MI PRIMER PROCEDIMIENTO

       La primera emoción fue cuando me entregaron el sable. Que el Jefe de la Bonaerense me estrechara la mano con fuerza y me deseara suerte fue para mí sentirme casi un ser superior. Recuerdo que – ya en casa con mis padres – lloré un buen rato. Me asignaron al destacamento 347de La Matanza, a cargo del subcomisario Cantagallo. Tenía mi escritorio y todo… y tres agentes bajo “mi” mando. Y muchas veces, cuando me sentaba ante mi mesa de trabajo, repetía bajito “¡Subayudante Criscuolo!”… y respiraba hondo.

       El subcomisario venía poco por el destacamento. Tenía –al parecer- otras tareas que cumplir, y generalmente era yo el que quedaba a cargo, porque la mayoría de las veces el oficial ayudante Zanabria lo acompañaba cuando había algún procedimiento. Yo admiraba a Zanabria porque pensaba que con tanto procedimiento en su haber iría adquiriendo una experiencia que lo haría un buen policía, y finalmente un hombre de bien. Los tres agentes lo respetaban tanto como al subcomisario, y piensos que hasta le tenían un poco de miedo. Zanabria tendría unos dos años más que yo, y era una persona muy seria y reservada. Los tres agentes, cuando él estaba a cargo se quedaban quietos y callados. Una vez que Moreira, uno de ellos, demoró en traerle un café que le había pedido, le dio una buena felpeada, y lo suspendió por un día.  Conmigo tenía un trato correcto que no llegaba a ser cordial.

       Mi trabajo consistía en tomar nota de las novedades que se produjeran, alguna multa, algún levantador de quiniela ilegal, alguna licencia de conductor vencida, un exceso de velocidad, un neumático demasiado gastado, etc., e informar a la comisaría 96, de la cual dependía el destacamento. Eso, si no estaban ni el Subcomisario ni Zanabria. De otro modo, que era lo más corriente, me limitaba a presentarle mis informes al Oficial Ayudante. Los días en el destacamento trascurrían bastante monótonos y hasta diría que aburridos. Nuestros turnos eran 24 por 48, o sea que trabajábamos un día entero de 0 a 24, y luego teníamos dos días feriados. 

      Así las cosas, hasta que un día Zanabria se enfermó. La ausencia de Zanabria le molestó mucho al subcomisario. Le habían enviado un reemplazan te, el Principal Urruti, quien evidentemente no se entendía con Cantagallo, pues si bien era correcto y respetuoso en su trato, su superior lo trataba secamente, y era hasta algo grosero con él.

       Hasta que llegó el día de mi segunda gran emoción en mi carrera: Iba a tener mi primer procedimiento.

       Recuerdo que era un viernes por la tarde. El subcomisario Cantagallo había llegado a eso de las 14 y no había parado de hablar por teléfono desde su despacho. A eso de las 17, 17 y 15 para ser más preciso, me llamó a su escritorio y me dijo: “El domingo a la noche va a haber un procedimiento, y te necesito. Como tenés franco este fin de semana te lo compenso con el lunes y el martes”.

        Yo no cabía en mí de gozo, la emoción me hacía temblar todo el cuerpo. Urruti quedaría a cargo el fin de semana. Cantagallo y yo, el subayudante Criscuolo, llevaríamos a cabo el que sería mi primer procedimiento.

       A las 23,30 oí ruido de un auto que se detenía en frente de mi casa. Yo estaba vestido con mi uniforme de fajina (hubiera querido ponerme el de gala, para esa oportunidad, pero órdenes son órdenes). Subí al auto junto al subcomisario con el corazón golpeándome el pecho como un tambor. Cantagallo tambén tenía puesto el uniforme. (A veces los procedimientos se hacían de civil, me había dicho mi jefe). Partimos por el acceso oeste hasta donde nos esperaban dos patrulleros y un furgón de traslado de detenidos. Vi que quienes los conducían no eran nuestros tres agentes, Moreira, D’Urso y Lencinas. Eran otros hombres, para mí desconocidos. “¿Es algo importante?” me atrevía a preguntar. “Piratas del asfalto, pibe. Ya vas a ver mucho más de esto. Pero te recomiendo no preguntar nunca. Nunca vas a saber con quién ni en qué condiciones te encontrarás” fue la contestación.

       En silencio, formamos una pequeña caravana, el coche del subcomisario, los dos patrulleros  y el furgón de traslado de detenidos, y tomamos por un camino secundario, rumbo a un sector de chalets y barrios cerrados, siempre dentro del partido. Las luces de los vehículos eran bajas, nada de “licuadoras” como les decimos a las luces intermitentes del techo de los vehículos, ni nada que nos identificara como policías a punto de efectuar una detención. Llegamos a la entrada de un Country llamado “La Armonía”. El subcomisario hizo señas con las luces. Los guardias de la puerta nos dejaron pasar sin decir palabra. Doblamos (el subcomisario dobló) a la izquierda. Yo admiré la serenidad, y la coordinación del procedimiento, porque Cantagallo parecía que conocía de memoria el camino. Finalmente llegamos a una casa grande, de dos plantas, con tres o cuatro automóviles estacionados afuera. Todas las luces estaban apagadas. 

       De pronto, al llegar nosotros, se encendió una luz de poca potencia en la puerta del garage, que curiosamente estaba despejada, se abrió la puerta, y pude ver que un hombre esperaba allí tranquilamente. El subcomisario bajó del auto con un portafolio que yo no había visto nunca. Era un attaché bastante grande, como esos que en las películas usan para llevar muchos dólares para pagar rescates, o hacer operaciones ilegales de compraventa. Se acercó al hombre que esperaba en la puerta, le entregó el portafolios, y le estrechó la mano como saludo. Inmediatamente el otro abrió la puerta del garage totalmente, y por ella entró – marcha atrás – el furgón de traslado de detenidos. Permaneció unos veinte minutos en el interior. Las luces del country iluminaban el celeste y el azul oscuro de nuestras unidades de patrulla, mientras yo permanecía sentado en el auto del jefe, observando todo lo que ocurría, sin entender nada en absoluto. Pasado este lapso, vi a Cantagallo salir del garage, tranquilo y hasta con aspecto de satisfacción, y subir al auto, frente al volante y junto a mí. El que parecía ser el jefe de los que conducían los tres vehículos se acercó a la ventanilla, y escuchó las indicaciones. “Dejan la merca ya saben donde, y luego los coches y el furgón en la estación de servicio de siempre”. Puso primera, y partimos de vuelta. Salimos del country sin inconvenientes, como habíamos entrado. Durante el camino a mi casa, le escuché decir: “Pibe, tuviste tu primer procedimiento. Evidentemente, los delincuentes habían sido avisados por algún mal policía; se dieron a la fuga antes de que llegáramos. Esto ha sido todo. Te espero el miércoles. Cuidado con decir a nadie lo que has visto. Dejar escapar algo en una conversación puede ser muy peligroso. Hasta te puede costar la vida, pibe. Te puede costar la vida”.

Palermo, 11 de junio de 2019