L A C A B E Z A

          Ion aún no se había repuesto del susto del naufragio. Las olas lo habían arrojado a esa playa que creyó desierta, rodeada de frondosa vegetación. ¿Sería una isla? Enderezó su cuerpo entumecido, se sentó en la arena, y miró alrededor. Una playa bastante extensa, de arena fina y blanca, tipo caribeña, y grandes árboles de distintas formas y tamaños, que completaban el paisaje, bloqueando al mismo tiempo toda posibilidad de visión. Sólo arena y árboles. Un pájaro grande y solitario salió súbitamente de la verde espesura, emitiendo un grito lúgubre. Nada más. Silencio y sol. A su alrededor había desparramados algunos restos del naufragio, maderas, telas, hierros sin objeto ni destino. Se puso de pie, y comenzó a caminar hacia el bosque cercano, en el que, finalmente, penetró,

A medida que avanzaba comprendió que debía tener mucho cuidado de conservar la orientación, pues la selva era absolutamente tupida e intrincada, y la única referencia que podía tener era mirar hacia atrás cada tanto para ver el pedazo de playa que cada vez se achicaba, al par que disminuía la luz. La selva era impenetrable en cuanto a la luz, y al parecer era impenetrable también para cualquiera que quisiera avanzar a través de ella. A su alrededor percibía mil ruidos, producto de la voz y quizás de la pisada de distintos animales que no podía identificar, ni tampoco distinguir si se trataba de aves o de mamíferos, y tampoco su tamaño, pues eran sonidos que creía no haber oído nunca; comenzó a tener miedo.

Miedo. Sus pies doloridos dentro de sus zapatos empapados le hacían sufrir a cada paso, pero pensó que en este lugar tan agreste no podía andar descalzo, pues las plantas rastreras le lastimarían los pies. Su ropa iba secándose poco a poco, y bendijo al Cielo de que tuviera – si bien rasgados – un pantalón y una camisa. Trató de recordar los últimos momentos del accidente que destrozara al pequeño yate, que alquilara en el club de la isla Guadalupe. Antes que su pensamiento se enfocara en esto, sintió un fuerte golpe en la nuca, y perdió el sentido.

Despertó en un ambiente extrañamente confortable, una especie de cama o algo similar, hecha con hierbas suaves y con un rico aroma como a lavanda. Se encontraba dentro de una habitación de paja y barro, rústicamente decorada, especialmente con cuchillos de distintos tamaños colgados en sus paredes. A su alrededor, dos hombres y dos mujeres de extraño aspecto, y de alguna raza de piel oscura lo miraban sonrientes. Vestían unas túnicas de tela basta, y sus enormes melenas caían como una cascada sucia y revuelta sobre sus hombros musculosos. Entonces se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos. Las mujeres comenzaron a tocarlo. A tocarlo todo, de pies a cabeza. Es decir, hasta el nacimiento del cuello, porque a la cabeza no llegaron sus manoseos. Ni tampoco sus miradas. Ion se dio cuenta de que no querían mirarlo a la cara, ni mucho menos a sus ojos. Una vez que lo tocaron, una especie de masaje todo a lo largo de su cuerpo, pero que en realidad daba la impresión que lo tanteaban, que probaran la dureza de sus músculos, o la blandura de sus partes blandas. Terminada su tarea, las extrañas masajistas intercambiaron unas palabras ininteligibles con los hombres que esperaban su información, y se retiraron. Entonces estos últimos lo tomaron, uno por los pies y otro por las axilas, y alzándolo, lo sacaron de la habitación por una de las puertas y lo llevaron a un amplio patio de tierra prolijamente barrida, en cuyo centro había una especie de enorme fogón, un artefacto de hierro como una gran parrilla y hornalla a su lado; en la hornalla, un caldero de hierro de la altura de una persona, y de un diámetro proporcional, Dios sabe de qué origen, calentaba algún brebaje siniestro. Bajo tanto de la parrilla como del sitio donde el caldero se asentaba, un fuego fuerte y constante, se ve que alimentado permanentemente, mantenía todo el conjunto a buena temperatura. En el mismo patio, dos largas mesas, con bancos alrededor, a corta distancia del fuego aparecían listas para recibir lo que en aquella gigantesca se preparara. Un poco más lejos, en el mismo ámbito, un sillón de madera tallada, como un trono, evidentemente esperaba al jefe de estos extraños personajes. Ion comprendió inmediatamente que estaba por celebrarse un banquete, y que el plato principal, sino el único, iba a ser él mismo.  

Se sentía como dopado, absolutamente sin capacidad de sentir miedo, pero tampoco alegría, ni ninguna otra sensación ni emoción. Estaba siendo una especie de espectador de sí mismo, una especie de zombi, sin voluntad, fuerza ni sensibilidad. Con esa misma tranquilidad consideró que había sido drogado con algo muy especial, algo que lo convertía en un muñeco que oía, olía,  veía, gustaba – sentía ahora un sabor amargo – y había sentido que lo tocaban. Todos sus sentidos activos. Su inteligencia también, pero no su voluntad ni capacidad para mover aunque fuera un dedo.

En el patio también había un gran tajo. Un gran árbol tronchado, pulido y tallado como para decapitar a una persona. Era todo muy manifiesto. Muy pronto le cortarían la cabeza y se lo comerían como en las antiguas novelas de exploradores y caníbales. Con todo este horripilante futuro, Ion consideró los acontecimientos sin preocuparse, sin alegría, sin vida. Pensó: ¿Estaría muerto ya? Evidentemente no, porque sintió que otros dos hombres lo tomaban nuevamente de los pies y las axilas, y lo cargaban fácilmente, depositándolo de rodillas junto al tajo, y su cabeza calzada sobre éste, de una manera que para nada le pareció a Ion incómoda o antinatural. De golpe vio todo negro.

La Nada.

No supo nunca Ion cuánto tiempo había pasado sin sentido, sin vista ni oído, o ninguna otra de sus capacidades de percepción del entorno. De pronto se encontró quizás de pie, en situación vertical, aunque le pareció estar en una posición un poco más alta de su propia estatura. Todos sus sentidos estaban alerta, incluso comprendió que también el tacto, porque sintió que un moscardón que rodeara dos veces su cabeza se posó durante un momento sobre su frente, reanudando poco después su ruidoso y pesado vuelo.

Su frente. Su cabeza.

Comprendió – sin horror, ni ninguna otra emoción – que “él” no era él, sino solamente su cabeza. No podía mirar para abajo, pues sus mejillas le impedían, pero comprendió que estaba su cabeza clavada en algo como una pica, instalada en la explanada, cerca del trono donde tomaría asiento el jefe de esa horda caníbal. Sin horror, ni ninguna otra emoción pudo observar como un grupo de “cocineros” descuartizaban y “faenaban” su cuerpo, en dos mesas próximas al gran caldero, y lo echaban a hervir en él, dejando los brazos y las piernas sobre la parrilla como para que se asaran.

Hizo su entrada en escena el jefe de la tribu, un hombre entrado en años, de larguísimas y enredadas barba y melena. A una señal suya, alrededor de cuarenta caníbales de ambos sexos y algunos niños, unos diez o doce , tomaron asiento en las mesas flanqueadas con largos bancos. Ion comprendió que pronto comerían su cuerpo. Y se le ocurrió pensar en que realmente él en ese momento era solamente una cabeza que pensaba. Lo primero que pensó es que seguramente el “alma” debería estar en la cabeza, porque no se sentía diferente de cuando tenía cuerpo. Pensó en la importancia del cerebro, en la maravilla anatómica que era, en la capacidad de creatividad de este órgano, en el cerebro de los grandes científicos, de los filósofos…

La cabeza… Siempre lo que estaba primero en todo. Estar “a la cabeza de…” encabezar, lo más importante era, sí, la cabeza… ¡La Cabeza, el 34! Si, si jugabas a la quiniela, si jugabas al 34, a la cabeza, ibas a cobrar setenta veces lo que apostaras…

Despertó súbitamente en el camarote del yate alquilado. Cuando tuvo real conciencia de que había estado soñando, que había sido todo una inoportuna pesadilla, inoportuna como todas las pesadillas… Inmediatamente ordenó girar en redondo al capitán del yate alquilado, y ponerle rumbo al puerto de donde había partido. En cuanto tocó tierra firme, corrió a una agencia de quiniela donde jugó una fuerte suma al 34. Dicen que ganó, que ganó mucho… Por supuesto, setenta veces lo que había apostado…       

Palermo, 3 de abril de 2020