Confusión

 

La agencia de quinielas estaba vacía. Luis, el empleado había llegado tarde; contento de que aún no había llegado el dueño, consciente de que de ser así habría recibido una buena felpeada de gritos en todos los tonos de las siete notas de la escala; bueno, El Petiso le gritaba siempre, y cuando venía de mal humor, más todavía. Así que corrió a la pantalla en que aparecían los números de la quiniela en el orden de los premios, decidido a tomar nota en un papel, para copiar de allí e ir colocándolos en ese orden. Encontró un papel, (dónde habrá un lápiz). Empezó a buscar en los cajones del mostrador, (caramba, no hay un mísero lápiz por ninguna parte; voy a memorizar los cinco primeros). Miró fijamente las cifras que la pequeña pantalla le mostraba, algo temblorosos, gris sobre gris, y comenzó a colocarlos presurosamente en el tablero de velcró (ésta era una agencia de lujo). Una vez puestos cada uno en su lugar, corrió a leer los cinco siguientes, y así sucesivamente memorizó los resultados de la quiniela de ayer, de la quiniela nocturna, los de la vespertina, matutina, (¡la de Montevideo!) etc. etc.
No bien había terminado su apresurada tarea, entró su jefe (Cayó El Petiso) relativamente tranquilo. Sólo que al entrar por la pequeña puerta se golpeó la cabeza con el filoso dintel (aún estaba baja la cortina), y se mandó una feroz puteada que hizo temblar todo el local (o casi). Luis se instaló detrás del mostrador. Al poco rato entró el primer cliente “Dos pesos al 22 (el loco) a la cabeza, y en redoblona a los veinte premios”. Pagó, giró sobre sus talones, y se fue. (Bueno, empezamos). El siguiente fue un hombre de edad mediana, que le jugó veinticinco pesos al veinticinco, a la cabeza. Pagó con un arrugado billete de cincuenta. (¿Pálpito, cábala? No importaba. Menos mal que El Petiso había traído cambio). A continuación, un hombre joven, de unos treinta años que se detuvo frente a la vidriera con una expresión en su rostro entre sorprendida y enojada, y siguió caminando, sacudiendo la cabeza como si estuviera entre la duda y la resignación, se dijo Luis. El siguiente fue el que desató la tormenta. Era un hombre delgado, de cara de rasgos afilados y de estatura algo menos que mediana sin ser un enano, algo encorvado, vistiendo un guardapolvo o impermeable de color negro, y tocado con una gorra del mismo color. Al entrar pidió el extracto, y al decirle Luis que no lo tenía, porque los números y los premios de la quiniela de ayer le llegaban por una pantalla, el hombre se puso visiblemente muy alterado, diciendo que no era cierto lo que Luis le decía. Que en esa casa de quiniela eran unos tramposos, que engañaban a la gente, que ni los números ni los premios que figuraban en la vidriera eran los mismos que había dicho la radio ni la televisión, que iba a denunciar a la policía que eran unos estafadores. En medio de la discusión entra una señora entrada en años y en carnes (gorda, bah) y empieza a los gritos, avalando las palabras del hombre diminuto; entonces se acerca al mostrador El Petiso, tratando de imponer silencio y orden; una señora sumamente delgada y de elevada estatura, saca de su cartera un pequeño paraguas y con él golpea reiteradas veces la cabeza de El Petiso. Cada vez llegaba más gente que gritaba y amenazaba. Si hubiera sido que esta gente viniera a comprar quiniela, se habría podido decir que era un día exitoso. Pero toda esta gente no hacía más que gritar y patear el mostrador. Hasta vinieron algunos que no tenían nada que ver con lo que sucedía allí, y se agregaron al griterío por el puro placer de hacer escándalo. Al rato, vino la policía. Hubo un desbande general, la gente se dispersó, algunos enarbolaban un billete de lotería como si fuera una bandera. A El Petiso se lo llevaron a declarar a la comisaría.
Luis ahora trabaja en la remisería de enfrente.

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