Desde la más remota antigüedad el hombre ha quedado impresionado por lo que ha soñado, y ha creído que todo sueño debía tener una determinada interpretación. Así en la antigua Grecia, las pitonisas o sibilas atendían a todo aquél que abonara su contribución al oráculo, y le interpretaban a su manera las imágenes que en sus sueños le atormentaran. Luego, en todas las épocas, al hombre le ha fascinado la interpretación de sus sueños, y ha sospechado que sus imágenes serían mensajes que les enviaría la divinidad, para augurarles algo provechoso, o advertirle de una posible pérdida. Esa relación costo/beneficio, por decirlo así, ha determinado al hombre la necesidad de jugar, de invocar al Espíritu Poderoso, arriesgando algo, como en Fausto la salvación eterna, para obtener un beneficio material. Así surgen las tablas para interpretación de los sueños, convirtiendo las imágenes en un número al que puede apostarse, arriesgando algo, y qué mejor que dinero, para obtener un premio determinado, naciendo entre otras, la Smorfia napolitana. Dicha tabla de números trascurría del 1 al 90, de acuerdo al loto italiano.

A principios del siglo veinte una gran inmigración italiana, especialmente napolitana y calabresa viene al Río de la Plata; gran parte de esta gente se establece en La Florida, Uruguay. De religión católica, traen sus cultos, creencias y supersticiones, instalando entre otras tradiciones  el culto a San Cono. La leyenda dice que este santo, que era inmune al fuego, fue hacedor de portentosos milagros. Esta adoración por San Cono pasa a nuestro país con la colonia napolitana. Y los napolitanos traen, precisamente, la tabla de la Smorfia (de Morfeo, dios del sueño) en base a la cual se crea aquí la interpretación de los sueños para la quiniela, un juego absolutamente argentino, con las modificaciones que suponen los cambios geográficos y culturales. En principio se agregan diez números más. El doble cero y del 91 al 99, para abarcar los cien números de la apuesta. Y aquí viene la parte curiosa, que tiene que ver justamente con la adaptación a nuestras costumbres de las imágenes que los números representan. Además, la adaptación – y cambio de la imagen – tiene que ver con la comodidad del que “levantaba quiniela”, modalidad que en nuestro país hasta 1973 fue ilegal, y que quienes realizaban esta actividad, en su mayoría eran analfabetos. Entonces se memorizaba la imagen que el número representaba, y viceversa. Muchos nombres tenían un doble sentido, ya que la quiniela fue rápidamente aceptada por la gente del campo y de los arrabales, donde imperaba el lunfardo, jerga tomada de la mezcla del castellano con los idiomas que los inmigrantes aportaban, desde el italiano o el inglés o portugués hasta el polaco, y la incorporación de algunas alusiones bastante groseras propias del hombre del “bajo fondo” (en la versión napolitana también había bastante grosería). Había números como el 2 (a Criatura, en dialecto napolitano) que para nosotros es “el Niño” o “El Nene”, o el 33 “La Edad de Cristo”, que conservan su nombre original. En cambio el 1, que para nosotros es “El Agua”, para la smorfia es “L’Italia” (puramente patriótico). El 85, que para nosotros es “La Linterna”, para la versión napolitana es “Le anime ‘o priatorio”, las ánimas del purgatorio. Y el muerto, que para nosotros es el 47, es el 62 para los napolitanos. Hay muchas más diferencias, con denominaciones groseras, que no mencionaré aquí, y también la versión argentina del doble cero que no representa la postura de la gallina sino la alusión a otra acepción de “los huevos”. Luego, desde el 91 al 99 los nombres son todos castellanos, como “enamorado”, “Cementerio”, “los anteojos” etc.

Un detalle curioso: El tan napolitano San Cono, que aquí es el 03, en la smorfia no figura. Allí el 03 es “A’jatt” (Quizás “La gata”).

Por último, quiero hacer mención al número 73, que en dialecto napolitano es “O spitale”, o sea “El Hospital”, en “argentino” a veces se denomina “El Hospital”, pero muchas veces se le llama “El rengo” (“gorrén”, al vesre, otra de nuestras predilecciones) para “disimular”, como para que el interlocutor no entienda, así como dicen “Graciela”, por “gracias”, “naranja” por “nada”, “pepino”, por “Gol” (alusión escatológica), pingo, tungo o matungo por caballo, ya que el lunfardo es también  lenguaje de los “burreros” o apostadores a las carreras de caballos, y al dinero se le llama mosca, mosqueta, tela, pasta, lana, biyuya, “los borrados”, vento (o tovén, al vesre), guita, cash, cueritos, palos fragatas, lucas, gambas, y antes “canarios” y “cardenales”, estos dos últimos términos ya fuera de uso.

En consecuencia, si oís que alguien le dice al quinielero “Gamba al gorrén a la cabeza”, es que quiso decir “apuesto cien pesos al 73, a la cabeza”.

PALERMO, 30 de diciembre de 2019