ESPERÁ A MAÑANA…

El hombre se levantó a la mañana, se afeitó, se bañó, tomó un ligero desayuno, y se marchó a jugar a la quiniela. Había soñado el número 34  que era “la cabeza”, y por lo tanto pensó en jugarle $ 50 “a la cabeza”. Cuando más tarde se fijó por internet, ese número había salido a la cabeza en la lotería de la Ciudad. Se dirigió a la agencia donde había hecho la apuesta, y cobró los $ 3500. ¡Qué alegría! No cabía en sí de gozo. En el momento en que estaba guardando el dinero en su gastada billetera, tuvo la sensación de que una mano helada le tomaba de la muñeca, y claramente oyó una voz apagada que le decía. “Ahora esperá a mañana”.

       Asustadísimo, recorrió su entorno con la vista, y pudo comprobar que, salvo dos empleados que estaban tras sus respectivas ventanillas, no había nadie en la agencia. Estaba solo. Esa voz le había hablado sólo a él. Echó otra mirada a su alrededor, y tras comprobar que en el salón estaba solo, y que los empleados no se habían dado cuenta de nada, guardó la billetera en el bolsillo y salió apresuradamente del local sintiéndose un hombre lleno de virtudes, como un superhéroe de historieta. En la esquina tomó el colectivo que lo llevaría a su trabajo, y al poner la tarjeta SUBE en la máquina de los boletos se fijó accidentalmente en  que su saldo era de $ 80… “¡La Bocha!” pensó. ¡Sí, “la bocha” era el número 80! La cabeza… la bocha… El mate, el bocho… Llegó a la oficina, se sentó ante su escritorio, pero no podía más. La cabeza le daba vueltas, no podía dejar de pensar en lo que había soñado, jugado, ganado, y ahora esa voz queda, que como un secreto le había susurrado “ahora esperá a mañana”.

       Pasó el día. Un día normal, que a él le pareció de 240 horas. Llegó a su casa, cansado como si hubiera trabajado muchísimo, como si hubiera tenido una jornada diez veces más pesada de lo que un día normal de su trabajo le ocupara. En cuanto llegó, se quitó el saco y se puso a ver un programa de televisión cualquiera, esperando que fuera hora de ir a dormir.

       Al fin llegó la hora, se acostó, y luego de dar varias vueltas en la cama, quizás cien, se quedó dormido. Durmió… durmió, y soñó… con el número 80. A la mañana siguiente, se se levantó de la cama, se afeitó, se baño, y fue casi corriendo a jugar a la quiniela al 80, todo a la cabeza. Todo a la cabeza. Tres mil quinientos pesos a la cabeza al ochenta…Jugó.        Esta vez no fue a trabajar. Se quedó esperando en el café de la esquina que se jugara la primera de la Ciudad. Salió el 80. Ganó. Cobró $ 245000. Salió de la agencia bastante mareado, sin saber bien dónde pisaba. ¡Doscientos cuarenta y cinco mil pesos! Se volvió al café, y pidió un cortado con una medialuna. Mientras tomaba a traguitos el café con leche tocaba suavemente el bolsillo interior del saco donde había guardado el dinero. Pensaba que en cuanto había salido le había parecido escuchar una voz que le decía “esperá a mañana” pero no estaba seguro. Ahora razonaba, pese a su estado de excitación. “No esperaré a mañana ni a pasado. No juego más”. 

       No obstante, cuando iba caminando oyó una voz, queda, apagada, que le decía: “Sí, tenés razón. No esperes a mañana. Jugale al 34 y al 80. No esperes a mañana…” . Casi se cae al suelo, desmayado. Alcanzó a apoyarse en una pared, justo frente a un número. El 3480. Dio un grito. Esta vez sí cayó al suelo, como una bolsa de papas.

       Papas. Eso es lo primero que vió cuando abrió los ojos. Una bolsa de rejilla, apoyada en el suelo, junto a su cabeza. Una mujer anciana le estaba echando aire con un abanico. Se veía que en cuanto había caído, esta mujer – que vendría de la feria – o quizás de jugar a la quiniela,  – lo había auxiliado. Su primer acto fue tocarse el bolsillo interior del saco. El bulto del dinero estaba. No le habían robado nada. Agradeció como pudo a la anciana, se levantó, y decidió volver a su casa. Se sentía bastante mal. Para tomar el camino a su casa tenía que pasar delante de la agencia de quinielas. Al pasar por delante de la vidriera, se fijó en los números que habían salido: el 34 y el 80 habían salido como siete veces. “Jajajá”, una voz queda, apagada dijo entre risas: “Te dije que ahora no esperaras a mañana…”

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Palermo, 21 de mayo de 2019