MAQUINITA

Aquí estoy, sentado ante esta “maquinita”; este artefacto infernal de metal, vidrio y perversidad, en este casino frío y lleno de gente, Gente sin ojos, sin oídos; sólo con manos temblorosas que introducen las monedas en las ranuras y accionan las palancas. Tengo mi último balde de monedas de veinticinco centavos; no son tantas como parecen, pero es mi última oportunidad. Es lo que resta de mi indemnización. Ayer me despidieron, y mi mujer me dejó. He pasado toda la noche emborrachándome, y finalmente he venido al casino, para olvidarme de todo, para ver si puedo cambiar mi vida miserable de un solo golpe, y si no es eso posible, bueno, tal vez morir. Debí haber elegido otro juego, tal vez la quiniela, pero el destino ha querido que venga aquí, a presenciar la agonía de mi desesperación.

La máquina me mira con sus tres ojos cuadrados, en los que brillan figuras para mí sin sentido. ¿Qué tengo que ver yo con esas frutas desconocidas, o con esos “BAR BAR BAR? Yo sólo quiero oír el ruidito metálico de las monedas cayendo en la canaleta, y encandilarme con su brillo; una, dos diez, mil… Soy rico. Veremos.

Con mi mano derecha introduzco una moneda; en seguida se enciende una luz en el tablero con un letrero que dice: “Girar rodillos”; hay dos formas de hacer girar los rodillos: A la derecha, tengo una palanca ostentosa, con una bola en la punta, como la que tienen en la palanca de cambios los colectiveros, y conste que no digo los colectivos, porque cuando se bajan del coche, la destornillan y se la llevan; la otra opción es apretar el botón iluminado. Las dos posibilidades tienden a lo mismo, y no sé si la palanca acciona el mecanismo en forma directa o mecánica, y el botón pone en marcha un servomotor. No recuerdo lo que hice, si apreté el botón o tiré de la palanca, porque es como con los inodoros; hagas lo que hagas, se va todo por el agujero. La máquina parece un enorme y horrible teléfono público. Tomo un sorbo grande de whisky antes de poner otra moneda. Pongo. Aprieto. Me duele la cabeza, y mi mujer debe estar ya en casa de su madre, diciendo de todo sobre mi conducta. Se enciende una luz. Dice “Cobrar”. Y junto a ella, un número: el 5. Quiere decir que he ganado cinco monedas.Ya perdí dos… en realidad gano tres. Me apuro a apretar el botón de “cobrar”, porque pienso que en un momento se encenderá otro que dirá “¡Caja de empleados, gracias!” y mis monedas irán a parar al vientre del monstruo que enfrento. En realidad, recién ahora estoy con las maquinitas, porque mi magra indemnización se ha consumido en las mesas de ruleta; ruleta y “black jack”, y en uno cuantos whiskies conque he querido matizar esta noche de juego y de olvido. Estoy solo, pero cuando vuelva a casa, al departamento del que debo tres meses de alquiler, y al que le han cortado la luz, el gas y el teléfono, encenderé la vela, me haré la valija con lo que me queda, y ¡a volar!, a ser libre, a… me tomo otro trago de whisky. Lo tomo de a traguitos porque me queda esta copa, nomás, no tengo plata para comprar otra, es decir, sí, tendría, pero entonces no puedo salvarme del agujero, porque no podría jugar, y tendría que tirarme bajo las ruedas del tren. No. Seguiré jugando. No sé cuántas monedas me quedan, pero creo que gané tres. Setenta y cinco centavos. Llevo… ocho mil quinientos pesos menos setenta y cinco centavos, son… No sé, no puedo pensar. Echo otra moneda. “Girar rodillos” me dice el monstruo. Tiro de la palanca pensando que manejo el mundo. Los rodillos giran. Los indicadores y el golpeteo de las monedas me traen de la somnolencia al mundo de los vivos. “Uno, dos, tres… cincuenta… ¡Sesenta!” ¡Sesenta monedas! No lo puedo creer. Miro hacia abajo, la canaleta está llena de monedas. Es un montón de plata… mi mente naufraga. Miro el vaso de whisky y me lo tomo de un tirón. ¡Voy a tener plata! ¡Gané, gané! ¡Estoy recuperándome! Sesenta monedas de veinticinco centavos son… no sé si es la emoción o el sueño, algo de ¡quince pesos! Bah… Bueno, pero algo es algo. Recuerdo la cara de mi gerente al decirme “No es posible, García. Ya toleramos todo lo tolerable con usted. Está despedido. Pasa por caja esta tarde a las catorce”. El Gerente. “Pddd” hago con la lengua, y la mujer que está jugando a mi izquierda me mira de pronto, desatendiendo a su máquina que ha girado ya para caer en “inserte ficha”. Me inclino, algo avergonzado, y comienzo a juntar las moneditas. El balde está casi por la mitad. De todos modos, con dieciocho o veinte pesos que debo tener aquí no me alcanza para nada. Y hay que comer, hay que vivir. ¡Tengo que seguir jugando! ¡Tengo que ganar!.

¿Qué pasa si meto dos fichas?, es como tener dos oportunidades, soñar dos sueños a la vez. Meter en la ranura las esperanzas y las desilusiones, las alegrías y los fracasos. ¿Alegrías? Más, muchos más fueron los fracasos. Toda esa esperanza de conseguir un buen empleo para mantener a Olga y a los hijos que vinieran, tener una casa y un auto, poder salir de vacaciones, disfrutar, luego de la vida, de una vejez sin preocupaciones… Bueno, eso es lo que pretenden todos, o sea, no pretendo nada raro… Aprieto el botón. El cuadrado inodoro se sacude, emitiendo unos extraños soniditos semejantes a una música infantil con algo de mágico o de maldito, y se enciende, roja como un corazón, la frase imaginable y por qué no imaginada: “Inserte ficha”. Mis esperanzas van en la moneda siguiente, que cae dentro del aparato con un sonido cavernoso, como si fuera la única que hay dentro de la máquina. Mentira. Adentro están mis alegrías, cuando logré entrar a trabajar en Carboflex S.A. pensando que haría carrera, cuando me veía ya como jefe, como gerente, quizás como Presidente del Directorio; cuando el gerente se burló ácidamente de “lo mal que había realizado” la tarea que me había sido encomendada, mis alegrías comenzaron a mermar. Cuando cobré mi primer sueldo, y comprobé que me habían descontado el incentivo por la cantidad de días en que había llegado tarde; y los desafinados gritos de mi querida Olga diciéndome que era un inútil, y que nunca llegaría a nada, si bien yo pretendía asegurarle que si bien yo llegaba tarde al trabajo era a causa de las noches de amor apasionado que ella y yo teníamos en nuestra barata camita de pino; meto la moneda. Bajo la palanca. Se enciende “Cobrar”. Sin fijarme cuánto, aprieto rápido el botón cuadrado y luminoso. Caen tres monedas. Me fijo bien: “3”. No hay nada que hacer. Es decir, ¡debo hacer algo! Cambiarme de máquina… Pero es que siempre pasa: Cuando uno decide cambiarse de máquina porque va perdiendo, el que viene atrás y ocupa la que uno dejó echa una moneda y cobra mil ochocientas… Voy a echar cinco monedas. Si con una son mil ochocientas, dos son tres mil seiscientas (necesito un whisky), cuatro, siete mil doscientas, y cinco, ¡nueve mil!. Si gano nueve mil monedas de veinticinco centavos, ¡ganaré dos mil doscientos cincuenta pesos! Vuelvo a hacer sonar la lengua, y le doy un golpe al mecanismo siniestro. El vecino de la derecha, que ahora es otro, me mira y está por decirme algo. No recuerdo si apreté el botón, o tiré de la palanca. La tres malditas pupilas me miran fascinantes, y… “inserte ficha”, otra vez. ¡No puede ser! Ahí van mis esperanzas de conseguir otro trabajo. Cinco fichas más. Ruidito, giran los pepinos y las “barbarbar”, y nuevamente “inserte ficha” aparece en el ojito colorado. Todos los ojos de la máquina me miran. Pienso que me miran todos los ojos de mis vecinos de juego, de mis jefes y de mi mujer. Los ojos de Olga son amarillos. Amarillos, pero con pintitas grises, lo que los hace muy duros cuando se enoja. Ya se ha ido la mitad de mi vida en esta maquinita. ¿En esta maquinita, o en mis actos previos a venir a jugar? No lo sé bien. No puedo parar, tengo que ganar. “Inserte ficha”. Cobrar. “1”. “Inserte ficha, inserte ficha, inserte ficha”. Mis esperanzas, mi futuro. “Inserte ficha”. “Inserte ficha”. “Inserte ficha”…

Estoy dentro de la máquina. Creo que estoy repartido en algo así como siete u ocho tubos, llenos de monedas de veinticinco centavos. También hay otras, pero no son parte de mí. Hay algunas de angustias, otras de dolor, otras de vicio… ¡Oh, fue como un choque eléctrico! ¡Ahí cayó una de esperanza! Oigo un zumbido. Los rollos con figuras giran… Palermo, 10 de marzo de 2020

Adaptado por J.C.L., de un cuento de su misma autoría (http://www.juancarloslavarello.com/2008/07/26/maquinita/)