HECHO POLICIAL EN EL N.E.A.

El sitio y los hechos son reales. Los nombres de los personajes están cambiados, por el debido respeto.

          En General Vedia, provincia del Chaco, está el Barrio Central. Allí, Angela Torresi tenía una heladería donde se tomaban apuestas de quiniela, instalada y registrada oficialmente como agencia 24282. El sábado 3 de agosto de 2019 pasado el mediodía, la ciudad estaba envuelta en una nube de calor. Sus calles, desiertas como pocas veces, reflejaban los impiadosos rayos del sol, haciendo casi imposible circular por ellas. El silencio dominaba el aire casi asfixiante. Por la calle 47 un hombre camina en silencio, con paso decidido. Es el agente Saturnino Zubizarreta, de la comisaría local. Se dirige a la heladería, en ese momento atendida por Joaquín Centeno de 21 años, sobrino y empleado de la titular del establecimiento, ya que era la hora del almuerzo, y se habían ido la propietaria y los demás empleados a alimentarse. Joaquín haría lo propio a su  regreso. Al ver entrar al policía uniformado, el muchacho se alarmó un poco, pensando que el representante del orden vendría con algún requerimiento de parte de la municipalidad del lugar, o de la misma policía, que muchas veces protestaba por diferentes infracciones de que solía acusar a los comerciantes, como variaciones en el horario de apertura y cierre del local, o venía a reclamar la colaboración “voluntaria” para con la comisaría de la zona. El policía se detuvo en el centro del pequeño local y de manera prepotente increpó a Joaquín, solicitándole los papeles de la moto que éste acababa de comprar. El joven, asustado por el modo del uniformado, se dirigió a la caja, donde guardaba la documentación de su recién estrenada motocicleta, que había retirado de la agencia Zanella esa misma mañana, preguntándose qué razón tendría “El Satur”, como  llamaban familiarmente al agente en el barrio para pedirle los papeles de su moto, que estaba estacionada frente del local, un poco para estar a la vista, y otro poco para satisfacción del muchacho, que la consideraba todo un logro, ya que había ahorrado todo un año para tenerla.  En cuanto la caja estuvo abierta, Joaquín recibió el primer golpe, dado con el bastón del policía, cayendo boca abajo en el suelo, donde Zubizarreta continuó golpeándole en la cabeza y otras partes del cuerpo, dejándolo absolutamente ensangrentado e inconsciente. Luego se dirigió a la caja fuerte del negocio, retirando no sólo los papeles de la moto, sino toda la recaudación tanto de la heladería como de la agencia de quinielas, que en conjunto ascendían a doscientos cincuenta y siete mil pesos, guardó el dinero en los bolsillos de su chaqueta, salió del local comercial, y montándose en la motocicleta de Joaquín huyó por la ruta 166 en dirección al norte. Pocos minutos después Joaquín moría como consecuencia de la hemorragia y de los golpes.

          Pero Zubizarreta no había contado en absoluto con las cámaras de seguridad que hacía una semana Ángela Torresi había instalado en su negocio. Allí quedó grabado todo lo ocurrido, el crimen con todo lujo de detalles.

          Hubo que despertar de la siesta al Subcomisario Montemayor, a cargo de la comisaría. En menos de una hora el pueblo entero estaba convulsionado. Bajo el duro sol del Chaco, la gente comentaba casi a los gritos lo que habían presenciado, y no obstante el cordón que había puesto la policía para que nadie se acercara al local, los vecinos y sobre todo los parientes del joven muerto llenaban la cuadra haciendo imposible la circulación, y el espacio respirable con sus llantos y quejidos. Una vez establecido el deceso del muchacho, el Subcomisario Montemayor hizo retirar la cinta de las cámaras de seguridad, para procesar su contenido en la comisaría.

          Una vez en la repartición, verificado el contenido de las cintas, y reconocido el asesino, salieron en su persecución el nombrado subcomisario, y el Suboficial Mayor Ramiro Gil. Pese a un prolijo rastrillaje que duró más de cuatro horas en el pueblo y en una buena parte de la selva que rodeaba al sector urbano, no fue posible hallar al desaparecido Zubizarreta, quien evidente habría salido del pueblo en la moto del occiso, con intención de venderla, para eso se sospecha que le habría exigido al mismo la entrega del título de propiedad. Pero ni el Suboficial Gil ni el mismo comisario estaban satisfechos ni convencidos de su desaparición. Finalmente, terminado su horario de trabajo el Suboficial tomó un micro que lo llevaba hasta su domicilio, si bien era de media y larga distancia, lo que incluía viajes largos, especialmente hasta la vecina provincia de Corrientes. Cuál no sería la sorpresa del Suboficial, cuando descubre que como un pasajero cualquiera venía viajando en el transporte el agente Zubizarreta, vestido de civil, con un camperón con capucha, nada acorde con los treinta y ocho grados que en ese momento registraban los temómetros. El colectivo estaba lleno, no obstante el Suboficial Gil al reconocerlo le intimó a entregarse detenido, dándole a conocer de qué se le acusaba. En el acto, Zubizarreta sacó de uno de los bolsillos de su camperón la pistola policial reglamentaria, y disparó sobre el suboficial, en un acto tan veloz como desafortunado, ya que su disparo dio en el techo del ómnibus. Pero casi al mismo tiempo Gil apretó el gatillo de la suya, dando en el pecho de Zubizarreta, quien en el acto falleció.

          Desde agosto la investigación continúa. El dinero y la moto no han aparecido más. Y el suboficial Gil continúa procesado por el hecho.

PALERMO, 26 de noviembre de 2019