Le llamaban el 22, porque en la quiniela al número 22 se lo conoce por “el loco”. En realidad, hacía bastante honor a su apodo. Vivía en una casilla hecha de cartones en el límite de una conocida villa miseria en las afueras de la ciudad. Había estado detenido varias veces, muchas veces por desorden, daños leves, intento de violación, robo de celulares y otras travesuras parecidas. De todos modos, ya hacía tiempo que en el barrio no molestaba a nadie, y evidentemente de algo tendría que vivir, porque se le había visto comprar yerba, azúcar y otros artículos de primera necesidad en un par de kioscos de la zona. No se lo había visto tratar con nadie, tampoco saludar a nadie, o prácticamente a casi nadie. Pero todos lo conocían bien, e incluso dentro de la villa los más chicos se escondían cuando lo veían venir.

          Esa tarde apareció por el kiosco “la zapatilla colgada”, con su gesto amargo y prepotente y pidió “un Camel” sin siquiera  saludar. La quiosquera se lo entrego, presurosa, sin esperar el dinero, por temor de un insulto o un eventual ataque, ya que de “El 22” se podía esperar cualquier cosa. El loco se lo pagó, y ella se quedó pensando qué habría hecho este personaje para conseguir el dinero, ya que además nunca compraba por paquetes. Al igual que muchos otros habitantes de la villa, el loco compraba cigarrillos por unidad. Lo que no sabía esta buena mujer es que el loco estaba a punto de realizar su trabajo máximo, de cometer el mayor robo de su historia. Hasta entonces había llevado una vida de ratero violento, de “manoteador” callejero, salpicado con algún intento de delito de mayor cuantía, afortunadamente siempre fracasado. El “22” había decidido romper esa racha, con “algo grande”. Iba a asaltar a una agencia de quiniela.

          Eligió una agencia que no fuera demasiado pequeña ni demasiado importante, que no fuera a tener cámaras de vigilancia, ni comunicación directa con la policía; una que quedaba en el mismo barrio lindero con la villa. Era un negocio familiar; la administraban sus mismos dueños, una pareja de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, sin hijos, que vivían a unas 20 cuadras del local, ya que él había vigilado durante aproximadamente un mes todos sus movimientos: Al mediodía partía ella al domicilio de ambos, trayendo de vuelta el almuerzo. A media tarde  partía él también pero hacia el banco, portando un maletín en el que probablemente llevaba el dinero de la recaudación diaria. Tenían un solo auto. Un viejo Volkswagen Polo azul. Luego volvía, y seguían atendiendo hasta la hora de cierre, ya mas “ligeros” de efectivo. En caso de que hubieran tenido que pagar algún premio, siempre tendrían un saldo en caja, pero eso no era lo importante.  El golpe lo daría con la salida del marido, quien llevaría a depositar la recaudación “gruesa”del día. “El 22” tenía una moto a la que cuidaba como si fuera su bien más preciado, y que era ágil y potente como para disparar de cualquier persecución policial, por lo menos así lo creía su propietario.

          Finalmente, llegó el día. Tenía que dejarlo ir delante unas cuantas cuadras para que ni su presa ni nadie se diera cuenta de la persecución. A la hora de costumbre, catorce y cuarenta, el agenciero subió al auto, y emprendió el camino de todos los días. Era una tarde calurosa, de un cielo limpio y lleno de sol. El auto recorrió las cuadras habituales, pero en vez de detenerse en el estacionamiento del banco, sorpresivamente dobló a la derecha, con destino desconocido. Nuestro protagonista no esperó. Rápidamente se le fue acercando, y una cuadra antes del semáforo se le cruzó delante, “tirándole la moto encima”. El automovilista frenó, a un centímetro de la moto. Ya “El 22” Estaba contra la puerta del lado del volante, apuntándole con su 38 al agenciero de quiniela. “Dame el maletín con la recaudación” dijo. El agenciero tenía a su lado el maletín, y junto a éste una pistola Ballester Molina. Con un velocísimo movimiento, evidentemente muchas veces ensayado, lo que hizo fue tomar la pistola y dispararle al pecho al ladrón, quien cayó de espaldas, muerto.

……………………………………………………………………………………………….DECLARACIÓN DEL AGENCIERO DE QUINIELAS A LA POLICÍA … “Lo increíble del caso es que yo esa tarde iba a lo de mi cuñado, que vive a la vuelta del banco, y en el maletín sólo llevaba doscientos cinco pesos, porque la recaudación fuerte la había llevado mi señora a nuestra casa al mediodía… Lo hice automáticamente… Uno no sabe cuándo puede pasarle una cosa de éstas…”

PALERMO, 3 de diciembre de 2019