PERIODISTA

          Ildefonso Ramos Urruchúa, conocido por el público como Carlos Largavista,  era un periodista político y policial que se había hecho un nombre en el ambiente por su corrección, su gran seriedad, y su gran capacidad para dramatizar situaciones, como por ejemplo, en caso de un hurto en un colectivo, describirlo como que “el degenerado, introduciendo sus sucios dedos dentro del impecable bolso de la víctima, extrajo sin piedad la billetera de la pobre mujer indefensa, quitándole los pocos pesos que tenía sin que ésta lo advirtiera, y que seguramente necesitaba para comprar un poco de comida para sus hijos, ante la indiferencia del resto del pasaje que no advirtió o simuló no advertir la dramática situación que el marginal por su odio a la sociedad había creado”. O si se tratara de un intento de abuso sexual: “Un pervertido abusador intentó manosear descaradamente a una nena de veinticinco añitos en el interior de un transporte público, escandalizando a los pobres pasajeros que, paralizados por la vergüenza y el pudor no atinaron siquiera a mover un dedo en defensa de la pobre criatura, quien, en un arranque de coraje infantil, quitándose un zapato pudo introducir el tacón de aguja en uno de los ojos del monstruo produciéndole una hemorragia que motivó que bajara en la siguiente parada de producido el hecho. Trataremos de obtener más detalles del brutal atentado…”

          Esa vez se le había encomendado cubrir la visita del Papa a nuestro país. Era la primera vez que había que recibir a un funcionario de tal categoría, con el agravante de que el Papa era argentino, y como era sabido se había creado una cierta inconformidad general con la iglesia católica porque habían pasado varios años desde que había sido consagrado y había demorado su visita al país, dando preferencia a otras geografías, cosa que tenía a la grey argentina bastante molesta. El gobierno de turno, recientemente asumido, quería demostrar buena voluntad tanto para con el alto jerarca de la iglesia como para con el pueblo que acababa de elegirlo, así que le fue encomendada a Carlos Largavista la difícil función de Jefe de Ceremonial y Protocolo, esto sin dejar de lado su función de periodista. Olvidábamos decir que Carlos era bastante adicto a los juegos de azar, y nunca dejaba de hacer sus apuestas a la quiniela. Por supuesto que había jugado esa vez a la matutina, todo a la cabeza, mil pesos al ochenta y ocho, que es el Papa en este juego.

          Finalmente llegó el gran día. En el aeropuerto internacional de Ezeiza se había dispuesto  una gran alfombra roja extendida desde el lugar donde el Papa bajara del avión hasta un palco que se había armado con una suntuosidad rayana en el lujo más disparatado. En él se ubicaron las más altas autoridades del gobierno y de la Iglesia católica, jefes militares y embajadores de distintos países y miembros de iglesias cristianas de todos los cultos, así como musulmanes, judíos, sintoístas, budistas y de todas las religiones que se pudiera imaginar.  Incluso importantes representantes de las masonerías de todos los ritos. Todas las radios de AM y FM estaban comunicadas en cadena junto con la televisión. Junto al palco oficial, otro palco, más discretamente decorado contenía al periodismo radial, escrito, y televisivo, los representantes de diarios, revistas y canales de televisión prácticamente de todo el mundo, y por supuesto, del Vaticano. También habían sido invitados miembros de las colectividades indígenas, o pueblos originarios, como se había dado en llamarlos últimamente.

          Carlos, con un micrófono inalámbrico y una “cucaracha”, como en la jerga televisiva se denomina a esos audífonos por los que la producción les da indicaciones o comunica novedades a los conductores, estaba en la punta misma de la alfombra, que en ese momento estaba bordeada desde el comienzo hasta el palco, donde el pontífice diría unas palabras de saludo, y el recién asumido presidente de la nación contestaría con su bienvenida, por soldados de los regimientos de granaderos a caballo (sin los caballos), los blandengues con sus galeras emplumadas, y los vencedores de Tupiza, con sus uniformes menos rutilantes pero también pintorescos. A lo lejos, desde un lugar elevado como la torre de control, de reciente construcción, podía divisarse gran cantidad de gente de pueblo, mezclada con dos o tres batallones de tropa de ejército y gendarmería que se encontraban preparados a la espera de órdenes para el caso en  que fuera necesario actuar de emergencia. Carlos se sentía feliz, si bien algo nervioso. Como está dicho, le había jugado al Papa, en la matutina, es decir, había jugado al 88, y como este acto era tan importante para él, que especulaba con un puesto en el ministerio de Comunicaciones, había jugado “fuerte”.

           El avión aterrizó, con la elegancia de una garza en vuelo. A su bordo iba no sólo el Papa, sino el embajador argentino que había ido al Vaticano a acompañar al Papa en su visita pastoral.  Pusieron la escalerilla justo al pie de la alfombra. Carlos iba describiendo para la televisión lo que ya se veía, quizás porque como todo estaba en cadena ayudaría a los que escuchaban por radio. El Presidente, el ministro de relaciones exteriores y la primera dama avanzaban por el rojo camino hacia el avión; casi en el momento en que el Sumo Pontífice ponía su pie derecho sobre la alfombra, sonó la “cucaracha” en su oído izquierdo: Era Cacho su productor, que le decía entusiasmado “Carlos, salió el ochenta y ocho en la matutina, ¡lo agarraste con todo!” Un instante se hizo todo blanco en la mente de Carlos; y al ver que el sucesor de San Pedro ya estaba a su lado, lleno de emoción alcanzó a gritar a todo pulmón “¡PISA SUELO ARGENTINO SU SANTIDAD EL OCHENTA Y OCHOOO!!!

PALERMO, 10 de diciembre de 2019