CAPITAL E INDUSTRIA

       Era el año 1928. Todos nos vestíamos como los norteamericanos, saco a rayas coloradas y blancas, pantalón blanco, “rancho” de paja (canotier), bastón de caña de Malaca; las chicas con sus sombreros “cloche”, su melenita cortada a la “Garcon” y los vestidos como tubos que disimulaban los pechos; íbamos y veníamos por esa plaza Washington de Nueva York, siempre llena de artistas, especialmente guitarristas, ejecutantes de banjo, armónica, “tabla de lavar”, vendedores de helados y de refresco. La Coca Cola era aún de color verde, y no era dueña de los colores blanco, negro y rojo que la popularizaron a partir de 1931, con el famoso Papá Noel vestido con esos colores. Vendedores de helados, y el charleston y el black bottom flotando sobre nuestras cabezas, penetrando por nuestros oídos, y haciendo a nuestros pies bordar motivos increíbles. Aún no había entrado en vigencia la famosa “Ley Seca”, que prohibió la venta de toda bebida alcohólica, y que dio lugar al contrabando, y la destilación clandestina; aún no había caído sobre nosotros la terrible lluvia de la Depresión, que derramó su cruel torrente sobre el mundo occidental a fines del ’29, y empobreció de manera súbita a todas las naciones de América. Aún disfrutábamos de los feriados, de la tranquilidad de los domingos de sol y del derroche de música y lujuria de la noche de los sábados. Las salas de baile y juego nocturno estaban en su apogeo, muchas de ellas clandestinas, dando aún a Nueva York la categoría de “hormiguero musical”, categoría que con los años perdió o recanalizó la calidad de musical, conservando la de hormiguero hasta nuestros días. Buenos Aires, en esa época llevaba un ritmo bastante parecido, con sus clubes, sus milongas, sus casinos clandestinos, y las bandas de “compadritos” y “niños bien” trenzándose a trompada limpia y por ahí a “cuchillo sucio”, ya que los tamberos y gente de arrabal no se andaban con chiquitas, en las mismas salas de baile donde por la tarde salían las señoras a tomar el té con sus niñas adolescentes. Desde el año 22 que ya se había instalado la quiniela rosarina, nacida en el almacén de don Domingo Irigoyen, y traída a Buenos Aires por “capitalistas” de dudosa identidad, rigurosamente protegidos por la policía. Nosotros, esto es, mi amigo Lisandro Álzaga y yo habíamos formado una sociedad de capital e industria, o sea que él ponía la plata, y yo conseguía clientes, “levantábamos” quiniela con toda discreción, tanto en los más distinguidos salones como en los piringundines del bajo. En las reuniones sociales, nuestro éxito fue disminuyendo poco a poco, ya que muchas madres de católico sello vigilaban a sus hijas, cuidando que en esos “años locos” como se llamó a esa época regida por los grandes cambios socioeconómicos no se desviaran de la senda del bien. Las hijas tomaban el té tranquilas escuchando música suave de esas orquestas de señoritas que actuaban por la tarde, pero después salían con sus novios en sus poderosos “roadsters” deportivos a “reventar la noche”. 

       De todos modos, pese a que las cantidades que se jugaban, siempre en tono de disimulo, eran mayores que las que recaudábamos en los corrales o en los piringundines del bajo, en estos últimos sectores sociales era donde mayor público teníamos, con el consecuente éxito económico. Pero un dia…

       El comisario de la seccional 24, del barrio de la Boca apareció en mi casa, pidiendo hablar con mi padre, a quien con todo respeto le comunicó que su hijo junto con otro joven levantaban juego clandestino en su área, y entendía que también en San Telmo y barrios aledaños… Y que – por favor hablara con él – (conmigo) porque no quería verse en la obligación de tomar medidas que fueran perjudiciales para una familia de su categoría. 

       Ergo, el 25 de noviembre de 1928 el joven Lisandro Alzaga hizo una transferencia vía Banco de Londres de Buenos Aires a Nueva York por trescientos mil pesos, que entonces equivalían a unos doscientos mil dólares, que era una suma bastante considerable, y el 22 de diciembres del mismo año tanto él como el suscripto partimos en el Cap Arcona en un viaje un tanto apresurado,  no tanto de placer como de negocios al puerto de esa ciudad de América del Norte. Allí instalamos una serie de agencias de apuestas de quiniela, y de todo otro tipo, como carreras, fútbol, y todo lo deportivo que hubiera para apostar. Pese a la crisis del ’30 y a las maffias como la “mano negra”, la “cosa nostra” y otras, a las que durante bastante tiempo tuvimos que pagar tributo, ya que no quisimos asociarnos, nos fue bastante bien; Lisandro se casó con una rubia hija del dueño de un café, llamada Gwendolyn Ramírez, de remoto origen hispánico,  y tiene tres hijos. Yo no me casé, pero viví bastante bien, gracias a Dios. Ahora, en 1955, estamos de regreso en Buenos Aires. Ha cambiado el gobierno, ha caído una dictadura que restringía bastantes libertades. Estamos en la gestión de comprar un local en el centro, y poner un café y agencia de quiniela. Deséennos suerte. 

Palermo, 4 de junio de 2019