque le perdonan todo. De cualquier manera o modo zafa siempre del problema, y cuando la cosa quema, siempre tiene a mano un juez que “sólo por esta vez” le ha conmutado la pena.
El Conde va al exterior. Es un viajero frecuente. Va a tomar baños de sol a paraísos fiscales, pues dice que le hace bien visitar a sus parientes – todos son gente pudiente – ya que el buen Conde es un noble. Claro, el beneficio es doble, su familia y sus quintitas, pues sentado en los banquitos y regando sus plantitas controla sus intereses ¡qué no falte ni una hojita!
El Conde es buena persona, aseguran sus vasallos. Sus manos plenas de callos – por cierto, las manos de ellos – labran la tierra con celo, esperan lluvia del cielo, y buenos vientos climáticos, y también con mucho anhelo ¡los aumentos automáticos!
El Conde nunca condena; el Conde siempre perdona. Es, cierto, buena persona, te mira con buenos ojos si le seguís la corriente pero si eres tan valiente para oponer tu opinión, su sensible corazón se vuelve pronto de hierro, y tan sólo en el destierro podrás hallar solución.
El Conde una noche fría decidió tentar la suerte. En un bar de mala muerte, y a la lumbre de una vela, decidió que la quiniela iba a cambiar su destino, y frente a un vaso de vino tomó dicha decisión, apostándole un montón al “loco” y a la cabeza. Se levantó de la mesa a la que estaba sentado, dejando al vino rosado añejándose en la copa, y ajustándose la ropa se fue a la agencia de al lado. Encarando al encargado con buen talante y firmeza le dijo con viva voz “un millón al veintidós, sí, al ‘loco’ y a la cabeza”.
El Conde aún ahora reza agradecido al Señor de que al no ser jugador la apuesta no le tomaran, porque entonces no llevara ningún cheque al portador.
El Conde ¿qué más esconde? No sé, y tampoco sé adónde.
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Palermo, 4 de marzo de 2019