P O L I Y E X PLUS (Cuento quinielero)

 

Heriberto no podía dormir. Tenía problemas de salud, y problemas económicos. En fin, era un hombre muy de nuestro siglo. En sus noches de insomnio, cada vez más largas, cada vez más tristes, era visitado por los fantasmas de sus preocupaciones, sobre todo de carácter económico, que le hacían ver que con lo que ganaba no iba a llegar a fin de mes, que no podía volver a pedir otro aumento a sus jefes, sobre todo que ya las dos últimas veces se lo habían denegado, haciéndole ver claramente que su trabajo no les producía la rentabilidad que ellos esperaban, y que si permanecía en la empresa era porque ellos eran muy generosos con los necesitados, pero que no sabían cuánto tiempo más iban a permanecer manteniendo la sucursal de Villa Lugano, prácticamente sin movimiento, en la que se desempeñaba como (único) personal de seguridad. Que si verdaderamente les interesara esa boca de venta habrían contratado a alguna empresa como Juncadella o Prosegur.
Para conciliar el sueño había probado toda clase de pastillas, de tés de tilo, manzanilla, passiflora, etc. Había probado medicinas orientales, fumado hierbas exóticas, se había emborrachado con las bebidas alcohólicas más extrañas, había intentado comer en abundancia (una sola vez, porque con lo que ganaba, dos no podría) pero lo único que había logrado era conseguir una importante indigestión, ya que su cuerpo no estaba acostumbrado a tanto alimento, y la enterocolitis consecuente.
Heriberto tenía una novia, Andrea, que era una chica muy práctica. Para todo lo que Heriberto suponía un problema, ella le daba una solución. Para todo, menos para qué hacer para mejorar sus ingresos, y poder comer todos los días. Cuando sabía que éste estaba de ayuno forzoso, le alcanzaba un paquete de galletitas, o a veces una empanada; una vez le llevó un choripán. Por supuesto que Heriberto aceptaba estos regalitos con alegría, y se los engullía de buena gana. Pero una vez que Andrea se iba – ella lo acompañaba mientras él almorzaba su mate cocido con lo que ella le llevara- nuestro héroe se deprimía más y más, pensando siempre en que si no fuera por su amada noviecita, ese día su dieta iba a consistir en yerba, azúcar y agua caliente.
Pero una tarde, al terminar su turno – trabajaba de 6 a 18, cerraba y se iba, ya que los propietarios de la empresa consideraban que no era necesario un sereno nocturno – vino Andrea a buscarlo, y lo invitó a tomar un café con leche en un barcito cercano, y mientras masticaban con gran entusiasmo unas medialunas de grasa, le dijo: “Heri, ya sé cómo vas a poder curar tu insomnio. Mi tío Saúl ha llegado de Estados Unidos, y le ha traído a mi papá unas pastillas maravillosas contra el insomnio. Con decirte que mi padre medio en broma se tomó ayer domingo una después del almuerzo, y durmió de un tirón una siesta de ocho horas. Y aunque no lo creas, se despertó, cenó, volvió a acostarse y siguió durmiendo hasta el otro día a las seis de la mañana, hora en que se levantó, se bañó, se vistió y se fue a trabajar. El desayuno lo toma en el trabajo, con los compañeros. Vos sabés que trabaja en un restaurant, y allí no hacen más que comer y beber gratis”.
“¿Y qué pastillas son ésas?” preguntó Heriberto desconfiado. Ya no tenía fe en medicamento alguno contra su insomnio. “Poliyex Plus se llaman. No sé que contienen. Voy a ver si le robo algunas a Papá, y te las traigo para que las pruebes. Son importadas. Aquí no se pueden comprar”.
Así fue que a la tarde siguiente Andrea le trajo a Heriberto cinco pastillas verde jade, ovaladas, brillantes, más bien grandecitas, y le dijo que había que tomar una sola antes de meterse en la cama, y le garantizaba “sueño absoluto”, (por lo menos decía algo así en inglés, en la etiqueta del frasco que las contenía). Esa noche él tomó una, con un gran vaso de agua, que es lo único que podía echar en el estómago, ya que no tenía ni un mendrugo en la modesta habitación que alquilaba. Esa noche durmió. Mucho. Y soñó.
Soñó que estaba borracho. Que caminaba tambaleándose por una calle de casas todas iguales, que en la puerta tenían el mismo número14. “¡Catorce, el borracho! ¡Ese soy yo!” se dijo en el sueño. “Tengo que jugarle al catorce. Tengo que jugarle al catorce. Tengo que jugarle al catorce…”. Despertó descansado. Había dormido bien toda la noche. Ocho horas enteras. Desde las 20 a las 4. (Recordemos que entraba a las seis a trabajar). Ese día estuvo esperando con impaciencia a que terminara su turno, sólo tomó una taza de mate cocido al mediodía, a la manera de almuerzo, y en cuanto cerró la cortina de la empresa – a la sazón, aparte de Heriberto allí no trabajaba nadie – se dirigió apresuradamente a la agencia de quinielas más cercana, y tímidamente jugó diez pesos a la cabeza al catorce, a la Lotería de la Ciudad. Salió el catorce. Ganó. Ganó setecientos pesos. No lo podía creer. Al día siguiente comió un sándwich de milanesa que la noche anterior había comprado. Todo el día pensó en el catorce, en Andrea, en el Poliyex Plus, esa noche dudó en tomarse otra pastilla, para economizar, pero finalmente la tomó.
Se durmió enseguida. Y enseguida comenzó a soñar. Soñó que lloraba; que lloraba tanto que su llanto se convertía en lluvia, y ésta hacía crecer tanto a un arroyo que provocaba una inundación; que los pescados saltaban fuera del agua, que una lavandera aprovechaba la inundación para lavar la ropa, que una rata flotaba muerta, ahogada, con la cabeza debajo del agua, que él mismo estaba empapado, desde las piernas, hasta la cabeza… Despertó: Las imágenes de su sueño estaban fijas en su mente. “¡Oh!” pensó “¡Cuántos números!” El llanto, 64; la lluvia, 39; el arroyo, 09; la inundación, 62; pescados, 19; la lavandera, 98; una rata, 89; muerta, 47; ahogada, 58; la cabeza, 34; el agua, 01; las piernas, 77… ¡Había soñado con doce números muy claritos! ¡Doce números! Como el doce es el soldado, iba a ir como un soldado a jugarlos (y de paso, jugarle al doce también)…
No hace falta decirlo, pero se jugó entero. Se “escapó” a la hora del almuerzo a la agencia de Quiniela que quedaba a la vuelta y jugó todo lo que tenía encima, que era – además, el resto de su sueldo. Dos mil seiscientos pesos. A todos los números que había soñado. Hasta se hizo el loco y jugó algunos en redoblona a los cinco, y a los diez. A la hora de cerrar, luego de haber marcado el reloj y cerrado el candado, se fue corriendo a la agencia a ver el resultado de su apuesta.
Todos los números habían salido. A la cabeza, a los cinco, a los diez, como fuera, pero salieron. Heriberto no entendía a cuánto ascendía el monto de lo que había cobrado. La llamó a Andrea para que lo acompañara hasta su cuartucho. No se atrevía a contar el dinero. Esa tarde no probó bocado, no porque no tuviera qué comer ni con qué comprarlo, sino por su estado emocional. Aún quedaban tres pastillas…
Y Heriberto siguió tomándolas, una por noche, y siguió soñando… soñando… y jugando… jugando…
¿Quieren saber cómo terminó la historia? Heriberto ganó un montón de plata, se hizo rico, renunció al empleo en la empresa en que trabajaba, se casó con Andrea, y pusieron una agencia de quiniela. ¿Saben cómo la llamaron? Sí… ¡Poliyex Plus!

NOTA: Como Poliyex Plus era una marca norteamericana, aquí no estaba registrada, y ellos lo hicieron. Años después, cuando un famoso laboratorio internacional quiso patentar en Argentina un medicamento con ese nombre, ellos le hicieron juicio y se lo ganaron.