MICRO NOCTURNO

El hombre, sacerdote católico, subió al ómnibus y cayó desplomado en el último asiento. El sueño y el cansancio lo dominaron, e inmediatamente se quedó dormido. La visita del Papa a Córdoba, con todo su ceremonial y protocolo, y sobre todo que a Francisco en el último momento se le había ocurrido visitar Bell Ville, había sido demoledor y complicadísimo. Para colmo de males él no tenía las ventajas de otros curas de usar medios de transporte de la Iglesia. Él era un cura común al que se le habían encomendado varias tareas de urgencia, para las que no tenía nada preparado, ni siquiera el pasaje de regreso.

Despertó en medio de la noche. Sabía que el viaje iba a ser largo e incómodo, pero era la única forma de volver a tiempo a Buenos Aires. El sonido del motor del micro, un ronroneo monótono y parejo, y la lisura de un pavimento casi sin baches hicieron que volviera a dormirse de inmediato.

Despertó una vez más. No sabía cuánto había dormido. El ómnibus estaba a oscuras, y por lo que podía entreverse, los asientos estaban ocupados. Miró hacia afuera. La noche sin luna, envolvía todo en una tonalidad gris, como si el paisaje fuera un negativo fotográfico. Evidentemente estaban en el campo. Grandes árboles, a los costados de la ruta, manchaban de negro un cielo de pizarra. De pronto, el coche paró suavemente, sin la menor vibración ni ruido. Afuera, unas sombras más densas, evidentemente siluetas humanas, subieron al colectivo. Éste arrancó suavemente, otra vez sin los habituales sacudones de este tipo de vehículos. Medio como en sueños vio que las figuras subían al micro, pero no los vio tomar asiento. Volvió a dormirse. Sin despertarse del todo registró una nueva parada; esta vez debía tratarse de un niño, pues era una figura de no más de un metro de estatura. Siguió durmiendo.

Otra parada. Un anciano ahora. En medio de su duermevela, se asombró de que los pasajeros subían silenciosamente, sin haber hecho seña alguna tampoco, “serán paradas habituales”, pensó o soñó. Su sueño era pesado ahora, como si hubiera tomado algún somnífero. El micro continuó su viaje y el hombre su sueño.

Despertó con una luz gris fuerte, que entraba por la ventana y le quemaba los ojos. Le llamó fuertemente la atención, porque el interior del colectivo estaba a media luz. El silencio era absoluto. Siniestro. Aterrador. No se oía ruido de motor, ni se percibía vibración alguna en el vehículo. Pese a la luz que lo encandilaba, intentó mirar afuera: a través del sucio vidrio de la ventanilla era casi imposible distinguir el paisaje exterior. El micro estaba detenido. Miró entonces a su alrededor. En el asiento vecino, un montoncito de ropas infantiles parecía recién abandonado, aunque… de esas ropitas infantiles parecían surgir ¡pequeños huesos!… Indudablemente estaría soñando… Siguió mirando. Los asientos seguían ocupados, pero por seres inmóviles, duros y erguidos como estacas; parecían cadáveres momificados. Sintió que por todo su cuerpo corrían infinitas serpientes de hielo. Pasando por sobre la mezcla de ropas y huesos de niño avanzó por el pasillo hacia la puerta de salida, viendo con horror que todos los asientos parecían estar ocupados por gente muerta. No había olor, ni tampoco insectos que hubieran sido atraídos por una putrefacción que parecía no haber existido nunca. Con el corazón en la boca se acercó al sitio del conductor. Allí un cadáver seco, duro como una horrible talla de madera se aferraba al volante con manos como garras, por las que asomaban algunos huesos amarillos como marfil viejo. La puerta estaba abierta, y por ella se largó al camino, iluminado por la luz gris.

El chofer y su acompañante tuvieron que declarar ante la policía y las autoridades de la empresa sobre el pasajero que a las seis de la mañana del dos de noviembre había avanzado hacia la salida, y tirando de la palanca de emergencia había abierto la puerta del vehículo, y se había arrojado al camino cerca de la localidad de Rufino, provincia de Santa Fe, muriendo en el acto.

Se dice que el chofer, luego de efectuar su declaración, tomó su valijín, y corrió a la agencia de quinielas más cercana, y jugó todo lo que tenía encima al 47 y al 40, a todas las jugadas que hubiera ese día en el país.

Nota: En la Quiniela, el 47 es el muerto, y el 40 el cura.

Otra: La localidad de Bell Ville, Córdoba, antes de que Sarmiento le cambiara el nombre, se denominaba “Fraile Muerto”. Palermo, 3 de enero de 2020