El Rey de la Quiniela

 

Esta es una historia que puede terminar bien o mal; puede habérmela contado un mendigo borracho de vino barato, con un apagado “pucho” en el costado de la boca en un bar de mala muerte, o en un hotel cinco estrellas un magnate algo panzón entre pitadas a un puro de la habana y sorbos de coñac francés, cuyo nombre no recuerdo, pero sí que le llamaban “El Rey de la Quiniela”.
Es posible que ustedes, queridos lectores, ya estarán imaginando cómo termina; de una u otra manera, ya que en la quiniela, como en la mayoría de los juegos siempre hay dos posibilidades: o se pierde, o se gana. Pero esta historia es diferente.
Se trata de la historia de dos mellizos: Llamémosles Juan y Pedro. Bueno, siempre los mellizos son dos, a menos que sean tres, en ese caso serían trillizos, o si nacen como consecuencia de algún tratamiento, que viene a ser como una redoblona en la quiniela, cinco o seis, que en ese caso se les diría “quintillizos” o “sextillizos”. Éstos eran dos, lo que se llama “Gemelos idénticos” absolutamente iguales en todo, menos en el carácter. Uno era más llorón que el otro. Su madre, para identificarlos, le puso a Juan una pulserita colorada, para no darle de mamar dos veces seguidas a uno y dejar llorando de hambre al otro, entre otras cosas maternas que el autor desconoce.
Sea lo que fuere, Su infancia fue bastante normal, así como en sus estudios; en el primario les hicieron el correspondiente “bulling”; y en el colegio secundario les llamaban a Juan, “El 22” (El Loco) y a Pedro “40” (El cura) como llaman a los números en la quiniela porque de hecho tenían temperamentos muy distintos. Al terminar sus estudios Juan quería hacer plata lo más rápido posible, así que consiguió trabajo en un locutorio que además de cobrar por llamadas telefónicas, porque muy raramente alguien solicitaba un teléfono, y alquilar las computadoras, vendían los “resultados de la quiniela de ayer”, fuera quiniela nacional, quiniela nacional nocturna, quiniela ayer nacional y provincia, hasta quiniela de Tucumán, o quiniela mundial, si fuera posible.
En cuanto a Pedro, lejos de ponerse a trabajar tanto en la quiniela como le ofreció su hermano como en ninguna otra actividad, decidió ingresar en la universidad, en la facultad de filosofía, mientras se mantenía con una magra pensión que una tía le pasaba mensualmente, orgullosa de que algún día su sobrino triunfara en la vida como profesional exitoso. Pese a que siempre andaba con muy poco dinero, siempre se jugaba algún numerito a la quiniela.
Con el tiempo, los hermanos siguieron viéndose, manteniendo una relación ejemplar. Juan siempre bromeaba diciéndole a Pedro que si se ponían de novios le iba a robar la novia sin que ni él ni ella se dieran cuenta, pero este último sabía que era una broma, y tal era así, que nunca ocurrió eso ni nada parecido, pero siempre su hermano bromeaba con lo mismo, y muchas veces le decía “vos ya estás para el 63” (en la quiniela “El casamiento”), cosa que a Pedro no le hacía mucha gracia. “¿Y vos no te vas a casar nunca?” le respondía.
Para esa época dejé de ver a los mellizos. Lo que ocurrió lo supe por amigos comunes . Según me enteré, Pedro se casó con Graciela, una joven muy bonita y entonces comenzó el drama. Juan se enamoró perdidamente de ella, de la esposa de su hermano; una tarde fue a visitar a la “feliz pareja”, como muchas veces les llamaba. Pedro no estaba ,y lo recibió la mujer. Juan se jugó, y entró haciéndose pasar por Pedro, encaró a su cuñada, pero ella con esa intuición que tienen las mujeres comprendió inmediatamente la situación, pero… resultó que ella también se había enamorado de Juan, y aceptó la relación con los dos… por supuesto sin que Pedro se enterara. Hasta que una noche, al decir de mis amigos, ocurrió lo inevitable: Pedro y Graciela habían invitado a Juan a comer. Estaban cenando, cuando uno le dijo al otro “¡qué hermosa es tu mujer! Lástima que no sea tan tuya ¿te la ganaste jugando a la quiniela?” Dice el amigo que me lo contó que se agarraron los dos con los cuchillos de la mesa, dándose de puñaladas, y que se tajearon profundamente en la cara, haciéndose un tajo profundo desde el ojo izquierdo hasta la boca. Mi informante me dijo que ninguno de los dos murió. Y que Graciela se quedó con uno de ellos, pero no se sabe con quién.
Hasta aquí la historia. Me la contaron dos personas. Una, un mendigo borracho de vino tinto en un bar de mala muerte, o un magnate algo panzón, entre pitadas a un puro de La Habana y sorbos de un coñac francés, con unos sorbos de más. No sé – sinceramente – quién era quién. Los dos tenían una cicatriz en la cara que iba desde el ojo izquierdo hasta la boca. No sé, como dije, quién era quién. A ninguno de los dos les pregunté sus nombres. Realmente nunca supe quién era quien, el mendigo del bar de mala muerte, o el magnate del hotel de cinco estrellas, a quién, según decían, le llamaban “El Rey de la Quiniela”
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