ECUMÉNICO

          Ecuménico Smith era internacional, un ciudadano del mundo. Había nacido en manila, criado en San Telmo, y por su trabajo – había hecho carrera en una multinacional que tanto vendía refrescos como cigarrillos y hamburguesas – había  recorrido todas las capitales del mundo occidental y muchas otras del oriental también. Mucho tiempo había estado en Hong-Kong con la empresa, tratando de introducir la gaseosa que elaboraba su empresa en esa comunidad china cuyo mercado ostentaba una economía más acorde con Londres y Nueva York. Había tenido hijos en Santiago de Chile, Georgetown,  y Bruselas. Tenía intereses en Australia y Nueva Zelanda, y una ex–esposa en Alberta, Canadá. No había comida en el mundo que no hubiera probado ni cama de hotel de lujo o posada humilde en que sus espaldas no hubieran descansado. Conocía las costumbres de las sectas más secretas de la india tanto como los hábitos de los Touareg del desierto. Hablaba, entre dieciséis y veinte idiomas y dialectos, y conocía todas las variantes de los juegos de azar.

          Bueno, en realidad, todas no. Y aquí está el punto de arranque de nuestra historia. Ecuménico se había criado y cursado sus estudios en San Telmo, Buenos Aires, porque su padre, aristócrata filipino perseguido por las invasiones y el famoso “Desastre de 1898” había tenido que cambiar su apellido español Cerezo por el anglosajón Smith para sobrevivir en la localidad de Baler, último reducto español, y emigrar con documentos falsos a América con su joven mujer y su hijo recién nacido. Vino a parar a Argentina, como muchos inmigrantes en aquellos tiempos, instalándose en una pensión de mala muerte en el barrio de San Telmo, donde vivió Ecuménico sus primeros años, yendo a la escuela pública, primaria y secundaria, donde era conocido por su rasgos orientales como “El Chino Esmit”.

          Cuando Ecuménico terminó sus estudios, gracias a su origen estadounidense, ya que a la fecha de su nacimiento Filipinas pertenecía a los Estados Unidos, pudo emigrar al país del norte, más precisamente a Nueva York, donde tomó contacto con la empresa multinacional que pautó definitivamente su futuro, enviándolo, a medida que iba obteniendo ascensos a países de los hemisferios norte, sur, occidental y oriental, en fin, a prácticamente el mundo entero. Así conoció los juegos más variados, desde el Go chino, hasta las tabas segovianas. Pero en la vida, con el paso de los años, siempre se aprende algo nuevo, así que a nuestro internacional amigo le ocurrió lo siguiente: un día cualquiera, viviendo Ecuménico con su familia en París, Francia, entre la correspondencia que recibía a diario  en su oficina encontró un sobre con matasellos de Buenos Aires, algo que hacía años que no recibía. Ansioso, abrió el sobre, y leyó que era una carta de un hermano suyo, menor que él, a quien creía muerto. Ecuménico, al emigrar a Nueva York había perdido todo contacto con su familia. Una vez había recibido una noticia no segura de que sus padres habían muerto en un incendio, sin precisar exactamente dónde, y de su hermano menor llegó a pensar que había muerto con ellos, así que recibir esa carta y comunicarse por skype al mail que le mandaba fue todo uno, enterándose de que Arthur, tal era el nombre de su hermano, vivía en Palermo, otro barrio de Buenos Aires, estaba bien, y lo invitaba a pasar unos días a su casa para conocerse y reanudar una vida de familia que nunca habían tenido.

          Pocos días más tarde Ecuménico arribaba al aeropuerto de Ezeiza en un vuelo privado de la empresa cuya filial francesa en ese momento gerenciaba. Con su hermano el encuentro fue muy emotivo; aparte de los rasgos orientales de ambos, los dos tenían el mismo lunar sobre la ceja derecha, así que se reconocieron al instante. Hechos los trámites de migraciones, partieron inmediatamente a casa de su hermano. Una vez allí, Arthur le presentó a su esposa y a sus dos pequeños hijos, con quienes congenió inmediatamente. Fueron a almorzar. Y mientras estaban almorzando, Arthur mencionó que había jugado a la quiniela y había ganado unos pesos. “Ah, quiniela, eso del fútbol”, dijo Ecuménico, que había oído bastante en Europa lo de las apuestas por ese deporte, al que él no era muy afecto. “No”, le respondió Arthur. “Aquí se juega a la quiniela con los números de las distintas loterías”. A nuestro hombre le pareció sumamente interesante y divertido y le pidió a su hermano que lo llevara a una agencia, para hacer una apuesta él mismo.

          Desde ese momento la conversación, que hasta entonces había versado, como es de suponer,  sobre un gran abanico de temas familiares y turísticos, tomó otro rumbo; a pedido de Ecuménico, Arthur le estuvo explicando durante largo rato y  con lujo de detalles en qué consistía el juego de la quiniela, cómo se realizaban las apuestas, cómo el premio era en proporción a lo apostado, y demás generalidades al respecto. A Ecuménico le interesó tanto el tema, que no quería hablar de otra cosa; además quiso saber qué rentabilidad tenía ese juego para el agenciero, qué relación había entre lo recaudado y lo pagado en premios. Le pidió a su hermano que lo llevara a conocer una agencia de quiniela.

          Creemos que se hace innecesario continuar con el relato, pues ya el lector habrá imaginado cómo termina. A grandes rasgos diremos que Ecuménico se retiró con grandes honores de la empresa multinacional donde había trabajado tantos años, radicándose en Buenos Aires con su esposa sudafricana y su hija menor, que aún permanecía soltera, poniendo una agencia de lotería y quinielas en Palermo, en la calle Thames.

          Creía que ya su conocimiento sobre juegos de azar y de mesa se había completado… Hasta que se enteró de la existencia de la Taba, y el Monte Criollo.

          Pero “Eso es otra historia”, como dijera Kipling…

Palermo, 17 de diciembre de 2019