El Emperador

I

El Emperador llamó a su secretario privado, el Conde Klokerboer, y le dijo: Jaimito, haceme jugar unos pesos al 25 a la cabeza.
-¿En qué quiniela, Majestad? ¿Y cuánto desea jugar?
– En cualquiera, total todas pueden salir, o pueden trucharse. Y el monto… Bueno, jugale cincuenta pesos al 25 a la cabeza en todas las que haya hoy.
– Así se hará, Majestad.
– Jai, me tenés recontrapodrido con eso de Majestad. Si además, en realidad sos mi primo.
– Sí, Majestad, pero hay que guardar las formas.
-Pero qué formas, si aquí no hay nadie…
– Las tapias tienen orejas, es el dicho.
– Yo lo conocía como “las paredes oyen”.
– Es lo mismo.
(El conde se retira)

II
El Conde Jaime de Klokerboer se dirige a su despacho de la Secretaría Privada del Emperador, y llama a su secretario privado : -¡Marqués de La Paillette!
(El joven Marqués acude, presuroso)
-¿Monseñor?
-Vaya inmediatamente al Departamento de Exterior, y haga saber que es mi disposición que averigüen en la agencia de quiniela más próxima al Palacio cuántas jugadas de quiniela hay en el día de la fecha. Una vez obtenida esa información diríjase por el medio que corresponda a la sección Gastos Generales de Caja Chica, y solicite una asignación de emergencia por cincuenta pesos por cada jugada. Una vez obtenido ese dinero diríjase al Departamento de Gastos Generales, y encárguese personalmente de que el encargado competente se encamine a la agencia más cercana al Palacio Imperial a efecto de realizar una jugada de quiniela para Su Majestad. A tal efecto hago entrega a usted en este momento de la autorización pertinente para el retiro de los fondos de referencia. En habiéndose realizado la jugada, deberá usted informar inmediatamente el monto de lo erogado, al propio tiempo que hará entrega al suscripto, o sea a mí, Jaime de Klokerboer, las boletas de quiniela correspondientes, así como dos fotocopias de las mismas, una, para el Jefe del Departamento de Caja Chica, y otra para Mi Persona, debidamente legalizada por el Escribano Mayor de Palacio.
-Señor, debemos apresurarnos entonces, porque falta solamente una hora y media para que se cierren las agencias, y no van a quedar muchas loterías por jugarse.
-Con más razón, Marqués. ¡Apúrese!
– ¡Sí, señor Conde!
(El joven Marqués de la Paillette sale disparando como perseguido por los acreedores).

III

(El joven Marqués de la Paillette entra como el rayo en la oficina del Vizconde Degli Ussurpatori, interinamente Jefe a cargo del Departamento de Exterior, ya que el titular, Vizconde Do Cuitinho se encuentra tomando unos baños en Baden Baden por prescripción médica, y va a estar ausente por unos treinta días. Se entiende que para ese evento y quizás por única vez cuenta con la autorización verbal del propio Emperador, quien mantiene una amable relación con la hija del Vizconde Do Cuitinho, pero esto no viene al caso. Entra el joven Marqués de la Paillette, y se encuentra con la secretaria privada del Vizconde, quien está a la sazón tomando mate, como quien dice, cebándose unos amargos, costumbre de haber estado destacada por largos años en la Embajada de su país en la Argentina. En esos tiempos su país era el Reino de Portugal. Aún el Imperio no lo había conquistado.
-Rebeca, por favor! Exclama el Marqués, jadeante – tengo un encargo del propio Emperador. Es urgente. (Rebeca baja sus bien calzados pies de la tapa del escritorio, y lo mira con los ojos abiertos como un dos de oro) -¿Qué te pasa pibe?
-Pasa que el Emperador Mismo, Su Majestad, Su alteza Imperial, ha expresado su deseo de jugar cincuenta pesos al veinticinco a la cabeza en todas las loterías que haya. Necesitamos saber en primer lugar cuántas hay, supongamos que sean cinco, para multiplicar por cinco o por veinticuatro si son veinticuatro la suma de cincuenta pesos, para conformar un monto que permita llevar a cabo la jugada con el éxito que merezca en proporción al esfuerzo que corresponda. Luego solicitar esa suma a Gastos Generales de Caja Chica, y salir prácticamente corriendo de aquí para poder llegar a tiempo a jugar a la agencia de quiniela.
– Y decime, pibe, (La secretaria le guiñó un ojo al Marqués, mientras sonreía con el costado de la boca conque no chupaba de la bombilla del mate. No sé cómo lo haría, pero lo hacía) –¿Y si nos quedamos con la guita, y le decimos que la jugamos y que no salió el 25?
(El joven Marqués, se estremeció. Su rostro se cubrió de rubor) –Imposible, Rebeca. Debo entregar las fotocopias legalizadas de la operación de compra de las boletas de quiniela al Conde Klokerboer.

IV
Por respeto al lector, esta pieza literaria termina aquí. Sólo pretende el autor demostrar al grado que puede llegar la burocracia, y el costo económico que significa un acto tan sencillo como ir a una agencia de quiniela y jugarle a la cabeza al veinticinco cuando se es cabeza de un Gran Imperio.

 

Palermo, 5 de febrero de 2019