Destino

Era una mujer hermosa, o todavía hermosa, si se piensa que había pasado ya los sesenta años. Encerrada en su despacho, sentada ante un enorme escritorio napoleónico, miraba a su alrededor, pensando en su pasado. Recordaba su infancia en Transilvania, su niñez en la Rumania Feudal, las invasiones serbias, moldavas, ucranianas, húngaras, las matanzas, las violaciones, su huída a Budapest, su noviazgo con el chico egipcio, recordaba cuando se unió a la tribu de gitanos, donde aprendió a bailar y a echar las cartas, a tirar el tarot, a leer las manos y a mentir, mentir y mentir para ganarse la vida. Recordaba cuando quedó, al irse la gitanería, en un bar de Estambul, lavando pisos y copas, y sufriendo las presiones y agresiones de parroquianos y patrones, hasta que pudo enamorar a un canadiense que resultó ser un espía, y la llevó a América, donde atravesó muchas ciudades y fronteras ganándose la vida como pudo, vendiendo su cuerpo en la calle, como bailarina de cabaret, vendedora ambulante, limpiando casas y letrinas a cambio de techo y comida, luego conoce al inmigrante portugués que enviuda a poco de llegar, y ella conquista con su capacidad para mentir, para seducir, y se casa con él, el hijo que nace muerto, la separación, el divorcio, el viaje a Nueva York, donde conoce al argentino que la lleva a Buenos Aires, y la deja plantada en el hotel al día siguiente de llegar, la policía de migraciones que la persigue como en las películas, por los pasillos del hotel, hasta que ella logra arrojarse por un canal por donde cae la ropa para la lavandería, colarse en un tren que va a Tigre, bajar en San Fernando, dormir en los pastizales, hasta que consigue ser aceptada en un dudoso bar-restaurant-parrilla-alojamiento, para tareas generales que incluyen dormir con los clientes que el patrón le indique, y su alojamiento real consiste en un jergón debajo de la parrilla, junto con la cucha de los perros, dos tremendos mastines que son el cuerpo de guarda y custodia del respetable establecimiento. Allí va poco a poco ganándose las pocas monedas que le tiran, pero también la amistad de algunos policías, especialmente de uno de ellos que le propone conseguirle un local, una oficina, para que ella les “Adivine la suerte” a clientas ingenuas y les “traiga suerte” a clientes avispados de dudosísimo prontuario. Así van pasando los años, y se hace conocer en el pueblo de San Fernando que poco a poco se va transformando en ciudad, y comienza a ser visitada por gente cada vez más importante. Gracias a un cliente que resultó ser un Juez de Paz, consigue un documento de identidad, y así se convierte en Rosa Pistaña, cuando recuerda que su verdadero nombre en un tiempo fue Ingrid Ludobowska, nombre del que no recuerda ya ni la grafía ni el sonido. Rosa Pistaña sí, nacida en Benavídez, partido de Tigre, Buenos Aires, Argentina. Siguen pasando los años. Madame Rosy, como la llaman ahora, tiene su “despacho oficial” en la calle Cazón, en el centro de la ciudad de Tigre, y ya sus ingresos son más importantes, es visitada por funcionarios municipales, provinciales y algunos “gatos grandes” cuyos nombres no conoce pero que vienen a pedirle que les diga lo que les espera en cuanto a política y economía. Esto la hace muy conocida, quizás demasiado, pero en cuanto a producirle mayores ingresos no es tan beneficiada, ya que todos le sugieren que no le conviene ejercer con ellos su arte en forma comercial, ya que ellos trabajan para la comunidad, por el bien de la Patria, y que si ella les cobrara estaría lucrando con su ayuda y demostrando su poco patriotismo. Que ellos podían, desde sus importantes cargos políticos, tanto favorecerla como desfavorecerla mucho. Con todo, Madame Rosy, o Ingrid Ludobowska tuvo su auge “profesional” mientras duraron esos años de gobierno de facto hasta que estalla la Revolución Democrática, golpe militar que derroca al gobierno anterior, reemplazándolo por otro de características similares. A partir de ese momento, la suerte de Madame Rosy comenzó a disminuir, hasta el punto de pasar un mes sin recibir una sola visita, ni importante ni humilde, y tener que pensar en vender algo, algún mueble, alguna alhaja, algo de valor que tuviera entre sus bienes materiales para poder llevar un bocado a sus labios bien maquillados. Así fue que un día vendió un anillo, otro día una pulsera, otro un mueblecito chino, otro… Y fue desprendiéndose de cuánta cosa de valor tenía, fuera lo que fuera, costara lo que costase. Ya nadie venía a verla, a pedir su consejo, a querer saber cómo iba a ser su porvenir.
Así las cosas, un día cayó un cliente. Un hombre “clase media baja” a todas luces. La saludó sonriente, y le dijo le hiciera precio, porque lo único que quería él es que le dijera a qué número le recomendaba jugar a la quiniela. Ella, agradablemente sorprendida, le dijo el primer número que se le ocurrió. El hombre se fue muy contento. Al día siguiente volvió con un regalo. Un mate, un termo y un “yerba y azúcar” primorosamente tallados en guatambú. Visiblemente emocionado, le dijo: “Estaba desesperado. Le jugué mil pesos, que era todo lo que tenía”. Había cobrado setenta mil.
Quizás por razones de la política, quizás por la suerte o la economía, empezaron a caerle clientes a Rosy Pistaña, o Madame Rosy. Todos, sin excepción, le consultaban sobre números para jugar a la quiniela. Ella les recomendaba el primero que le venía a la mente, y así empezó a tomar en serio la cosa, porque pudo observar que la mayoría de las veces acertaba. Y la gente volvía. Y jugaba, y volvía, y jugaba…
Pasó un tiempo, pero en realidad poco en proporción, y para ese entonces ya había reunido un capital digamos que respetable, y cuando llegó a una suma lógica como para pensar dedicarse a otra actividad que fuera menos riesgosa y cuya única preocupación sobre su trabajo consistiera en pagar los impuestos, cerró su bufete de adivina, y abrió… ¿Saben qué? ¡una agencia de quiniela!

PALERMO, 12/2/19