Gran Premio Kholobutto

Cuando mi amigo Raúl me dijo que me había anotado en un Gran Premio, yo pensé que el estrafalario Kholobutto era un nombre de fantasía, y que tendría lugar en alguna provincia de nuestro noroeste, así como el Dakar no se corre en Senegal, sino por estos pagos, acepté sonriente y feliz, sin pensar siquiera que este loco amigo mío se había apersonado a la embajada de Uga-Makuba, un país joven de África, para nosotros prácticamente desconocido, al sud de Mali. Raúl se había enterado de que para festejar su reciente independencia no solamente se llevaban a cabo grandes festejos con bailes y celebraciones locales, sino que se traía artistas y deportistas de distintos países – todo pago – para dar más lucimiento con sus shows y demostraciones al gran acontecimiento que significaba el nacer como país. La capital, Kholobutto, ciudad pequeña, si se la compara con Buenos Aires o Córdoba, pero distante de lo que podía llamarse una aldea, con una población original de unos setenta mil habitantes, cuando llegamos, luego de un vuelo bastante accidentado hasta el aeropuerto de Zimbawue, y de allí dos días en camión llevando al coche hasta nuestro destino, la ciudad desbordaba de gente. Según nos informaron en el hotel Marriot-ka-Butto, donde nos alojamos, contando la gente del interior que se había acercado para presenciar los festejos, la población, totalmente de raza negra, estaría en las cien o ciento diez mil almas.
Arribamos al hotel con el camión contratado, llevando el auto en la caja playera. Todo a lo largo de la ruta de tierra colorada, por ambos lados, los ahora ciudadanos independientes, antes súbditos ingleses, formaban una franja colorida en razón de sus trajes al uso del país, predominando los colores verde y amarillo. A medida que pasábamos, nos saludaban levantando los brazos, y emitiendo distintos tipos de voces como saludo, pienso que según las tribus a que pertenecieran. Sin duda el ambiente era en general de gran alegría y regocijo. Los empleados de seguridad tuvieron que armar un cordón humano para evitar que se nos vinieran encima cuando bajamos del camión.

La carrera cubría una distancia de 180 kilómetros entre ida y vuelta, por caminos de tierra. Iba desde Kholobutto hasta Gottunga, la ciudad que le seguía en importancia, pasando por una cadena de pequeñas aldeas, en realidad grupos de viviendas de barro con techos de paja cónicos, con una chimenea central. Supongo que la chimenea correspondería a una especie de cocina-estufa que proporcionaría luz y calor al par de cocinar alimentos. Llegamos alrededor de las tres de la tarde, con un día radiante, pero con una temperatura tolerable. Esa noche iba a hacerse un acto y un pequeño festejo inicial, dejando reservado la gran celebración para el final de la carrera, al regreso de los corredores, cuando se otorgaran los premios correspondientes. Me enteré entonces que los corredores íbamos a ser ocho, dos brasileños, un hindú, dos sudafricanos, dos norteamericanos y un argentino. El argentino era yo. No había corredores naturales del país, porque en total en toda Uga-Makuba había sólo siete coches, todos propiedad de residentes británicos, quienes entre otras cosas por no estar de acuerdo con la independencia del país, no tenían mayor interés en participar del festejo. Con todo el calor de la “siesta” y aún sin poder darnos una ducha para refrescarnos del cansancio del viaje, tuvimos que salir a recorrer el circuito, como dije, una ruta de tierra flanqueada por una colorida multitud de Uba-Makubaneses que – pensé – pasarían el resto del día, y la noche, ubicados junto al camino, pues la carrera arrancaría al día siguiente alrededor de las ocho de la mañana.
Instalados en el hotel el mecánico conductor del camión, un holandés radicado en Zimbawue hacía años, según dijo, mi amigo Raúl y yo, además de mi “tractorcito” como le llamo al Chevrolet, se hizo presente un funcionario del Gobierno Uba-Makubanés para – en nombre del Señor Presidente de la República – interiorizarse sobre si habíamos tenido un buen viaje, y comunicarnos que éramos invitados especiales para la cena de celebración que ofrecía esa noche la primera dama. Que era a las siete, y debíamos ser puntuales. En nombre de nuestro grupo y de nuestro país, le di las gracias, y en cuanto se retiró corrí al baño y me di una ducha larga… larga…
A las siete en punto estábamos los invitados – que aparte de nosotros los argentinos – habían llegado de otros países, no todos africanos, pues pude distinguir algunos presentes de raza blanca y un par de hindúes, pakistanos o bengalíes, que quizás habrían venido con el corredor de la India. A todos nos hicieron sentar a un lado de la mesa, sentándose el Presidente y la Primera Dama estratégicamente en el centro. Del lado contrario de la mesa había una explanada que por el momento estaba a oscuras y en la que según se nos dijo iba a realizarse un acto y una ceremonia simbólica conmemorativa.
A una señal del Presidente, una orquesta de cuerdas y otros instrumentos que no pude identificar comenzó a tocar música suave occidental, clásica, aparentemente Brahms, o Chopin. Tras un breve silencio, sonó fuertemente un clarín, como la trompeta de una plaza de toros, anunciando algo: Iba a hablar el Presidente. Y el Presidente habló – en francés.
Huelgo comentar el discurso del presidente, pues fue un discurso igual a todos los discursos de todos los políticos de todos los países del mundo. Finalizado el discurso, luego del aplauso, la orquesta que yo no podía ver ni identificar por estar ubicada a mis espaldas comenzó con los acordes del himno de Uga-Makuba, que fue coreado por pocas personas, por ser de muy reciente factura, al igual que el propio país. Finalmente dio comienzo el acto. El primer número fue una danza en silencio, realizada por un bailarín joven, vestido con ropas típicas del país, un taparrabos y un gran manto que se ponía y se quitaba constantemente. Me explicaron que quería decir “Al acecho del tapir “. Luego vino la ceremonia central. Se iba a celebrar el “Cazador Cazado”, ceremonia en la que se iba a conmemorar la historia de la recién nacida nación Uga-Makubense.
Por un costado hizo su entrada en escena un niño llevando de una cuerda a un corderito negro. La orquesta ejecutó un par de acordes marciales. Acto seguido, por el costado opuesto ingresó un hombre alto, vestido a la manera de occidente, es decir, con pantalón y jaquet negros, y tocado con una galera, llevando de una traílla a un enorme cerdo que daba la impresión de ser rosado, de tan blanco que era su pelaje. El animal llevaba una especie de cubierta de tela blanca, con una bandera inglesa de buen tamaño impresa en el costado. El hombre llevaba una escopeta. Se acercó al corderito negro que el niño llevaba, y rápidamente lo mató de un tiro. El animalito cayó fulminado. El niño lloraba, o aparentaba llorar. En ese momento, y tras una fortísima clarinada, aparece un hombre alto y atlético, vestido con las ropas típicas del país, armado con un gran puñal similar a los kriss malayos, con la hoja en forma de víbora, y ante la aparente sorpresa del hombre de la ropa occidental, mata al cerdo con una certera puñalada, evidentemente con gran práctica y habilidad.
Allí, en ese momento, se ilumina fuertemente la explanada, y aparece un cuerpo de aproximadamente cincuenta bailarines, quienes comienzan una danza desenfrenada, al compás de la no menos desenfrenada música de la orquesta situada a nuestras espaldas. Tal fue mi sorpresa, que yo, y creo que ni Raúl, ni el holandés nos dimos cuenta de cómo se retiraron los “artistas” ni cómo habían retirado de escena los cuerpos del cordero y el cerdo muertos.
Terminada la ceremonia, los bailarines siguieron danzando al compás de la música que ejecutaba la orquesta, plegándose al baile buena parte de los invitados.
A la mañana siguiente, a las ocho en punto de la mañana, estaban ya los ocho automóviles alineados en la largada de la que iba a ser la primera carrera de algo como “Turismo Carretera” que iba a hacerse en el país. A la señal, dada por un par de soldados armados con fusiles de gran calibre, partimos por la ruta polvorienta. Yo rogaba que no se nos cruzara no ya un ciudadano sino una gallina, siquiera, ya que uno no sabe qué tipo de delito sería para la justicia de Uga-Makuba este tipo de atropello. Afortunadamente, si bien no podía verse el camino con claridad, no hubo inconvenientes mayores. En realidad, yo piqué en punta con el “tractorcito” desde la largada, y parece que gané por varios cuerpos, porque los demás participantes terminaron la carrera varios minutos más tarde. Debe ser que mi auto y yo estábamos acostumbrados a las carreteras de América del Sud.
Terminada la carrera y la entrega de premios, (que fueron bastante normales, eso sí, yo nunca había ganado una copa de oro puro) todo se desarrolló de manera bastante agradable – yo recordaba las carreras de TC, aquí, en nuestro país- y tanto yo, como Raúl y el holandés nos pusimos en un momento dado a charlar con el Presidente. Por ahí mencioné que me había tocado el número 1, y Raúl me dice: “Jugalo a la quiniela”. El Presidente oyó eso, e inmediatamente quiso saber de qué se trataba eso de la quiniela. Qué juego era ese. Yo, como pude, se lo expliqué, y el Presidente quedó absolutamente fascinado. No podía ser. Me pidió que al siguiente día fuera a verlo a la Presidencia con un informe detallado sobre el significado de la quiniela, sus formas de jugar y aplicaciones. Hasta habló de nombrarme Ministro de Deportes y Juegos de Azar, a lo que yo me negué de la forma más amable que pude. De todos modos, desde entonces, luego de mi visita, luego de la carrera Kholobutto – Gottunga – Kholobutto, la quiniela ha quedado instalada como juego de azar oficial en la República Independiente de Uga-Makuba.

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Palermo, 26 de marzo de 2019