DIALOGO ENTRE UNA BOLILLA DE LA LOTERÍA Y UN DADO

-¿Quién eres?

-Un dado. ¿Y tú?

-Una bolilla, de ese bolillero que ves ahí.

-¿Para qué sirve un bolillero?

– Un bolillero sirve para un sorteo. Un sorteo es – girando el bolillero – el dar una única ocasión a una bolilla determinada por el azar, para salir de su encierro antes que las demás…

– ¿ Y qué beneficio te trae el salir primero?

– Pues… A mí, una enorme satisfacción, y de pensar que favorezco a alguien. En este caso, ese bolillero es para la lotería y la quiniela.

– ¿Por qué tienes esa forma?

-¿Yo? Porque así puedo correr, saltar, caer, rebotar, me permite ser libre, sin perder mi número…

– ¡Pero tú tienes un solo número!

– Sí, y estoy orgullosa de ello, imagínate todo lo que puedo hacer sin perder el número de orden que me corresponde. Soy la bolilla 25, y no la 24, ni la 26, y puedo ir y venir, sin perder mi identidad. Soy feliz siendo así…

– Pero estás atada a un número solo, en cambio yo puedo caer tanto en uno, como en dos, en tres, cuatro, cinco o seis; tengo más posibilidades de hacer ganar a quien me tira. Y si juego en compañía de algún otro, puedo llegar hasta doce; y si es en el Pase Inglés, si salimos con un once, beneficiamos a quien nos arroja, pero si entre los dos sumamos siete, ¡es emocionante…!

– ¿Cómo emocionante?

– Sí, porque si el siete sale de primera intención, beneficiamos a quien nos tira, pero si se busca otro número y salimos con un siete…

– ¿Qué pasaría?

– ¡La desgracia! Nuestro jugador perdería todo lo apostado. Yo conozco un dado llamado miguelito, que se siente feliz cuando hacemos juntos un siete perdedor…

– ¡Qué mal corazón…! Yo no me animaría a dañar a nadie. Yo sólo puedo beneficiar a quienes me jugaron.

– Sí, pero piensa en todos los que jugaron a otros números; ésos perdieron todo lo apostado…

– Es cierto, no lo había pensado. Yo sólo pienso en que voy a favorecer a alguien. Bueno, es como en la guerra. Está el que gana, y el que pierde. El soldado no es cruel. Cruel es el general que da las órdenes. Y nosotras, las bolillas, somos como soldados… Sólo soldados que no atacamos a nadie. Damos la felicidad a quienes apuestan a nuestros números.

– En cambio yo estoy muy feliz de no andar rodando por ahí; yo caigo en un número, y estoy clavado. Puede ocurrir a veces que por un poco de impulso haga un movimiento más, según se me tire, y cambie de cara, pero eso ocurre muy pocas veces. Estoy orgulloso que cuando caigo en tres sea un tres, y si es un cuatro un cuatro. Por otra parte, creo que estoy hecho con más criterio que tú.

– ¿Por qué?

– Porque llevo seis números encima; si el azar quisiera que salga un número que no sea el veinticinco tendría que recurrir a otra bolilla, en cambio yo sirvo para seis números. Por de pronto, es más económico.

– ¿Y vives solo? ¿Cuántos compañeros tienes?

– Bueno, según. Solo, solo, nunca estoy. Porque, salvo cuando me usan para jugar a la oca, al ludo o a otro juego, sí, estoy solo. Pero generalmente me usan para jugar al pase inglés, en el que – forzosamente – somos  dos o a la Generala; en este último caso juego con cuatro compañeros más. Pero es menos emocionante, además, en la Generala no hago daño a nadie. Se gana, y se pierde, sí, pero no de la manera agresiva que lo hace el pase inglés…

– Realmente, no me gusta tu forma de jugar. Me parece bastante triste, y sujeta a muchas más reglas que la mía. Igualmente te deseo suerte, ya que es lo único que sé y me gusta desear.

– Gracias, pero te aseguro que te desesperarías si supiera que hay otro elemento cuya vida y actividad es mucho más triste – y peligrosa – que lo que puede ser la tuya o la mía… Mírala… gira como un trompo, y si bien tiene grados de beneficio o de pérdida, si cae en un costado en que dice “pierde todo” no hay tu tía…

– ¡Es terrible! ¿Y cuál es su nombre?

– ¡La Perinola!

PALERMO, 7 de diciembre de 2019