M A R A T O N

          Meses pasé entrenándome. Me levantaba a las seis de la mañana y corría hasta el Rosedal, donde trotaba dos horas. No se trataba de velocidad sino de resistencia. No es chiste aguantar cuarenta y dos kilómetros en un piso duro y desparejo como es la calle, y hacerlo en dos horas. Porque se trata de correr a un ritmo parejo, sin aflojar desde el principio al fin, esté el clima como esté, y con el riesgo de deshidratarse; menos mal que hay cada tanto puestos de agua, pero existe el problema del tiempo. El maratón es, esencialmente, una carrera de regularidad.

Me anoté con la antelación suficiente, seis meses antes y ya había unos cuantos anotados. Pagué los dos mil seiscientos pesos; para los que tenían dólares era ochenta la tarifa. Finalmente llegó el día. Nos concentramos en la avenida Figueroa Alcorta al siete mil, que viene a ser a la altura de Monroe. Éramos varios cientos de maratonistas; muchos como yo, corríamos por primera vez. La mañana estaba templada, más bien fresca; corría un vientito suave que venía del río, porque allí estábamos más o menos a la altura de la Ciudad Universitaria, y cargado de no muy lindos olores. Cuando dieron la señal de largada para nuestro grupo fue emocionante. Todos, o casi todos habíamos trotando en el sitio, sin avanzar, para calentar el cuerpo. Largamos, y la sensación fue el mismo trote, pero el paisaje corría a nuestros costados en sentido contrario, como cuando uno viaja en tren. Es claro que yo nunca había viajado en tren, pero por lo que me habían contado los que lo hicieron es la mejor comparación que se me ha ocurrido para describirlo. Avanzamos por Figueroa Alcorta hasta Sarmiento, y allí torcimos por Libertador, muchas cuadras, muchas cuadras. Lo que se deslizaba a nuestros costados era Palermo, sí, pero lleno de vallas y señalizaciones que demarcaban nuestra ruta. Miré a mis costados. A mi izquierda corría una mujer joven, con calzas y un pequeño chaleco de abrigo. Sí, el abrigo es conveniente para mantener en el cuerpo una temperatura constante. A mi derecha corría un hombre de unos cincuenta años, vestido con un conjunto de “footing”, pero no daba el aspecto de un villero, si bien la gente de esa condición usa ese atuendo como vestimenta habitual. En fin se me ocurrían tonterías de ese tipo mientras trataba de mantener el ritmo de “uno, dos, tres, cuatro” constante. A ambos lados teníamos ahora edificios importantes, casas de departamentos y construcciones antiguas que en realidad yo no podía identificar, dada mi concentración permanente en el ritmo y en la respiración. No sé cuánto tiempo pasó, y estábamos ahora en Carlos Pellegrini, luego en el bajo, por Puerto Madero; la verdad es que yo no me daba cuenta a esta altura – habrían pasado unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos – respecto de cuánto habríamos avanzado, ni por donde nos indicaban las vallas y señales. Sé que fuimos a parar a la Boca, y allí giramos en una curva muy cerrada, y volvimos por sobre nuestros pasos (o diré nuestros trotes) y por el mismo camino otra vez Carlos Pellegrini, Libertador, etc., etc., hasta llegar – los que pudieron – hasta el mismo lugar de la largada. Yo abandoné. Mis pulmones no daban más. Sentía unos fuertes calambres en las pantorrillas que casi me hacen caer, pero que pude superar con concentración. Y además, tenía una gran preocupación. Tenía miedo de no llegar a tiempo a jugarle al cuarenta y dos a la primera, que se juega a las once y media de la mañana. Por suerte llegué como pude a la agencia de quinielas, le jugué al cuarenta y dos… Y tampoco gané, pero ¡qué se le va a hacer! La quiniela es una pasión…

Palermo, 28 de febrero de 2020