PESCADOR

El hombre va caminando por la playa. El viento frío del invierno le araña la cara, y le muerde los flancos. Del lado del agua, viene un olor como  a descomposición. El hombre va apurado, porque perdió su equipo de pesca por el tirón de un pez o algo pesado que lo enganchó, y el agua lo ha llevado como a cien metros de donde tenía su refugio y  su pequeño fuego. El viento está cada vez más duro, el aire cada vez más frío. Ha comenzado a correr. Pareciera que no va a llegar nunca a alcanzar su espinel. Pese a la fuerza del viento, el agua no hace olas ni avanza a mayor velocidad que la habitual en esa rinconada del río. Está anocheciendo, y el pescador tiene miedo de perder sus anzuelos. Finalmente llega a alcanzarlos, ganándole velocidad al río, y al levantarlos ve que un par de tansas han sido cortadas por algún dientudo y que faltan casi todas las carnadas. Putea en silencio. Emprende el regreso. Quisiera ya mismo estar de vuelta en su pequeño campamento, donde ha quedado en el fuego la pava que estaba calentándose para el mate. Quizás haya hervido… ojalá no se haya vaciado y quemado con el calor del fuego… Pero tiene  el vino; un trago le vendría muy bien.  Faltando unos metros para el abrigo de su modesto refugio comienzan a caer las primeras gotas. Feo la lluvia en invierno. En verano es otra cosa. La lluvia se disfruta como parte del paisaje. El cuerpo se refresca y es como si se llenara de alegría; en cambio en pleno junio, esta lluvia es como si le cayeran encima cientos de alfileres helados. Los pies descalzos le patinan dos veces en el barro arenoso, y casi pierde el equilibrio. Bueno, pero ya está sentado junto al fuego, al amparo de las lonas que ha armado como una carpa. Las manos le duelen de trabajar en el frio húmedo. Busca en su morral algo de comer. Encuentra un par de chipás y un trozo de pescado seco algo duro por el frío, y los va masticando mientras el agua de la pava vuelve a calentarse, porque durante su cacería del espinel rebelde se había consumido casi totalmente. Menos mal que tiene la bota. Tiritando la destapa y se toma un trago más que generoso, como para calmar el frío. El vino lo reanima. Rápidamente toma el espinel, encarna los anzuelos que habían quedado desnudos, y lo vuelve a armar en la orilla. Lo asegura a la estaca con un poco de alambre fino que lleva en el bolsillo, y se queda mirando al aire, a la nada, al infinito. Ya la noche se ha cerrado sobre el río. La lluvia ha cesado, y  los arbustos se han convertido en sombras que lagrimean. El cielo y el río se han convertido en dos grandes manchas de tinta. Va a hacer guardia toda la noche, para evitar que algún yaguareté u otra alimaña  venga a robar su pesca. Es cuestión de sentarse y esperar…

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       El que escribe esta historia se detiene en este momento, y piensa:   “¡Cuántos elementos están incluídos en este relato!” Agua (01),  pescado(19), lluvia(39), vino(45), ya son suficientes para jugarlos a la quiniela… Sin contar que hay que estar un poco loco (22) para concebir una historia así, con mal tiempo (83) y todo…   Mejor calcular qué número saldrá hoy en la vespertina de Entre Ríos…

Palermo, 20 de agosto de 2019