LAUDES

                El silencio  y la oscuridad envolvían los fríos pasillos del monasterio de Troyes-l’isle, en un remoto rincón de la francia medieval. Era el 12 de diciembre de 1214, la nieve se amontonaba en los portales y los huecos de las ventanas, oscureciendo la poca luz de la luna que pudiera pasar al interior del siniestro edificio, de paredes gruesas como las de una fortaleza, y habitaciones sombrías, como si todas las celdas fueran mazmorras. Fray Pafnucio camina por uno de esos pasillos, como la sombra solitaria de un fantasma. Lleva en su mano una linterna encendida, pero tapada con un trozo de tela gruesa que no deja pasar casi ninguna luz. Nadie debe saber porqué está allí ni a dónde se dirige. Está avanzando hacia la segunda cripta, la más profunda, donde se encuentran encerrados “bajo siete llaves” los libros secretos del Conocimiento, los libros reveladores de las Ciencias Ocultas. Fray Pafnucio, joven, 23 años, español de orígen, con gran curiosidad por las cosas de este mundo, de la Tierra, del Cielo y del Infierno, sin que nadie lo supiera había aprendido a leer el latín, y cuando hacía las copias en el scriptorium con sus compañeros, entendía verdaderamente lo que los libros decían, pero él lo ocultaba tanto a sus compañeros como a sus maestros, porque tenía mucho miedo de que lo descubrieran y lo castigaran, ya que un simple monje no tenía derecho a saber leer, y si lo hacía, mucho menos a entender qué era lo que estaba leyendo. De modo que cuando lo mandaban a copiar los grandes folios latinos, iluminados con figuras de ángeles y demonios, incorporaba lo que iba leyendo como una esponja absorbe cualquier líquido.

Era la hora Laudes, es decir, aproximadamente las siete de la mañana. Los monjes, que se han levantado a la hora de Maitines, las cuatro y media, están rezando en la capilla, y cantando las cantilenas correspondientes a la hora. Pafnucio se ha escapado, y con una llave que ha robado del arcón donde se guardan, y que devolverá cuidadosamente cuando haya terminado su cometido, abre la última puerta que guarda los libros secretos. Es que Pafnucio, revisando viejos infolios ha hallado uno titulado “PROFICISENDI CARMEN AD TEMPUS”, que en nuestro castellano actual quiere decir “Fórmula Mágica Para Viajar En El Tiempo”.

     Con la rapidez que la agilidad de su juventud le daba, Pafnucio depositó la linterna sobre un alto pupitre, abrió el enorme tomo encuadernado en madera y cuero, y pasó las gruesas hojas de pergamino hasta llegar al punto que buscaba, y sacando de entre sus ropas un grueso trozo de grafito afilado en la punta, y un trozo de pergamino blanco como una hostia, copió rápidamente la formula por la que arriesgó ser descubierto y castigado. Una vez hecho, salió rápidamente de la cripta, cerró la fuerte cerradura con la enorme llave de hierro forjado, y corrió a depositarla en el sitio donde se guardaba.

     Una vez retornado a su celda, Pafnucio levantó la luz del pabilo de la linterna, e inmediatamente se puso a llevar a cabo con premura pero con exactitud el ritual que traía escrito, pues tenía poco tiempo, ya que lo que debía hacer estimaba que le iba a tomar como cuatro horas, es decir, pasar de largo por las oraciones de la hora tercia, actualmente las nueve, que es cuando comenzaba la jornada laboral, y estar de vuelta alrededor de la hora sexta, pues entre la sexta y la nona (las doce del mediodía y las tres y media de la tarde) los monjes tomaban su almuerzo. Ya algún pretexto pondría, para justificar su inasistencia a la hora del scriptorium. El asunto es que terminado el ritual, Pafnucio desapareció. Se esfumó en el aire como una vela que se apaga.

     Cuando Pafnucio abrió los ojos, algo mareado luego de haber experimentado una sensación de haber dormido mucho tiempo, se encontró en un lugar oscuro y frío, que resultó ser el sótano de la iglesia de San Francisco Javier, un  templo del barrio de Palermo Soho, en la ciudad de Buenos Aires, en la Argentina, un país de América del Sud. Por una escalera que localizó en un rincón, tras cruzar una pequeña puerta de hierro, salió al atrio del templo, y de ahí a la calle. Siguiendo las instrucciones que había extraído del libro milenario, se dirigió a la derecha hasta encontrar un kiosco de venta de golosinas que fuera también agencia de quiniela. Caminaba apresuradamente, por la calle Borges, apretando en su mano la moneda de oro de un dólar, acuñada en 1849, con la que pensaba hacer una apuesta. No se fijó en su entorno, pero aparentemente nadie se extrañó por sus ropas talares algo anticuadas, quizás porque los transeúntes que lo rodeaban vestían de manera tanto o más extraña que él. Se encontraba en pleno siglo veintiuno.

      Llegado que hubo al quiosco-agencia de quinielas, gracias al conocimiento del idioma español, logró que le tomaran la moneda de oro con el valor de mil pesos, aunque sospechó que el valor real sería muy superior, pero con la audacia de su juventud, apostó a la última del día al 26, la misa, al 29, San Pedro, al 30, Santa Rosa, al 40, el Cura, al 60, La Virgen, al 84, la Iglesia, y al 88, el Papa. Dicen las crónicas que ganó en todas sus apuestas una cantidad respetable de dinero, que regresó a su monasterio sin que nadie se diera cuenta de nada, que hizo el viaje repetidas veces, con apuestas, ganancias y todo, y que compró muchas barras de plata, que en su época se cotizaba tanto como el oro en Europa, ayudando con sus donaciones a la Orden de los Benedictinos a la que pertenecía. 

     No se sabe si esta historia es cierta. Quizás suena un poco a fantasiosa, pero no se puede negar que es divertida.

Palermo, 11 de febrero de 2020