NO ES MI ÁREA

       César desde chico fue tendiente a rehuir toda responsabilidad. “Yo no fui” fue siempre su frase favorita, tanto en su hogar como en la escuela. Además, cuando sabía una lección, cosa que no era muy frecuente, nunca levantaba la mano, sino que esperaba que lo llamaran. Era muy difícil que se lo pudiera culpar de algo, fundamentalmente porque siempre trataba de pasar desapercibido. Cuando adolescente, evitaba las discusiones tan comunes entre los chicos de su edad; prefería no opinar, cuando le preguntaban sobre algún tema específico. “No es mi área”, contestaba. No practicaba ningún deporte, ni juego de salón, ni aún de cartas; no quería hacerse cargo ni de ganar, ni de perder; era mal perdedor, y prefería desaparecer antes de contestar una crítica, pero aún era peor ganador, ya que esto significaba asumir la responsabilidad de haber ganado, y no habría resistido dar una explicación sobre la razón de su triunfo, ni hacerse cargo del beneficio que su victoria hubiera producido a sí mismo o a los demás. Socialmente era más bien huraño, aunque su conversación era agradable siempre que el tema lo hubiera sacado el otro, y no se tratara de juzgar la conducta de nadie. Nunca se le escuchó una crítica, pero tampoco un elogio. Tuvo algunas relaciones románticas con unas pocas chicas de su edad, pero nunca llegó a concretar nada, porque siempre esperaba que la iniciativa la tomara el interlocutor, o la interlocutora, en estos casos.

       Un día sus padres le hicieron ver que debía ponerse a trabajar, ya que ellos no podían seguir manteniéndolo, y que por su edad – 38 –  ya debía hacerse cargo de sí mismo. Tras muchos intentos de parte  de sus amigos, que amigos tenía, ya que era una persona inteligente, y de agradable trato, sólo que nadie jamás habría podido decir “al respecto, Cesar opina…” porque lo que nunca hizo fue dar una opinión sobre nada, finalmente pudo conseguir un puesto de ínfima importancia en un ministerio, donde en  absoluto se precisaba nada que se pareciera a la creatividad. Así sobrevivió largos años, y como sucede en la mayoría de las instituciones, en algún momento se le presentaron oportunidades de ascender, o por lo menos de mejorar su condición de anodino administrativo, pero él, con toda cortesía y firmeza a la vez las rechazó con argumentos de poco peso, “no es mi área” contestaba,  pero argumentos al fin, y como había cada vez más postulantes con igual o menor capacidad para ocupar ese puesto, fácil fue para sus superiores asignar la jerarquía a otro, de modo que la única posibilidad que tuvo de ir aumentando sus ingresos fue por antigüedad, hasta que llegó al máximo de su ínfima categoría, el grado de “sub-encargado”. La alternativa era la jubilación o el despido. Así pasaron cuarenta años de su vida oficinesca, hasta que se le presentó una oportunidad a la que no fue capaz de desoír. La política.

       Empezó a cargo de un comité, en un barrio pobre de la capital. Promocionaban a un concejal que como antecedente tenía ser barrabrava de un cuadro de fútbol de primera B. Al comité solía venir a tomar mate el comisario de la seccional policial, y se quedaba charlando con César y “los muchachos”, que lo acompañaban, jóvenes del barrio, que disponían de mucho más tiempo libre que el mismo César, porque éste aún no había dejado su puesto en el ministerio.

       Todas las mañanas pasaba por el comité Minguito, el levantador de quinielas de la zona, totalmente ilegal, y la mayoría de “los muchachos” le jugaban algunos pesitos a uno u otro número, con resultados dispares, como es de imaginar. Cuando estaba el comisario presente, el levantador siempre le entregaba sumas algo abultadas, y decía que era que le estaba pagando premios por los números que había jugado. Como siempre que estaba el comisario César estaba allí, pues era quien le estaba cebando el mate, un día se animó y le dijo “Comisario, ¿cómo hace para ganar siempre?” El comisario largó una risotada, y le respondió. “Muy sencillo. Le juego al que sale. Vos le decís a Minguito. ‘Me dijo el comisario que le juegue diez, quince, o veinte pesos al que sale’ y vas a ver como ganás. Pero no se lo digas a nadie”. Muerto de risa, el comisario se tomó el último mate, y se fue. César quedó bastante impresionado. Rato más tarde cayó el levantador. César se jugó. Cuando se le acercó, sacó veinte pesos, que era casi todo lo que tenía encima, y se los alargó al levantador “dijo el comisario que le juegue a la cabeza al que sale” le dijo. Minguito puso una cara horrible, y con un gesto entre resignación y asco aceptó la plata y se fue. 

       Pasó el tiempo. Cambió el gobierno y cambiaron los políticos. También lo cambiaron al comisario, acusándolo con un montón de cargos. El levantador de quinielas desapareció. César volvió al ministerio. Ese año se jubiló. Cuando alguien le preguntaba qué había sido de la gente de su comité, o del comisario, “No es mi área”, contestaba.  

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Palermo, 28 de mayo de 2019