Así como en los años 30 en Nueva York la comunidad china había copado el gremio de las lavanderías, los chinos de Buenos Aires se han adueñado de los supermercados. Gente seria y trabajadora, raro es un barrio de la capital argentina que no cuente con uno de estos comercios, prestos a competir con las grandes cadenas internacionales.

       Lu Wang y Shin Xian llegaron un buen día con sus respectivas familias en un vuelo de China Eastern al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, munidos de cierto capital y muchas ganas de progresar en la vida. Ambos eran jóvenes, inteligentes y de buen carácter, de modo que pronto pudieron instalarse en el barrio de Palermo, con un pequeño supermercado. Pese a que los productos que vendían en cuanto a calidad y precios no tenían mayor diferencia con los demás negocios del mismo ramo, que podría decirse en promedio que había instalado uno por manzana, su pequeña empresa fue prosperando poco a poco gracias a la gran amabilidad con que atraían a los clientes, a su buen tino para manejar el negocio y a ese factor, llámesele suerte o magia que hace que la clientela prefiera un comercio y no otro.

       Problemas tuvieron como cualquier otro comerciante; un lunes por la mañana aparecieron en el local dos señores de su misma nacionalidad y etnia, muy serios, portando gruesos portafolios. Se presentaron como abogados. Pidieron hablar con los dueños del local, y una vez en privado les comunicaron que debían contratar sus servicios profesionales, o caso contrario cambiar de barrio porque había ya muchos supermercados chinos en Palermo, y de acuerdo a los estudios hechos por la Cámara Chinoargentina De Comercio Al Menudeo, al sobrepasar el número de supermercados en el barrio se produciría un desequilibrio económico que perjudicaría en mucho al bienestar de la comunidad, especialmente de la comunidad china.

       Luego de la sorpresa inicial, nuestros protagonistas desconfiaron. Les dijeron que ellos habían venido a la Argentina porque éste era un país en el que existía la libertad de trabajo, que para instalarse en un barrio no había que solicitar permiso a nadie, aparte de cumplir con las normas municipales, y que mientras pagaran sus impuestos no tenían ningún temor. Que agradecían su visita, y que mucho más agradecerían que se retiraran inmediatamente del local. Los visitantes se pusieron más serios todavía, insistieron en dejarles sus tarjetas, y finalmente se fueron, no sin decirles que se arrepentirían de su decisión, y que estaban seguros de que los llamarían, pues tarde o temprano necesitarían de la protección de sus servicios. Ni lerdos ni perezosos, Lu Wang y Shin Xian concurrieron a la comisaría de su zona, donde radicaron la correspondiente denuncia. 

       A los tres días un hombre montado en una motocicleta pasó por delante del supermercado en un horario de mucho movimiento, y estrelló contra el escaparate del frente una bomba Molotov, que aparte de la rotura del vidrio provocó un principio de incendio con gran susto y corrida del público, pero en general pocas pérdidas materiales. 

       Los dos socios volvieron a la policía. Allí les informaron que los chinos que los habían visitado pertenecían a un prestigioso estudio jurídico chino que trabajaba especialmente con esa colectividad, que con ellos la gente de la Seccional mantenía buena relación, y que la visita que les habían hecho había tenido lugar a efectos de brindar asesoramiento jurídico, contable y administrativo, según expresó el Subcomisario que los recibió, y convidó café, y ellos, los señores Lu y Shin debían comprender que la acción de la Policía, a fin de cuidar de la tranquilidad de los vecinos del barrio de Palermo necesitaba del apoyo y la colaboración de sus comerciantes, quienes aportaban a la Cooperadora Policial una determinada suma de dinero “para que todo anduviera bien”. Que no se preocuparan por el que arrojó la bomba, que esto constituía un hecho aislado que no acarrearía consecuencias  que ya estaban investigando, y que confiaban en detener muy pronto a su autor.

       Lu y Shin volvieron a su comercio con las cabezas gachas, comentando que esto era algo que debían haber hecho en cuanto se instalaran en el barrio, y pensando que si surgiera otro problema, fatalmente tendrían que llamar a los abogados chinos, quienes evidentemente tenían algún arreglo con la Policía.

       Así fueron llevando adelante su emprendimiento durante varios años, con el mayor de los éxitos, pues como se ha dicho tenían “ese toque mágico” que hace que un negocio prospere más que otro. Su supermercado abrió una sucursal en Villa Crespo y otra en Chacarita. Así, entre los dos socios lograron concretar sino una gran fortuna, por lo menos un capital importante.

       Pero… Los chinos, como muchos argentinos, son amantes del juego. A los dos socios les gustaba jugar, pero Shin Xiang era más arriesgado. Lu Wang no pasaba de jugarse unos pesos a la quiniela todas las semanas, lo que no producía grandes desequilibrios a su presupuesto, mientras que Shin Xiang era asiduo concurrente al casino flotante de Puerto Madero, y algunas veces se le iba en una noche – ruleta o blackjack mediante – toda su parte de la recaudación de la semana. Lu no le decía nada, pero veía que su socio comenzaba a decaer, tanto económica como físicamente, que tanto concurría a prestamistas – chinos, por supuesto – como a fumaderos de opio, que en Buenos Aires hay bastantes más de lo que pueda uno imaginarse. 

        Con los años, las familias dejaron de verse, y  la sociedad tuvo que llegar a su fin. Lu Wang vendió a Shin Xiang la sucursal de Chacarita, quedándose con los otros dos locales, y los dos de comida al peso que la sociedad había comprado a una familia de Taiwan que se volvía a su país para continuar una vieja tradición familiar de comercio de perlas cultivadas, que habían heredado inesperadamente. De Shin Xiang no se supo nada más. Lu Wang había cumplido con sus expectativas.

       Los niños chinos  buenos van al cielo. Los malos al infierno. Allí se los come el Gran Dragón,

 Palermo, 23 de junio de 2019