Historia de Rául, el Quinielero Numerólogo

1) Versión de Raúl:

Soy quinielero. Apostador de alma; de nacimiento, y hasta es posible que sea de familia, ya que mi padre fue ventanillero del Hipódromo de Palermo, y mi abuelo funcionario de la Lotería de Beneficencia Nacional y Casinos. Pero esto no es todo, es más bien el comienzo. Porque el juego es la llave de mi genealogía, pues mi familia desciende directamente del famoso emperador de Litchtenstein Ruleth der Ludiken, esto es, Ruleto el Lúdico.
Me llamo Raúl porque es el nombre familiar. Todos los varones de la familia lo llevamos. En casa me dicen Rulo, en la oficina Rolo, y cuando era chico, para burlarme, en la escuela me llamaban “Ruleta”. Cuando cumplí quince años, un viernes, camino de la escuela, vi que un grupo de jóvenes se arremolinaban alrededor de una moto. Venciendo mi natural timidez, me acerqué al que parecía ser su dueño, y le dije “L…linda moto… ¿Puedo tocarla?
“Se rifa” me contestó. “El número vale cincuenta centavos. ¿Querés uno? ¡Mirá si te la sacás…!”
¡Cincuenta centavos! Para mí era algo muy emocionante. Era un dinero que yo podía disponer – llevaba cuatro pesos encima – y el monstruo de dos ruedas, símbolo del poder, me miraba con el único ojo de su farol delantero, como diciendo “voy a ser tuya; vas a ser el único de tus amigos que tiene moto”… Saqué mi billetera, y de ella un billete de un peso, de aquellos marrones con la imagen del Progreso, que era una mujer vestida como una matrona romana, con el brazo levantado sosteniendo una tea encendida, y se lo cambié al vendedor de la rifa por una reluciente moneda de níquel de cincuenta centavos, ¡y un hermoso cupón de una rifa, la primera que jugaba en mi vida! Con la cifra de mi edad, el 15, “la niña bonita”… un poco me desagradaba esa denominación, por el natural machismo de la adolescencia, basado en la inseguridad sobre la propia identidad, ¡pero el documento rezaba “Motocicleta Peugeot 150 cm3. Perfecto estado. Poco uso. Papeles en regla!” Jugaba el sábado por la Lotería Nacional. ¡Al día siguiente!
Cuando llegué a casa puse la billetera debajo de la almohada, y desde allí y entonces comencé la cuenta regresiva, ya que hasta el lunes no iba a tener forma de enterarme de qué número había salido el sábado, ya que entonces en mi pueblo no había diario los domingos, y para ir y volver de la ciudad más cercana donde había diarios me suponía un gasto de un peso ochenta ida y vuelta, más el costo del diario, cuarenta centavos, amén del permiso de mis padres para viajar. Sufrí mucho y largo ese fin de semana.
El lunes temprano corrí a la esquina donde había comprado la rifa. Lógicamente, no estaban allí ni la moto ni el que la rifaba. Como éramos varios los que habíamos acudido allí inocentemente, me enteré que había salido el 45. Pensé: 4+5= 9. A partir de entonces quise resarcirme de todos los embates del destino jugando a la quiniela, y voy a explicar el porqué: Yo sabía algo de Numerología, que siempre me había gustado esa ciencia un tanto oculta. Mi fecha de nacimiento es 23-6-70, que sumando sus cifras da siempre 9, (18= 1+8) y el 9 es un número supermágico; para empezar, si sumamos 1+2+3+4+5+6+7+8+9 da 45 y 4+5=9. Es un número indestructible. Quiero decir que si se multiplica el 9 por cualquiera de sus múltiplos, siempre da 9, cosa que no ocurre con ningún otro número.
Luego de la anécdota de la moto, y pensando en esto de la numerología, fui a la única agencia de quiniela que había en mi pueblo, por supuesto clandestina, que era el almacén de don Pancho. Le jugué un peso al 9, y gané. Don Pancho me pagó sin chistar. ¡Era la primera vez que tenía setenta pesos todos juntos!

2) Historia de Raúl, según su mujer:

Raúl, “Quiniela” como le llamamos en casa, se considera un “apostador científico”. Antes de apostar a un número, se toma el trabajo de analizar el año, el mes, el día, la fecha y la tempertura. Si por ejemplo se le ocurre jugar un martes, lo primero que consulta es el año. Pongamos 2019. Luego el mes, febrero es el 2. Tenemos: 2+0+1+9+2= 14. A eso le agrega la fecha, supongamos que es 4 (ya serían 18) y como 1+8=9 se pone contentísimo, considerándolo de buen augurio.
Obtenido el primer nueve suma la hora, supongamos 18, y 9+18=27, y 2+7=9. Sólo le falta la temperatura, y si ésta es de 9, 18 o 27, “Quiniela” está feliz. Sale y juega al nueve, su número favorito. Si los cálculos no le fueron favorables, juega a sumar las cifras que salieron, y le juega al resultado, y también, de paso, al nueve, por las dudas. Jugar juega todos los días. Pero nunca nos faltó par comer.

3) Crónica de la suegra de Raúl:

Este delincuente tiene engrupida a toda la familia con el cuento de la quiniela numerológica. Da explicaciones que creo que ni él las entiende. La tiene embobada a mi hija con el cuento del juego científico. Pero yo les digo que yo juego según lo que sueño, y me va bien. Anoche, por ejemplo, soñé que lo mataba. Así que ahora le voy a jugar al 61, la escopeta, y al 89, la rata. Bah, total él siempre me dice que cuando se acuerda de mí, le juega al 67, la víbora.
… Por las dudas hoy le voy a jugar también al 9.

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Palermo, 4 de febrero de 2019. 13:39 hs.