MAÑANA DE SOL

       Es una hermosa mañana de sol.  Me levanto de la cama, muerto de sueño. Hoy seguro, seguro, que voy a ganar a la quiniela. Apoyé el pie derecho en el suelo. ¡Muy bien! Eso es empezar el día con el pie derecho. Tomé nota, era un punto a favor. El primer paso significaría el uno. El uno era el niño. Tenía que buscar urgentemente un niño. Busqué en mi escritorio la libretita que llevo siempre para anotar los números que se me van apareciendo con los diferentes actos que realizo en mi vida normal. Pero de golpe, reacciono. Me doy cuenta que el uno no es el niño sino el agua, y eso me hace recordar que antes de seguir adelante debía haberme lavado la cara; efectivamente, vuelvo al baño pensando que me había levantado muerto de  sueño, (muerto de sueño es el setenta) y que había dejado la cama… ¡La cama! ¡Ese era el primer número! El cero cuatro. Es claro. Pero me había levantado de la cama con el pie derecho, lo que quiere decir que el cero cuatro más… más… ¡Ah, la zapatilla! El cuarenta y dos. A ver, empecemos de nuevo. Me levanto de la cama muerto de sueño… sueño… ¡Ah, había estado soñando que estaba en medio de un incendio… ¡incendio…! Incendio es el cero ocho…! ¡Lo que es haberse acostado tarde, y luego de un par de cervezas, que lo hacen soñar a uno con que se quema…! Eso quiere decir que el primer número tendría que ver con haber estado uno un poco borracho, un poco catorce para soñar con un incendio, lo que es una pesadilla… A ver, yo algo catorce, me levanto de la cero cuatro con el pie derecho, lo pongo en la cuarenta y dos, que es la zapatilla, pero en realidad me pongo las dos zapatillas, que vendrían a sumar ochenta y cuatro, pero ¡hete aquí que el ochenta  y cuatro es la iglesia, que no tiene nada que ver con todo esto, pero…  ¡Quién no te dice que lo que yo tenga que hacer es ir directamente a la iglesia!. No, pero analicemos: Me levanto de la cero cuatro bastante setenta,  me lavo la cara con agua, cero uno, pongo mis pies en las zapatillas, cuarenta y dos y ochenta y cuatro, me pongo de pie, me visto, busco el treinta y dos, que es el dinero, y me voy derechito a la iglesia, a escuchar la misa de once. La misa es el veintiséis. Ahora, si es la misa de once, sería el treinta y siete, digo, porque sumar veintiséis más once es treinta y siete, pero no, porque el treinta y siete es el dentista, y pienso que nada tiene que ver con esto. Lo que tengo que hacer es apurarme, porque tengo que llegar antes que el cura, que es el cuarenta, y buscar adónde está el Niño, que es en lo primero que pensé al despertar. Allí tomaré un poco de agua bendita, y rociaré con ella la cabeza de la estatua del Niño Dios, pidiéndole que me permita ganar a la quiniela. Tengo que rociar luego mi cabeza y la billetera, para tener idea de a qué número jugarle. Pienso que al que le juegue, saldrá premiado. Voy a esperar – por supuesto – a qué Evangelio, capítulo, y versículo corresponde la lectura de hoy, no quiero meter la pata, y tampoco irme antes de la consagración del vino y el pan, porque el vino es la Sagrada Sangre, el dieciocho. Pero, por las dudas, aparte del número que juegue le voy a jugar al 22, que es un loquito que nunca me falla. Hoy seguro que hago saltar la banca.

Palermo, 5 de noviembre de 2019