¿Vieron que existe “el bichito de la duda”, el “bichito del rencor”, los bichitos del amor y del odio, que son bravísimos, el del rencor, el de la angustia, y tantos otros bichitos que se apoderan del espíritu del hombre, y le pueden hacer que cometa terribles barrabasadas? Bueno, pues yo soy el Bichito del Juego. Y les cuento: En cuanto tuve conciencia de mí mismo, y me enteré de las consecuencias que podía traer al género humano la desviación de mi conducta, la cantidad de posibilidades que se me presentaban, los infinitos caminos, las miríadas de puertas que se me abrían, me pegué un susto de aquellos; me abrumaron las responsabilidades. Me di cuenta de que yo era como un glóbulo rojo de la sangre humana, que circula en tropel por todo el sistema circulatorio, penetra en el cerebro, dando pábulo y origen a infinidad de pensamientos que pueden ser quizás altamente destructivos, así como base y creación de grandes obras. Lo que sucede es que como  yo soy primo hermano del bichito del vértigo  y del bichito del peligro, hay grandes posibilidades de que yo sea responsable de actos peligrosos para quien me aloja hacia sí mismo y hacia los demás. Si, ya sé que nosotros los bichitos de esta familia somos nacidos de huevos que pone el diablo, pero tengamos los genes que tengamos también somos poseedores de un bueno y libre albedrío, de modo que cuando aparecemos en un determinado humano, podemos elegir cómo orientar su conducta, llevándolo desde un temperamento manso y apacible a uno bravo y avasallador, capaz de derribar las murallas de Jericó, o el Muro de Berlin, pero también socavar la estabilidad de una familia, y llevar a mi huésped hasta el suicidio. Por lo tanto, dije, voy a tratar a quien me aloje de hacerle la vida de lo más tolerable.

Vine a caer en un hombre normal, un hombre de pocas pretensiones, obrero en una fábrica de automóviles, cuya ambición máxima era la de una vida tranquila, llegar a obtener uno o varios ascensos en su trabajo, no discutir con los jefes ni con los delegados del sindicato, poder algún día tener su casa propia, su auto, que compraría usado, y por supuesto la mejor educación que pudiera dar a sus hijos, que obviamente no podrían ser más que dos. Inmediatamente de ubicado me fijé en mi botonera, y apreté “quiniela”. Mi hombre jugaría sólo a la quiniela. Sí, porque si yo hubiera aumentado el panorama y agregado, por ejemplo, “ruleta”, “black jack” o “punto y banca”, en algunas vacaciones que quien me alojaba se hubiera tomado a un lugar donde hubiera un casino, tendría que haber programado la capacidad de frenar al llegar a determinada apuesta, para evitar la bancarrota y el consecuente desastre familiar. Todo esto es muy complicado, porque hay que revisar la programación a cada rato, ya que estas conductas dependen de una cantidad de factores como cultura, formación religiosa, y combinaciones con otros bichitos, como el del sexo, de la avaricia, y otras yerbas no menos aromáticas, que podían no sólo hacerle cometer una barbaridad a mi huésped, pero sobre todo me complicaban la programación. Así que le asigné “quiniela”, y su vida se desenvolvió de lo más tranquila, jugándose unos pocos pesos cada quincena, cada vez que cobraba, al 22, “el loco”, al “03”, san Cono, porque tenía un amigo uruguayo que se lo había recomendado, y al 24, porque el 24 de febrero era el Día del Mecánico Automotor.

Bueno, así han pasado muchos años. El hombre que me tocó en suerte generalmente perdió en sus apuestas, pero cada tanto se juntó con algunos pesos tanto como para no perder el entusiasmo. Su vida ha ido trascurriendo con cierta paz, teniendo en cuenta factores externos que podían incidir más o menos en su economía. Pero no tuvo grandes baches.

Todo anda bien, aunque a veces… a veces… me dan ganas de apretar otros botones, sobre todo, cuando en el torrente sanguíneo me encuentro con el Bichito del Turismo Internacional, por ejemplo…

Es que un Bichito del Juego como yo, por más bueno que sea, no puede olvidar de que es nacido de huevos que pone el diablo…

PALERMO, 26 de noviembre de 2019