FORMAS DE JUGAR A LA QUINIELA Y OTROS ENTRETENIMIENTOS

  1. Entrar en una agencia de quinielas, dirigirse al que atiende la ventanilla y decirle – por ejemplo – “veinte pesos a la cabeza al veintidós, en la nocturna de la de Córdoba”.
  2. Llamar por el celular al quinielero amigo, y decirle – por ejemplo – “veinte a la cabeza al loco en la nocturna de Córdoba”.
  3. Otra que se te ocurra…

PERO…

        ¿Cómo se hacía hace 50 años? Igual, pero por teléfono, porque no había celular.

¿Y HACE CIEN AÑOS?  Bueno, lo mismo, pero por líneas telefónicas defectuosas, no se entendía bien, podían equivocarse en el número, en la cantidad de dinero, en la lotería que fuera, en fin no era seguro jugar por teléfono. Mejor era ir directamente a la agencia, jugar allí, las cantidades eran seguramente mucho menores, sobre todo porque nuestro dinero tenía mayor valor, los sueldos eran más bajos, y se supone que la gente que jugaba a la quiniela era de menores recursos que hoy en día; la gente adinerada perdía estancias en mesas de poker, o autos al pase inglés.

DESDE SIEMPRE  los clubes sociales de todo nivel han tenido sus salas de juego, ubicadas discretamente algunas, otras totalmente a la vista, ya que el juego de azar (o no tanto) está mal visto – desde siempre – por lo que podría decirse nuestra moral “victoriana”. El juego es instintivo en el hombre, es algo que nuestra especie lleva en la sangre como el instinto de muerte, por ejemplo, que es reemplazado por la cacería, o en todo caso se canaliza tanto en la guerra como en el deporte. Cuando el jugador “gana”, siente la misma sensación de placer que el hombre que mata. Bueno, yo nunca he matado a nadie… todavía. Pienso que el hombre que mata al hombre tiene su mochila de culpa – según su grado de cultura, naturalmente. Está el musulmán, que mata en el nombre de Allah, está el caníbal, que mata a su enemigo, y come su carne para adquirir cualidades (¿intelectuales? ¿espirituales?) que el muerto podría poseer. A mayor cultura, mayor culpa. Y la culpa no se elimina fácilmente.

Volviendo a los clubes sociales, en los pueblos del interior de nuestro país, que es esencialmente agrícolaganadero, ya que todos los intentos de los gobiernos que lo quisieron industrializar fallaron, muchos hacendados disponen de bastante tiempo libre; y así como el gaucho de principios del siglo veinte iba al boliche, a tomar unos vinos, a escuchar a algún guitarrero o a jugarse algunos pesos al truco o al mus, el patrón del campo se va “un rato al club”, a encontrarse con otros empresarios, a hablar de las lluvias, del precio de la soja o del maíz, y muy a menudo a trenzarse en alguna partida de algún juego de cartas. Muchas veces se hacen negocios en esas reuniones. Al suscripto le ha tocado viajar hace un tiempo a un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe, a concretar una entrevista con un posible cliente, entrevista que tuvo lugar en el club social… Previo levantarse el entrevistado de una mesa de pase inglés.

Otro elemento cultural que hace fundamentalmente al juego es el casino. El casino es “El Lugar” del juego. Viene a ser lo que el burdel en otro sentido. Lugares para saciar las necesidades instintivas del hombre. El casino es siempre lujoso. Suele estar en los hoteles, a efectos de tentar a quienes comen y duermen cerca. Y la vecindad les hace sentir menos culpa. “Ya que estoy en el hotel…” El casino desborda de luz, de color, de comodidades, pero no de música. La música distrae, desconcentra. Y para aflojar las tensiones, los casinos incluyen bares con las bebidas más increíbles, muchos de ellos tienen salas de esparcimiento, o grandes terrazas que dan al mar, y de tal manera están organizados que cuanto más culto o inteligente es el que va a jugar, más se apasiona, y así – al que escribe le consta – que hay en Las Vegas casinos que invitan a gente pudiente de nuestro país a concurrir a sus instalaciones pagándoles pasaje y alojamiento, con tal que vayan a jugar, y hasta les hacen préstamos, que luego – por cierto – recuperarán con creces. Hay muchos jugadores empedernidos que en esos casinos importantes, como también en los europeos como el de Montecarlo, en Mónaco, que terminan fundiéndose y suicidándose, a veces en el mismo casino. El instinto jugador del hombre – homo ludens – puede llevarlo, como pasión que es, a cualquier barrabasada.

Cuando terminé de escribir esto, pensé: ¿Qué hago, voy al casino a jugarme toda mi inmensa fortuna a una bola o una carta, o me voy al kiosco de la esquina a jugarle veinte pesos al 22? Querido lector, te dejo la duda, y espero que tu sentido común conteste mi pregunta con una sonrisa algo nostálgica…

Palermo, 27 de agosto de 2019