El Matemático

Muchas historias de aventuras comienzan con un sueño. El sueño es la parte de nuestra verdadera personalidad que se libera cuando la Razón está dormida, y los pensamientos que estaban encerrados como ratones en una pecera se animan a salir y fruncir sus curiosas naricitas en las nebulosas catedrales del Sueño. Sin poder distinguir límites en los increíbles ámbitos por los que discurren inquietos, sin amilanarse en absoluto, o a veces muertos de miedo de lo que podría ocurrir. Un mismo sueño puede producir tanto un placer infinito como un terror indescriptible a la misma persona. Sobre todo cuando esa persona es un matemático.

Juan, digamos que así se llamaba, era un profesor de matemáticas. Como muchos profesores de esa materia, vivía lleno de dudas, pues la Matemática es una ciencia que apasiona a quien dedica a ella su vida, y lo incita a saber más y más, a conocer sus más oscuros recodos, y a desentrañar las razones de sus profundos misterios.  En la matemática, ellos sostienen – y no será el autor quien los desmienta – que en ella se encuentra, debidamente enmascarada, la Razón Principal de Todas las Cosas. Sí, puesto así con mayúscula, pues muchos matemáticos han considerado a través de la historia, que allí mismo se encontraba – o se encuentra – el mismo Dios.

Juan, aparte de su pasión por la ciencia del cálculo y la mensura, era una persona normal de edad mediana, un hombre estudioso, que trabajaba como dijimos de profesor, tenía una cátedra en una importante universidad, a veces daba una charla sobre su especialidad en alguna institución, tenía una novia que le era fiel, los sábados daba largos paseos por el parque cercano a su casa, e iba al cine todos los domingos. Su vida era bastante normal, la vida de un hombre común, de clase media pero… Juan era un gran soñador. Soñaba siempre, dormido o despierto. Despierto, soñaba como cualquier otra persona normal sueña; con mejorar su situación económica, a veces con formalizar una pareja con su novia, tener varios hijos, o los que Dios y la suerte les mandaran, tener su casa propia, quizás, y un auto, en fin, los sueños que muchos de nosotros tenemos y creemos que también tienen los demás.

Pero dormido… Juan al dormirse despertaba en otra dimensión. Despertaba en un lugar diferente, donde la gente era absolutamente intelectual, y donde sólo tenía valor lo matemático: Juan en sueños habitaba un mundo, un país, y hasta una ciudad completamente diferente a donde transcurría su vida mientras velaba. La ciudad misma estaba construida en base a razones matemáticas, las calles eran absolutamente perpendiculares unas a otras, y cada idéntico número de cuadras surgían diagonales directamente proporcionales a la cantidad de manzanas construidas. La armonía y simetría eran tales, que llevaban a la confusión, pues a menos que uno tuviera una brújula, y supiera desde qué costado había encarado el cruce de la ciudad, se perdería irremisiblemente. Además, las calles tenían los mismos nombres: Pitágoras, Euclides, Newton… En el mismo orden, y las numeraciones eran trinomios cuadrados perfectos, o cuatrinomios cubos perfectos, o Pi, o Ro, o N, o Gogool, y en la plaza principal, cuyo nombre era “Cuadrado de la Hipotenusa”, se alzaba un templo a la Diosa Phi, o sea al “Número de Oro”.

En ese contexto es que salía Juan a caminar en sueños. Admitamos que muchas veces se despertaba un poco perturbado. En una oportunidad, no digamos cuándo ni dónde, ni porqué ni cómo – comprobó que un hombre caminaba a su lado. Tenía la cabeza afeitada, una larga barba blanca, calzaba botines de fútbol, largas medias a cuadros verdes y bermejas, un short de gimnasia, y llevaba puesto un largo jaquet algo anticuado, negro con grandes cuadros amarillos. De golpe comprendió que el hombre le hablaba. “Dígame” le oyó decir “¿Conoce usted la Teoría del Caos?, ¿Nunca pensó que a lo mejor las cosas no son lo que parecen?, ¿Sabe lo que es el efecto mariposa?, ¿¡Y si mañana usted suma dos más dos, y le da menos treinta y siete!?… ¿Imagina los alcances de la Incongruencia?”

Juan despertó sobresaltado. Nunca su dormitorio le había parecido tan confortable, con cada cosa en su lugar, la lámpara, la biblioteca, la computadora… Se levantó de la cama, se lavó la cara, se vistió apresuradamente. En su cabeza daba vueltas y vueltas el discurso de ese hombre, de ese loco… ¡Sí! ¡Loco es que ese hombre era… Loco… ¡El veintidós!…

Salió caminando rápido, casi corriendo rumbo a la agencia de quiniela más cercana. Le jugó veintidós pesos al veintidós, a la lotería más próxima, y esperó a que se jugara mientras caminaba dando vueltas a la manzana, contando sus propios pasos, presa de una gran excitación. Finalmente, se dirigió a la agencia para averiguar el resultado. Efectivamente, ya se había jugado. Había salido el 70. Juan respiró aliviado. No podía ser que todo fuera tan perfecto, ni que fueran tan ciertas las casualidades significativas de Carl G. Jung. El 70 es llamado en lenguaje quinielero “El Muerto de Sueño”… En fin…

          PALERMO, 10 de septiembre de 2019