El Papelito

Omar era un apasionado de la quiniela. No podía vencer esa pasión que dominaba su vida, que no lo dejaba dormir por las noches, esperando que amaneciera para ir a jugarse unos pesos a algún numerito. Ese afán lúdico lo había perseguido toda su vida, desde que de niño le pedía a su hermano mayor que fuera a la agencia vecina, y le jugara a los números que soñaba, o que se le ocurrían en las más absurdas situaciones. Por ejemplo, cursando el tercer grado de la escuela primaria, cuando la maestra habló del descubrimiento de América, tomó cuidadosa nota de la fecha en que había tenido lugar, y le pidió, como siempre, a su hermano que jugara a la quiniela, a las cuatro cifras, a las tres, a las dos, y hasta a la primera cifra, que paga muy poco, y luego en redoblona a los veinte premios, lo que le supuso romper su alcancía, por supuesto en forma de chanchito, y llevar a cabo todo un proceso de numerología. Sumó los números de la fecha, los redujo a una única cifra, luego multiplicó esa cifra varias veces por distintos factores, y obteniendo sus resultados, le pidió a su paciente hermano que le jugara al 10 y al 01. Su consanguíneo esperó a que abriera la agencia de quiniela que quedaba a tres puertas de su casa, y que al jugarle al número de la calle le había hecho perder varias veces. Como está dicho, así empezó, y luego – ya mayor – jugó a la quiniela, la edad de su novia, las fechas de nacimiento y fallecimiento de sus padres, la patente del auto, su número de DNI, y a todo lo que le pareciera jugable. Además pasaba las horas estudiando los resultados de ayer, de la quiniela de nacional y provincia, calculando el número que saliera, más la fecha en que se había jugado. Por supuesto que perdió varias veces, pero no cejó en su empecinamiento de jugarle a todo lo que pudiera medirse o pesarse. “La quiniela es la quiniela” decía, y no podía dejar de jugar.
Pasaron los años. Una tarde que estaba tomando un café en un bar de San Telmo, le llamó la atención una mujer de rostro muy hermoso, con rasgos levemente orientales, que en una mesa vecina saboreaba lentamente una copa de algún licor desconocido. Omar se dio cuenta de que lo miraba con gran intensidad, como si quisiera decirle algo. De pronto, la mujer llamó al mozo, pagó su consumición, y al salir, sin darle tiempo a reaccionar, le dejó sobre la mesa, al pasar, un papelito en el que podían verse escritos unos signos para él desconocidos. Parecían escritos en algo como chino, o algún lenguaje cifrado. Apenas repuesto de su sorpresa, sin llamar al mozo dejó un dinero sobre la mesa y salió rápido del bar pensando encontrar a la mujer. Una vez afuera miró hacia ambos lados, pero la calle estaba vacía. Perplejo, miró el papelito en su mano “¡qué diría ahí!, ¿Quién entendería esto?” De pronto se le hizo la luz. Iría a ver a su vecino Wang-Lu, un chino que tenia la famosa agencia de quiniela junto a su casa, y en la que tanto dinero había perdido, y por qué no ganado, y que seguro le leería el misterioso papelito. Sin pensarlo dos veces tomó el primer taxi que pasaba, y el viaje hasta la agencia le pareció que duraba un siglo. Había llegado. Pagó el taxi, entró en la agencia, y fue casi corriendo hasta la caja en que estaba cobrando su amigo chino. Éste, sonriente pero algo extrañado por el estado de ansiedad que Omar se encontraba, escuchó su relato, tomó el papelito, lo miró, aparentemente intentó leerlo varias veces, y se lo devolvió diciendo “está escrito en un dialecto chino que sólo se habla en el Tibet. La mitad son números, pero en esa escritura no sé leerlos. Por la caligrafía parece escrito por una mujer. Si hubiera estado escrito en mandarín parecería una jugada de quiniela”. Casi en estado de desesperación, Omar salió a la calle con el papelito en la mano, de la que se lo arrancó un fuerte golpe de viento. El invierno se acercaba, y el tiempo se estaba poniendo inestable. Lo vio volar; trató de agarrarlo, pero la cantidad de gente que en ese momento llenaba la calle le impidió darle alcance. Amargado, pensó “¡Dónde habrá ido a parar!”
Volvió cabizbajo a su casa, no sin pasar por la agencia de quiniela, y jugarse un numerito.

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