Kracker

El hombre entró decididamente en la agencia de quinielas de la calle Santa Fe. Se dirigió al El empleado que en ese momento atendía en la ventanilla, y luego de jugar al 22 a la cabeza a todas las loterías, como para ir “ablandando” al vendedor, de la manera más inocente le preguntó: “¿Cómo y de quién reciben ustedes la información de los números que van saliendo en las sucesivas loterías del dia?” “Por cable” le contestó. Y ya sintiéndose importante, agregó: “Y a los extractos los traen con una moto”. “Esta es una agencia de la Quiniela de la Ciudad, a la que antes llamaban Quiniela Nacional, pero pagamos premios de todas las loterías del país, incluso la de Tucumán, la de Córdoba, y hasta la de Montevideo. También el Telekino, que es solventado por la Caja Popular de ahorros de la provincia de Tucumán y otros de los muchos juegos de azar que se dan en nuestro país…”
El hombre salió de la agencia de quiniela murmurando para sí “Por cable… por cable…” Cuando llegó a su laboratorio de electrónica, distante unas cuantas cuadras de allí, aún seguía murmurando “Por cable… por cable…”
En cuanto traspuso el umbral del laboratorio, se dirigió a un tablero de dibujo como el que tienen los arquitectos, y comenzó a hacer cálculos. Podemos pensar que estaba calculando lo que ganaría jugando por lo menos en cada quiniela de las distintas que se sorteaban en el país… No, estaba averiguando la forma de intervenir el cable por el que recibía la información el agenciero de quiniela de la calle Santa Fe. Además pensaba averiguar los horarios a que llegarían el o los mensajeros trayendo los extractos. Había que cobrar el premio, o los premios, en el ínterin entre la recepción de la información por cable, y la llegada del mensajero. O bien, interceptar a éste, o por lo menos demorarlo con algún pretexto, una vez que pudiera identificarlo. Sobre todo en el caso de que no fuera siempre el mismo correo. El plan era arriesgado, pero valía la pena. Cuando tuviera todo organizado, daría el golpe; el peligro estaba en que fallara alguno de los pasos a seguir; debía ser muy cuidadoso.
Tal era su entusiasmo que enseguida se puso a trabajar en su proyecto; había que introducirse en el cable y alterar la información que recibiera el agenciero. Este, en cuanto se enterara de la estafa haría un escándalo terrible, y removería cielo y tierra para recuperar los datos, y jamás podría hacerlo; y ese día tendría que llegar bien temprano a la agencia, por lo menos antes que llegara la moto con los extractos.
Ese día trabajó sin descanso en su laboratorio; probó todos los sistemas conocidos por él para hackear las distintas vías de comunicación, intentó otros, intervino cables con receptores que tenía en su laboratorio; probó claves, todas las que su imaginación – y la de la máquina – podían crear, finalmente, dio con la clave de la agencia de quiniela de la calle Santa Fe. Esa noche la probaría. No cabía en sí de júbilo. Su plan no podía fallar.
El siguiente paso fue hablar con una vieja amiga, dueña de una “casa de chicas”, para pedirle una que distrajera al motociclista – “motoquero” – como ellas les llamaban, antes de que llegara a la agencia de quiniela de la calle Santa Fe. La amiga le cedió la chica… previo pago de una suma de dinero que lo hizo temblar un poco, pero volvió a tranquilizarse pensando que una vez que identificara al motoquero, podría dar el penúltimo paso, que sería, eligiendo el día menos sospechoso, ir a cobrar una buena suma, y hasta es posible que pudiera repetir el operativo.
Al fin, ni bien consiguió identificar al portador de los extractos, un morocho con una motocicleta azul, que siempre era el mismo, y venía a la misma hora, le avisó a la chica, le mostró el candidato y la moto, la citó para el día siguiente y llegado a su laboratorio probó el sistema; todo funcionaba bien. Esa misma noche arrancaría con el plan; no le haría “saltar la banca a la agencia de quiniela” porque no despertaría sospechas.
No durmió esa noche. Contaba las horas hasta que fueran las seis de la mañana, que era la hora que el dueño de la agencia de quiniela le había dicho que recibía la información desde la Lotería Nacional con los resultados a la quiniela nacional y provincia, que es donde él había jugado más fuerte, jugándole unos pocos pesos a la de Córdoba, para despistar. Salió a la calle, y se fue caminando despacito a la agencia, si bien con el “corazón en la boca”.
A las siete abría, y él sería el primer jugador, y encima ¡premiado! Y en las dos primeras! El dueño de la agencia de quiniela no podría creerlo, pero tendría que pagarle inmediatamente… Antes de que llegara el mensajero de la moto azul. Luego se iría, silbando bajito, a su casa, con el bolsillo bien lleno.
Cuando llegó a la agencia, lo estaba esperando la policía… Esta vez un agente uniformado, morocho, en una moto azul…
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