Enanito

El enanito caminaba por el borde del acantilado con la seguridad de estar haciéndolo en una plaza de cien metros por cien metros; como no había mucha claridad dentro de la cueva, y la pared tenía muchos salientes, por ahí José lo perdía de vista. Luego lo veía reaparecer. José pensaba “¿Estaré soñando? ¿Cómo es posible que yo, un corredor de bolsa, un economista reconocido, un hombre que trabaja con números, que cree únicamente en lo que ve y toca, esté siguiendo a un gnomo por un accidentado camino de montaña, y en realidad dentro de una caverna? Miró a su alrededor, y sufrió un fuerte mareo, lo que le hizo agarrarse fuertemente a la pared de piedra. Fría. Piedra fría. Fría y áspera. Realmente ¿Dónde estaba? A su derecha, una alta pared de roca se extendía hacia arriba, perdiéndose en la oscuridad. Evidentemente estaba en una caverna. A su izquierda, el abismo tan oscuro abajo como arriba parecía no tener fin. Lo único concreto era el camino, terriblemente estrecho, tanto que por momentos había que recostarse contra la pared para no caer al vacío. Más que un camino, era un ríspido sendero entre las rocas afiladas como cuchillos.
Súbitamente el camino tomó un recodo y la escena se iluminó con una claridad inesperada. El enano se detuvo, y le hizo señas para que se acercara. José tomó conciencia de su ubicación. Estaban ahora en una especie de mirador, de balcón natural desde donde podía verse una especie de valle bastante extenso, partido en dos por un río, y sobre el que se extendía un poblado de casas de techos de tejas con una plaza central, en la que se distinguía un promontorio como un monumento, y lo que a todas luces parecía un mercado. Un perfecto pueblo de cuentos de hadas. Pese a la altura a la que se encontraba, se veía gente discurrir por las calles zigzagueantes, y vehículos como carricoches cargados con mercaderías y distintos productos que evidentemente eran transportados para vender en el mercado. Una muralla de regular altura rodeaba al pueblo, comunicándolo con el exterior por medio de dos grandes portales. El enano lo miró a José con expresión de orgullo, y con una mano señaló la ciudad, y luego su propio pecho, y con una ancha sonrisa le habló por primera vez: “Te estuve esperando mucho tiempo. Este es mi pueblo” – le dijo – “Aquí nací, aquí vive mi gente”. “Y antes de ponerte en contacto con ellos quisiera instruirte un poco; quisiera que sepas cuál es el secreto que tiene esta raza antigua como la eternidad”. La voz del enano tenía un sonido extraño. José tenía la sensación de que venía de cualquier parte menos de la boca de este ser de reducidísima estatura y todo el aspecto de haber salido de un libro de cuentos para niños, con dibujos de Walt Disney. El enano dio una palmada en la pared de roca, ¡y en ese mismo lugar se abrió una puerta! José directamente dudó de su propia salud mental. Miró el hueco en la roca, totalmente tallado, con un marco de madera, al que estaba adherida la hoja de un grueso portón del mismo material. ¡Sí, era imposible, pero también era imposible todo lo que le venía ocurriendo! A una señal del gnomo lo siguió, y entraron en un enorme recinto lleno de libros y extraños instrumentos como relojes o elementos antiguos de navegación. Las paredes estaban cubiertas de grandes pizarras con distintas cantidades de números escritos. Números. Números por aquí, por allí, por todas partes. Y ahí el enano miró a José a los ojos, y le habló. Le habló con su voz de sonido artificial, metálico, y áspero durante ¿una hora?, ¿diez, cien horas? Cuando terminó, José había comprendido totalmente, se había empapado en lo que es la Ciencia de los Números, de las Probabilidades, y sobre todo del Juego. La Matemática de la Suerte. Las probabilidades de gozar y de sufrir, las probabilidades de ganar y de perder, las probabilidades de vivir y de morir. José se llenó de ciencia. José se sentía otra persona. Había comprendido todo, todo. Ahora hasta sabía que el monumento que había en la plaza del pueblo era la efigie de la Diosa Fortuna. Lo peor de la situación era que desde que había caído en medio de la noche, con auto y todo, en un enorme pozo que se había abierto en la ruta en plena tormenta mientras se dirigía al domicilio de un importante inversor, tuvo la sensación de que no terminaba de caer en medio de la oscuridad, de no tener puntos de referencia, de no tener sensación de estar sentado, parado o acostado, o flotando, y de pronto se encontró sentado en un frío suelo de piedra, en la oscuridad, junto a un gnomo ridículamente vestido, como si estuvieran en el siglo trece, que en ese momento tenía una antorcha en la mano, y lo miraba con curiosidad, como si se tratara de un ejemplar extraño, que fuera digno de examinarse cuidadosamente, y de ofrecerse a la exposición pública. El enanito, un gnomo en realidad, más pequeño que un enano común, lo miraba con cierto aire de diversión, y le hacía señas de que se levantara y lo siguiera. Al principio, totalmente aturdido por el susto y el súbito cambio de situación le había obedecido automáticamente, y lo había seguido por el tortuoso y áspero sendero. Pero ahora que su cabeza se había aclarado y estaba recordando las circunstancias en que había experimentado este cambio estaba entre sorprendido y hasta asustado, ya que se sentía totalmente distinto, incluso poseedor de un mayor conocimiento, llegando a pensar incluso si no estaría muerto. Al pensar esto comenzó con una leve sonrisa que se transformó en un estremecimiento de frío. Bueno, se dijo, soy un hombre adulto. Veremos qué está pasando. Se sentó en el suelo duro y frío de roca oscura del enorme salón. Se tendió de espaldas. No es tan duro el suelo después de todo, pensó. En realidad era bastante mullido el lugar donde estaba tendido. Abrió los ojos. La claridad era ahora mucho mayor. Varios rostros lo miraban. Reconoció entre ellos a su esposa, a uno de sus amigos, y había uno que no le era familiar. ¿Un médico?
Indudablemente, desde que despertó de su coma, José fue otra persona. Nadie sabía cómo comenzó a tener una increíble suerte para el juego. Especialmente para la quiniela. Cada vez que jugaba ganaba, y en esas circunstancias llegó a hacer fortuna. Una gran fortuna. Nadie sabía cuál era la razón de ese cambio en José. Sólo él lo sabía.
Bueno, él, y otra personita.

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Palermo, 19 de marzo de 2019