NOCHE SIN LUNA NI ESTRELLAS

       ¡AAaahhh!, ¡Aaahh! ¡Cuánto tiempo sin abrir los ojos! En medio de todo, mi forma de vivir es muy gratificante. Sólo despierto para alimentarme. Y mientras estoy despierto, trato de divertirme lo más posible. ¡Esto es vida, y no la de los estúpidos mortales! Abro la tapa, huelo todo a mi alrededor, toco – mi tacto es muy sensible tanto a la temperatura como a la suavidad o aspereza, mis dedos son maravillosos, mis uñas largas (trato de mantenerlas limpias, igual que a mis dientes, total son mis herramientas de trabajo) y afiladas.

       El olor es el mismo de siempre. Quizás un poco de olor a suciedad, pero por aquí siempre hay olor a suciedad y putrefacción, después de todo, es lo normal. La oscuridad es total, otra señal de que no ha habido cambios desde que me dormí. Salgo afuera del ataúd.

       Me arrastro hasta una abertura que hay a ras del piso, por la que me llega un poco de aire fresco de la noche que si bien es joven aún, esta fría y oscura, sin luna y algo nublada, por eso tampoco se ven las estrellas; sólo llega un leve aroma a bosque y se ven allí abajo las luces de los pueblos cercanos. Desde dentro, esta pequeña ventana está a ras del piso, pero del lado de afuera está a muchos metros de altura. Es el sótano del Castillo sí, pero el Castillo está a varios cientos de metros enclavado en el peñasco altísimo. Así es Transilvania, mi país. Aquí donde estoy no llegan ni las águilas.

       Traspongo el agujero y salgo, reptando verticalmente cabeza abajo por la anfractuosa pared de piedra, para que no se pueda distinguir la ubicación de la puerta de mi refugio, pero a poco abro mis alas – ya se ha transformado mi vieja capa- y me largo planeando, cruzando sobre el bosque de hayas que me da su fervoroso saludo de humedad, lo que me llena de recuerdos de tantas aventuras nocturnas, incluso de aquellos tiempos en que yo era uno de esos pobres mortales, si bien tenia poder, un poder inmenso. Yo era Vlad Tepes Drakul, el Empalador. Pero, honestamente, comparando con el poder que tengo ahora, con la libertad de que dispongo, ser el poderoso señor que era entonces era sólo mensurable desde el punto de vista de los mortales. Yo sigo siendo superpoderoso, dueño y señor de la vida y de la muerte… pero además ahora soy inmortal. Mientras nadie encuentre mi tumba, podré disfrutar de paz y libertad por los siglos de los siglos.

       Veo las luces de una población pequeña. Voy a bajar, y a dar unas vueltas por el pueblo para ver cómo está todo. Trataré de pasar lo más inadvertido posible,  para ver cómo viven luego de tantos años que los he tenido abandonados. He sido un pastor poco cuidadoso de mi rebaño. Desde 1872 que no venía por esta población, Krisztoara. Incluso he visto que tienen luz eléctrica, y antenas de radio y televisión. Pero no me preocupa nada de esto en absoluto, ya que afortunadamente la gente sigue siendo muy supersticiosa, y temerosa de los visitantes desconocidos, especialmente nocturnos.

       Poca gente en las calles, muchas casas con las ventanas iluminadas, he espiado adentro, las familias ven series de televisión, toman té o licor en sus casas. Se oye algo de música. Evidentemente debe ser por la época invernal, y el frío anticipa las próximas nevadas, pocos son los peatones solitarios que se ven. Así y todo hay negocios aún abiertos, y en uno he visto las vidrieras llenas de boletas de apuestas. Hay un cartel que dice: “Quinielas” Hoy en la Ciudad salió “La Sangre”

       Ante semejante cartel, mi estómago se retorció de hambre, mis colmillos gotearon saliva y mis ojos relampaguearon buscando dónde sería la Ciudad, pero no ví a nadie, ni dentro ni fuera del local. Sólo ví acercarse un automóvil con el emblema de la policía. Tomé por la calle más próxima y que casualmente resultó ser la más oscura. Una mujer solitaria, probablemente una prostituta, era la única figura humana a la vista. Verme y acercarse de manera insinuante, fue todo uno.

       No, no murió. Quedó desmayada, si, pero no murió. Además tenía la sangre muy amarga.

       La noche era negra, oscura. No había luna, y sí, estaba bastante nublado. Por eso es que no se veían las estrellas.

Palermo, 5 de noviembre de 2019