CIEN PESOS A LA CABEZA

       Juan estaba acostado en un banco de una plaza de Palermo. Miraba el movimiento del follaje de los jacarandaes que se alzaban a su alrededor, mecidos por una brisa que poco a poco se iba convirtiendo en viento. “Voy a cambiar de domicilio” dijo para sí. “Este vientito es señal de que pronto va a llover”. Pero Juan era muy vago. Le daba mucha “fiaca” levantarse del banco. Llevaba casi cuatro horas acostado todo a lo largo del asiento, disfrutando del sol, de las sombras movedizas de los jacarandaes coposos que rodeaban la plaza, de ver pasar las mujeres jóvenes con sus remeras pegadas por el viento y sus pantalones con las rodillas rotas a propósito, para mostrar las de carne y hueso. Pensaba en qué desayunaría, que su última comida habían sido unos restos de pollo con arroz, provenientes de las sobras de un restaurante de la otra cuadra, un buen restaurante, todo legal todo limpio, y había tenido la suerte de ver justo en el momento cuando el ayudante de cocina había tirado las bolsas de residuos en el gran recipiente que pronto vendría el camión municipal a llevarse. Ni lerdo ni perezoso Juan había corrido al conteiner y había retirado la bolsa con los aún calientes restos de comida. ¿Qué comería ahora? Porque ahora su estómago le estaba recordando que era hora de desayunar, y lo hacía con todo apremio y prepotencia. Estaba luchando entre los pinchazos del hambre y los planchazos de la fiaca, cuando vio venir, dando vueltas al compás del viento, un papelito que parecía una boleta de quiniela. Su primer pensamiento fue “pobre el gil que se tiró los últimos diez mangos en ese papel”. Lo iba a dejar pasar por delante de su cabeza, pero al verlo tan cerca, tirarle el manotón y apoderarse de él fue más fuerte. Lo tomó y entrecerrando los ojos, ya que no veía muy bien y hacía rato que había perdido los anteojos, comprobó que, efectivamente, era una boleta de quiniela de la nocturna de ayer, y que el gil que la había jugado se había puesto con ¡cien mangos! ¡Uy dio! ¡cien mangos a un solo número, el veintiocho!¿Había que tener ganas! ¡Y tener los cien mangos… por supuesto! Debe haber sido algún bacán, o algún pibe de familia de guita lleno de ilusiones… Iba a hacer una bolita con el papel, y tirarlo, cuando tuvo una corazonada loca. ¿Y si alguien lo hubiera perdido ahora, que se le hubiera escapado con el viento, y el billete hubiera tenido premio? Lo guardó en un bolsillo, en el que no tenía agujero, recogió su atadito, se levantó del banco, y se fue caminando lentamente a la agencia de loterías y quinielas más próxima, que quedaba justo en la esquina de la plaza.

       No entró. No era tan gil que iba a entrar, ver si había premio, y cobrarlo así como así. Sabía que linyeras no eran bienvenidos en las casas de juego. Desde la vereda se puso a relojear el interior de la agencia. Se fijó en los resultados de todas las loterías… a ver… sí, en la nocturna de la ciudad…¡Había salido el 28! Sintió un estremecimiento fortísimo. Se le sacudió todo el cuerpo. ¡El boleto que tenía en el interior del bolsillo era de la quiniela de la noche anterior, correspondía a la Lotería de la Ciudad, y tenía jugado cien pesos a la cabeza al número 28… “El Cerro”… Le correspondía cobrar siete mil pesos!¡Siete lucas, Dios mío!… 

       Miró nuevamente el papelito. Cien pesos al 28. A la cabeza. ¡Siete mil pesos!… Todo correcto, y el número de la agencia coincidía. Y la dirección también. No se animaba a entrar, por si los dueños de la agencia al sólo verlo llamaban a la policía. Pensó ¡Qué hago! Le temblaban las manos. Si buscaba un policía, éste le iba a preguntar de dónde había sacado los cien pesos para jugar a la quiniela. Se acordó que a la media cuadra había una iglesia donde él había ido algunas veces a pedir comida, y se saludaba siempre con el sacristán, un viejo encorvado que siempre andaba de guardapolvo gris. Tocó el timbre de la sacristía, y salió a la puerta el viejo, quién de bastante mala manera le preguntó qué quería. Juan le dijo que un hombre a quien le había pedido algo para comer le había dado veinte pesos y esa boleta de quiniela. Le explicó que había visto que estaba premiada, pero no se animaba a cobrarla personalmente, por temor a que le hicieran demasiadas preguntas, y llamaran a la policía, que él con la “yuta” no quería tener nada que ver. Tuvo que repetirle varias veces al cuervo del guardapolvo que él no había robado la boleta. Que se la habían dado “como una limosna” que el que se la dio probablemente no lo hizo conscientemente, que se le habría pegado con los dos billetes de diez pesos que había sacado apresuradamente del bolsillo de su abrigo y le había puesto en su mano extendida.  

       El hombre de la iglesia lo miró con gran desconfianza, y le dijo. “¡Mirá: Yo te voy a hacer la gauchada de cobrar las siete lucas. Pero luca y media vas a tener que dejar como colaboración para con la Santa Iglesia. Mil para la Iglesia, y quinientos para mí! ¿Entendiste?”. Juan no pensó mucho tiempo. Sabía que no tenía alternativa. Aceptó.

       Finalmente, las cosas salieron bien. En vez de siete mil tuvo cinco mil quinientos en la mano, por suerte todos de cien, si no – pensó  – iba a tener problemas. “¡Diánde un croto iba a tener billetes de quinientos o de mil!”. Y comenzó a caminar por la avenida hasta que encontró un kiosco que vendían a la calle choripán y vino. Allí. A cambio de trescientos pesos entregados con temblorosa mano, Juan consiguió tomar su desayuno. Ya soplaba bastante viento, y comenzaron a caer las primeras gotas.

 PALERMO, 22 de octubre de 2019