EL HOMBRE DEL PARAGUAS

A través de los años que han pasado desde que abrí mi agencia de quiniela, he visto tipos raros entre los clientes, pero nunca uno como éste. Un día entró, no recuerdo cuándo. Era un hombre de estatura mediana, bastante delgado, algo encorvado, vistiendo uno de esos sobretodos reversibles que también sirven para el agua, negro al igual que su traje, sus zapatos y el sombrero que cubría su cabeza quizás semicalva, escondiendo más que mostrando una cara de rasgos afilados y ojos pequeños  y hundidos junto a una larga nariz ganchuda. Llevaba en su mano derecha un paraguas negro, antiguo, de esos largos de madera  y tela, se veía que cerrado a los apurones, ya que había quedado con “panza”, de manera que daba la impresión que estuviera lleno de algo. Cuando lo ví  me causó una impresión desagradable, de rechazo. Tenía todo el aspecto de esos personajes malignos del teatro del siglo diecinueve, de los cuentos de terror, o quizás de los avaros, de los prestamistas shakespereanos, y una palidez que hacía pensar en Drácula.

     La primera vez que entró al local, se limitó a mirar hacia todas partes, como si desconfiara del lugar donde se encontraba, y salió nuevamente a la vereda, mirando hacia ambos lados, como si estuviera esperando a alguien. Volvió a entrar, y se arrimó al mostrador, a la ventanilla que atiende mi empleado José, y encarándolo, le preguntó en qué horarios trabajaba la agencia, a qué juegos se podía apostar, y  le pidió una explicación detallada de los mismos. También quiso saber cuál era el límite de las apuestas, y si al resultar premiados los números jugados pagábamos los premios inmediatamente y en efectivo. También quiso saber si podía apostarse en dólares, y en ese caso también hasta cuánto, y cómo cobraría el premio. Se le explicó que – como realmente hacemos – sólo se toman apuestas en moneda nacional. Tantas preguntas hizo, que mi empleado llegó a sentirse un poco molesto, y luego del aluvión de preguntas le contestó un poco secamente; (me consta que fue nada más que un poco, que no se propasó en absoluto), pero de pronto el hombre se puso más pálido aún de lo que ya era, luego su cara tomo un tinte rojo tomate, y con voz temblorosa, a la vez que levantaba su paraguas en un gesto amenazante, le dijo: “usted disculpe, pero yo quiero estar enterado lo más posible sobre la empresa en que voy a invertir mi dinero”.

       Tanto mi empleado como yo, que estaba sentado detrás, ante mi escritorio, no pudimos ocultar la sorpresa ante tal respuesta, y hasta a mí se me escapó una carcajada, que por espontánea tuve que cubrir con mi mano, para evitar una escena más incómoda aún. José, a quien a veces se le va la mano cuando un cliente se pone pesado, o dice algo sin sentido, en un momento dado le dijo: “Hoy es un día de sol. ¿Para qué lleva usted paraguas?”.

       “¡Para jugar!” le contestó. Y abriendo súbitamente el paraguas, lo levantó en el aire, y de su interior comenzaron a caer billetes de todas denominaciones. ¡El paraguas estaba “panzón” porque estaba lleno de dinero!

       Los billetes flotaron un instante en el aire, y descendieron girando y esparciéndose en todas direcciones. Tanto yo como José, mi empleado saltamos de nuestros asientos y corrimos a la puerta de entrada, a fin de cerrarla para evitar que se produjera el consecuente desparramo y escándalo. Afortunadamente en ese momento no había ningún apostador en el local, y pudimos recoger y juntar los billetes que habían quedado desparramados por todas partes. El hombre  – inmóvil, como una estatua de granito negro – miraba hacer con una expresión seria, casi maligna.

       Juntados y ordenados los billetes, pudimos contar sesenta y cuatro mil pesos, en billetes desde mil hasta los de cinco pesos, que están próximos a  perder su valor legal. Le informamos la suma al hombre, quien confirmó que esa era la suma que había traído, y expresó que quería jugarla toda al veintidós, a la cabeza, “al loco, en la primera jugada de hoy de la Quiniela de la Ciudad”. Tales fueron sus palabras. José le extendió la boleta correspondiente, y yo guardé el dinero en la caja fuerte. El hombre dio media vuelta y se fue, revoleando el paraguas como si fuera un molinete.

      Ese día, y por muchos otros el veintidós no salió premiado en ninguna lotería. El hombre no volvió más. Palermo, 12 de agosto de 2019