L A    F O R M U L A

 

 

 

No me avergüenza decirlo. Tengo una jubilación de privilegio. Cobro lo que muchos trabajadores ni soñaron cobrar jamás; es claro que durante muchos – yo diría muchísimos – años he trabajado sin descanso por mi país y me parece que mi retribución es casi justa, sin por eso culpar de nada a nadie. Cada uno hace las cosas en la medida que su capacidad le permite, y – lógicamente – algunos hacen las cosas mejor que otros. Aclaro que la humildad fue siempre una virtud que estuve persiguiendo, y nunca pude alcanzar.

Así como tengo un buen ingreso mensual, tengo mucho tiempo libre para caminar por las calles de Buenos Aires, especialmente por San Telmo, donde están los anticuarios. Soy loco por las cosas viejas y usadas, con ese olor a humedad y a años vividos, con esa carga de energías que han ido dejando en ellas sus anteriores poseedores. Creo que tengo en casa la habitación más llena de cosas aparentemente inútiles que pueda tener un anticuario. Es claro. Soy un anticuario de corazón, con la diferencia que no vendo nada de lo que compro. Quien ve mi colección jamás podría creerlo. Pero yo así soy feliz.

Me habían dicho que cierto anticuario de la calle Defensa tenía una Máquina del Tiempo. El Tiempo, así con mayúscula, ha sido siempre un tema que me ha fascinado; los griegos tenían dos maneras distintas de medirlo, el Kronos y el Kairós. El Kairós era “el momento justo”. Pues yo sentía que mi Kairós se acercaba, y evidentemente asi fue. Entré en el comercio de Mordecai, que tal se llamaba el anticuario que me había recomendado no diré quién, con la sensación de que mi búsqueda había llegado a su fin. Era, como la mayoría de los locales de esa clase, un amplio recinto con una temperatura algo baja, y la luz algo tenue, pero atiborrado de muebles, vajilla, objetos de arte, libros, esculturas, lámparas, espejos, cuadros, armaduras y cuanto tipo de antigüedades pueda imaginar la mente más exaltada. Junto a un pesado cortinado de seda, del color más desteñido que pueda imaginarse, se encontraba Mordecai. Lejos de parecer un anticuario, este hombre tenía todo el aspecto de un filósofo de la época de los antiguos griegos. Podría ser un primo de Aristóteles. Grueso, robusto, de elevada estatura, su barba y sus cabellos se desparramaban largos y lacios como una silenciosa catarata sobre el ropón que vestía, de algúna tela que parecía seda, y contribuía plenamente a su aspecto de personaje milenario (¿Cuántos años tendría?). Cuando me acerqué y lo saludé, me extendió la mano, y me dijo. “Venga. Sígame. Lo estaba esperando”. Yo sabía que me estaba esperando de veras porque quien me lo recomendó ya me lo había avisado. Apartó el cortinado y avanzamos por un largo pasillo pobremente iluminado con olor a polvo, y a lo largo del cual se amontonaban apilados montones de cuadros de distintos tamaños, y a los que apenas pude echar una rápida mirada, ya que el hombrón avanzaba a buena marcha. Llegamos al final del pasillo a una pequeña puerta de madera, que el hombre abrió fácilmente, pero atravesó con la dificultad que suponía su importante talle, y penetramos a una habitación, un par de escalones más abajo. También esta habitación estaba atiborrada de elementos que no pude apreciar, por la poca iluminación y la premura conque el hombre me apuraba a avanzar. Abrió otra puerta, que resultó ser la de un ascensor, y lo seguí. Bajamos – creo  – dos pisos. Supongo que estaríamos en un sótano. Era éste otro amplio recinto también atiborrado de los objetos más extraños,  y en un rincón, cubierto con un lienzo gris se veía algo que parecía un artefacto mecánico. Con un movimiento que tenía algo de teatral, mi anfitrión quitó el lienzo quedando ante mis ojos maravillados el mecanismo para viajar en el Tiempo, ¡la máquina que describió Wells en su famosa novela!

Yo no sabía qué hacer, si caer de rodillas, o salir corriendo. Tengo que aclarar que creo y dejo de creer como cualquier otra persona, pero esto era algo verdaderamente impresionante. Era una máquina hecha de madera, metales, bobinas y otros elementos eléctricos, un asiento tapizado en terciopelo rojo, y tras el asiento, una rueda de unos dos metros de diámetro, de madera trabajada y metal esmaltado, que no sé por qué me hizo recordar a las palas de un helicóptero.

“¿Y ‘esto’… viaja en el tiempo?” Pregunté.

El hombre de pelos y largas barbas palideció, e inmediatamente se puso lívido de furia, y evidentemente su primera intención fue pegarme. “¡Qué se ha creído usted, que yo iba a perder el tiempo atendiéndolo si hubiera sabido que me iba a venir con esta imbecilidad!” dijo con voz temblorosa. “Váyase. O se va ahora mismo, o me paga un millón de pesos en efectivo, como seña de los treinta que vale”. Lo tranquilicé lo mejor que pude, especialmente, abriendo mi attaché, y mostrándole los dólares que había traído. Ante la buena fe demostrada, el hombre se calmó bastante, y me acompañó a la oficina donde hicimos la transacción, la parte en efectivo, y los documentos por el resto. Luego de una cantidad de recomendaciones sobre el manejo de la máquina, y el silencio que debía guardar respecto de a quién se la había comprado, salí con paso algo tembloroso de la tienda, y caminé por Defensa hasta Plaza de Mayo, donde tomé un taxi hasta mi casa.

No voy a ser muy extenso en el resto de mi relato. Son muchas las cosas que sucedieron desde el día siguiente a la compra, que fue cuando me la llevaron a mi domicilio en una gran caja, ya que la máquina no podía desarmarse. La ubiqué en el garaje, ya que por suerte tenía espacio suficiente para dos coches. Cuando se fueron los fleteros, corrí a mirar de cerca mi adquisición. Abrí la parte delantera del gran cubo de madera en que MI máquina del tiempo estaba empacada, y juraría que del interior salió algo como un aliento a viejo, diría que un aliento a Tiempo. Al pie de la maquina, en un soporte especial, estaba el grueso manual para su manejo. Lo tomé con el cuidado de quien toma algo verdaderamente valioso, y me lo traje al escritorio. Yo tenía un plan ya determinado. No iba a gastar tanto dinero en algo puramente por el gusto de tenerlo. Estuve varias horas estudiando, y haciendo cálculos y planificando…  Finalmente, seguro ya de lo que iba a hacer, tomé varios elementos que tenía previamente preparados, los guardé en un maletín, me cambié de ropa, poniéndome un equipo deportivo pero abrigado, gruesas botas, pantalones y un anorak gruesos y fuertes, guardé en mis bolsillos un revolver 38, una caja de balas y una potente linterna, y me dirigí directamente a la máquina, ya que no era necesaria sacarla de su encierro para que funcionase. Me senté en su cómoda butaca de fino terciopelo, me ajusté el cinturón de seguridad, y en cuanto encendí el contacto regulé los controles para ir al sur de Inglaterra, al siglo seis, a la misma corte del Rey Arturo.

Soy un hombre práctico, y no voy a perder tiempo en relatar mi viaje en el tiempo. El asunto es que de buenas a primeras – no voy a precisar la duración de mi periplo, porque me sería imposible – me encontré en el interior del patio del Castillo de Arturo. Era plena noche, y mi máquina era imposible de ver, ya que sólo podía verla, según decía el manual, gente del siglo en que viviera quien la conducía. Yo me había mandado un viajecito hacia el pasado de nada menos que ¡Quince siglos!. Tampoco contaré, porque es parte de mi secreto cómo establecí relación con el Rey, ni con la Reina Ginebra, ni con el Caballero Lanzarote. El asunto es que logré que me presentaran al famoso Mago Merlín. Una cena regada con un vino que quemaba los labios y te hacía pedazos el estómago, fue suficiente para convencer a Merlín que me revelara los secretos de su sabiduría. Mi forma de sobornarlo fue relatándole algunas cosas del siglo veintiuno, contándole de los aviones de la internet, de la inflación, de la globalización, cosas que no sé si me las creyó o me las entendió, pero en principio quedó maravillado. Además le regalé un par de cosas que tenía en mi colección: La Manzana de la Discordia, El Cuerno de la abundancia… y un jueguito Nintendo de mis nietos, que habían tirado a la basura, porque me dijeron que “actualmente la tecnología había avanzado demasiado para que ellos se interesaran en esas estupideces, que era cosa de anticuarios, aunque algunos los buscaban”. Todo esto a cambio de ¿Qué?, pues de que el Gran Merlin me diera la fórmula para ganar SIEMPRE  a la quiniela. Y les digo que volví a casa muerto de risa y de felicidad, mi viaje no había tomado ni diez minutos, evidentemente el tiempo puede medirse de varias maneras, y desde entonces hacen cinco años que no pierdo nunca; a veces juego unos pocos pesitos, para no levantar la perdiz, pero constantemente juego, y constantemente gano. Realmente, soy feliz.

La semana pasada fui a San Telmo a ver si compraba algo. Quise saludar al anticuario grandote. No estaba, pero tampoco estaba su negocio. En su lugar había una hamburguesería. Dicen que algunos anticuarios se han mudado a Palermo, pero no sé…

 

Palermo, 10 de abril de 2019