EN UN PRINCIPIO ERA EL VERME…

     En realidad, este relato comienza antes del verme. Antes del gusano. Este relato comienza cuando las aguas espesas y cargadas de elementos minerales y quizás radiactivos se estrellaban contra una costa hecha de betún, cuarzo, mica, feldespato y distintos elementos minerales u orgánicos, en medio de una nebla de vapores sulfurosos. En una de esas olas sobrenadaba un elemento casi microscópico, que al reflujo quedó en la playa pedregosa, adherido a una gran roca de mica, feldespato y cuarzo, y estuvo pegado a ella unos cuantos siglos, hasta que en la estación seca se desprendió de su refugio cayendo al suelo. Entonces ocurrió algo. Esa entidad latió. Cobró vida.

    Primero fue un movimiento espasmódico, como el de un resorte, orientado hacia el agua. Evidentemente, este ser necesitaba del agua para vivir. Se fue desplazando despacio; su propósito era regresar al mar. Allí pasaría varios siglos.

    Hasta que un día no determinado llegó al mar, y pudo hidratar su cuerpo reseco, y durante varias centurias más permaneció en el líquido casi hirviente y agitado, llevado y traído por las olas, hasta que le crecieron aletas y pudo orientarse en el enorme medio a su antojo, y comenzó a tener noción de dónde se encontraba. Le complacía participar de la vida en ese mar espeso, del cual obtenía todo el alimento que necesitaba. Su situación era tranquila, monótona, con periódicas visitas a la costa. Un día percibió la luz. Fue una extraña, si agradable sensación en toda su piel. Al mismo tiempo que notó la existencia de la luz, sintió que en su cuerpo se producían algunos cambios; tuvo noción de su cabeza, de su espalda, sostenida y gobernada por una especie de cuerda, y notó que ahora sus aletas le eran útiles tanto para desplazarse en el agua como en la tierra seca, que a la sazón se había convertido en una playa arenosa con algunos manchones verdosos; tan primitivos como evidentes señales de vida.

    Más siglos, tormentas, maremotos y tsunamis. Nuestro protagonista ya tiene dedos en las manos y en los pies, y puede vivir cada vez más tiempo fuera del agua, gracias a que se le han desarrollado tanto branquias como pulmones. Comenzó a encontrar alimento tanto en el agua como fuera de ella, y experimentó algo que le fue muy útil desde que tuvo ojos: la curiosidad. Esa curiosidad le hizo alejarse del agua atraído por el bosque, conjunto de seres vivos llamados en algún momento vegetales, dotados de poca o ninguna movilidad, pero de gran capacidad de proporcionar alimento, sombra y abrigo.

    Ya eran muchos los de su clase que habían abandonado el mar; algunos se decidieron por el bosque. Otros quedaron en la playa, tomando perezosamente el sol, y alimentándose de distintos insectos y hongos. A esta altura de nuestro relato vamos a bautizar a su protagonista. Le llamaremos Homo. El caso es que Homo, su familia y seguidores, abandonadas sus branquias, tomaron el camino del bosque, donde encontraron mucho alimento. Gusanos, insectos, hongos, bayas, frutas, y – con el tiempo – algunos pequeños mamíferos, como musarañas y ratones. Según sus preferencias o necesidades, estos personajes fueron desarrollando sus fauces y extremidades adaptándose a la vida a nivel del suelo, debajo de él, o en los árboles. Homo prefirió los árboles.

    Siguieron pasando los siglos. Homo y su familia vivían alegremente en los árboles, saltando de rama en rama, y alimentándose con elementos vivos, como frutas, gusanos, bayas e insectos, hasta que un día homo llegó al borde del bosque, encontró una pradera llena de flores y sabrosos frutos que no provenían de los árboles sino de pequeñas plantas a la altura del suelo. Decidió bajar del árbol e investigar. En la pradera encontró sabrosos animales que podían cazarse y comerse, algunos más grandes que alcanzarían para varios miembros de su clan, siempre que todos quisieran comer de ellos inmediatamente, ya que dejando pasar unos días no solo se pudrirían, sino que vendrían otros animales comedores de carne y de carroña que se los disputarían, costando muchas veces la vida de varios individuos del clan de Homo. Hasta que un día tormentoso cayó un rayo en el borde del bosque, y los Homos vieron el fuego. Se sintieron enormemente atraídos por su brillo, y algunos se quemaron queriendo tomar con sus manos las brillantes ascuas.

    Pero descubrieron algo. Que el fuego podía serles muy útil. Que les daría lumbre, abrigo en invierno, serviría para conservar sus alimentos, exponiéndolos a su llama, y los defendería del ataque de animales depredadores, y no sólo de éstos, sino de otros clanes de Homo que los atacarían con distintas intenciones. El haber descubierto el fuego le hizo a los Homo dar un gran salto hacia adelante.

    Siguieron pasando los siglos, y la familia de Homo creció en cantidad y en calidad. Algunos fueron decididamente cazadores, otros fueron agricultores, unos nómades, otros se establecieron, ya las familias se convirtieron en clanes, y éstos en grupos que construyeron chozas y demás signos de progreso con elementos que en un principio fueron de piedra y de madera, hasta que descubrieron los metales, y se organizaron en pueblos y ciudades. En éstas últimas los habitantes se organizaron socialmente, siguiendo a sus jefes o reyes, aprendiendo a contar y a escribir, y sobre todo, a pensar. Se establecieron leyes que se cumplieron y se infringieron a mansalva, el mundo siguió girando durante siglos y más siglos, separándose las ciudades en países, y los descendientes de Homo en razas, ideologías y religiones. Surgieron grandes líderes religiosos, que modificaron fundamentalmente las maneras de sentir y de pensar. Surgió el comercio, y aparecieron grandes filósofos y políticos que determinaron conductas. Como consecuencia de estas grandes diferencias, grandes guerras se desataron, y con ellas la humanidad – como terminó llamándose la familia de Homo – fue progresando tecnológicamente, ya que los científicos se dedicaron a perfeccionar las armas, a la vez que desarrollar medicamentos para sanar las heridas que las mismas guerras provocaran y combatir las enfermedades producidas por distintos agentes naturales, o consecuencia de la misma actividad humana.

    Paralelamente a otros signos de progreso, la familia Homo desarrolló el gusto por el juego. Al Homo le gusta el riesgo. Arriesgar. Y así como el juego es una especie de simulacro de la guerra o de la cacería, hay distintas clases de actividades lúdicas que son más o menos peligrosas. Se puede jugar a las cartas, a los dados, a la ruleta, o a la lotería… También se puede jugar a la quiniela. Sobre todo en nuestro país, la República Argentina. El argentino ha descubierto en la quiniela un modo manso y divertido  de arriesgar poco dinero con la posibilidad de obtener una recompensa proporcional e inmediata. Por eso el argentino es quinielero. Porque es argentino.Palermo, 9 de febrero de 2020