GEMELOS

Eran “gemelos idénticos”, ésos que se desarrollan en una sola célula… Inidentificables. No sólo su aspecto físico, absolutamente iguales, y para distinguirlos uno del otro sus padres les ataban una cinta en la muñeca; colorada para Juan, y azul para Pedro, que tales eran sus nombres. No obstante, cuando estuvieron en edad de entender y de bromear, se las cambiaban intencionadamente, de manera que ni sus padres pudieran saber quién era quien.

       Pensaban igual, tenían los mismos gustos, y cuando estuvieron en edad de elegir, usaban la misma clase y color de ropa, tenían los mismos amigos, les gustaban los mismos deportes y la misma música; ya en el colegio secundario, pese a que los habían colocado exprofeso en aulas diferentes, se copiaban uno del otro y se presentaban muchas veces en los exámenes de manera cambiada. Juan estudiaba determinadas materias, y Pedro otras, y se presentaban a rendir según supieran, así que siempre sacaban buenas notas. A la salida del colegio se comentaban qué habían hablado con los profesores, ya que podía ser que algún docente sospechara del cambio de persona, y le dijera algo sobre lo que le preguntaría al día siguiente; eso era pan cotidiano, porque los maestros no eran tontos, pero hasta ese tema tenían dominado estos dos buenos adolescentes.

       Ni hablar de las novias. Según sus ganas u ocupaciones, ellos también alternaban las visitas a sus novias, disfrutando de las dos, y corriendo riesgos terribles, pero también en el campo de las conquistas amorosas salían, por lo general, bien librados. Claro está que en ninguna relación seria, ya que eran dos muchachos traviesos pero bien intencionados.

       Así el tiempo fue pasando, y cuando tuvieron que elegir sus carreras los dos eligieron economía, pero pronto dejaron – los dos – sus estudios y se dedicaron a trabajar, ya que la situación política y económica del país había entrado en un bache doloroso, y ya nadie podía mantenerse sin esfuerzo, tuviera el nivel socioeconómico que tuviera.  Como sus familias estaban muy bien relacionadas, ambos consiguieron ingresar a la marina mercante como comisarios de a bordo de sendos cruceros, y como consecuencia, salieron a recorrer el mundo.

       Juan y Pedro a partir de entonces se comenzaron a ver muy poco, si bien trataban de permanecer comunicados lo más posible con su familia, y entre ellos mismos, así que sus teléfonos celulares funcionaban a todo vapor, varias veces por día, pero, igualmente cuando uno estaba en Santiago de Chile el otro estaba en Singapur, y viceversa. Visitando tantos países, fatal fue que conocieran gente nueva y diferente, y entre esa gente nueva y diferente conocieran a alguna mujer que los enamorara. Y así fue. A su debido momento conocieron cada uno una novia nueva, y se casaron.

       Juan, en Buenos Aires. Pedro en Budapest.

        Con el cambio de estado civil, vino el afincamiento. Los dos dejaron la marina, ya que las familias generalmente se arman con la de la esposa, y consiguieron trabajo -¡oh casualidad! – en sendas financieras. A Pedro le resultó un poco difícil el idioma, ya que con su novia se comunicaban fácilmente en inglés, pero… había que hablar con el resto del mundo… húngaro. Bueno, primero empezó con “Igen”, “Nem”, (Sí, no), “jó-nap”, buenos días, “Köszönöm”, gracias, etc. No le resultó fácil, pues el Magyar es uno de los idiomas más difíciles del mundo, pero como el idioma de la economía y de las finanzas es único en el mundo, sólo que allí no hay pesos sino forints, pero “dólar” es igual en todos los idiomas del mundo, y si no se entiende se “huele”, así que finalmente los dos, Juan y Pedro fueron avanzando económicamente, cada uno en un país diferente, y sin ninguna ayuda lograron cada uno hacerse de un pequeño capital. Y entonces cada uno abrió su propio negocio.

        Los gemelos son gemelos. Pedro vino varias veces a la Argentina, a ver a Juan, y conocer su familia, y Juan viajó también a Hungría, a conocer los parientes  de Pedro, con quienes pudieron comunicarse gracias a que Eva, su bellísima esposa, (curiosamente parecida a Ana, la mujer de Juan),  dominaba el idioma inglés, que junto con la computación es la mejor forma de comunicación en estos tiempos, y le resultaron gente muy simpática y excelentes anfitriones. Fue muy gracioso para los húngaros saber que la empresa que Juan tenía en Buenos Aires era exactamente del mismísimo ramo que la que hace años tenía Pedro en Budapest: ¡Una agencia de Quiniela!

Nota: Me dijeron que Quiniela, en húngaro se dice “Labdarúgó medencék” . Así será… Palermo, 23 de julio de 2019